Pos-Arafat
Yasir Arafat era una especie de corcho que cerraba la botella del conflicto de Oriente Próximo. Tras su fallecimiento, procesos que estaban soterrados afloran con todas sus consecuencias. De un lado, el primer ministro británico, Tony Blair, propone la convocatoria de una conferencia que supondría la reanudación de las negociaciones de paz entre Israel y la Autoridad Palestina, y de otro, la candidatura del dirigente de Fatah, Maruan Barguti, que desde una cárcel israelí se presenta contra el candidato oficial, Mahmud Abas, abre una primera y grave brecha en un movimiento cuya unidad sólo parecía ser capaz de garantizar Arafat.
La muerte del rais abre oportunidades diplomáticas, porque ni Estados Unidos ni Israel pueden ya aducir que no es posible negociar la paz con un jefe terrorista. Y a esa carta juega Blair, ansioso por demostrar que su apoyo militar al presidente Bush en la guerra de Irak le permite ahora influir decisivamente en el conflicto palestino-israelí.
Todo parece indicar que Bush ha dado su asentimiento a la celebración de esa conferencia en Londres, probablemente a comienzos de febrero, aunque al nivel de ministros de Asuntos Exteriores, lo que indica una cierta prudencia por si la cosa no va adelante. A esa reunión, con Estados Unidos de gran padrino y Reino Unido de atento y sabio cicerone, están deseando asistir los palestinos, gane quien gane la elección presidencial, que se celebrará el 9 de enero. Pero el jefe de Gobierno israelí, Ariel Sharon, siente mucho menos entusiasmo por negociar, puesto que recela de que Bush trate de forzar una solución medio equitativa, cuando lo que él pretende es una ganga de retirada a cambio de una paz sin descuentos. Y por ello brotan ya las declaraciones israelíes -por ahora, de padre desconocido- advirtiendo de que si gana Barguti no habrá conferencia, porque no va a ser excarcelado.
Con Barguti o sin él, esa conferencia debe celebrarse, y en ella Washington, con el concurso de la UE y no sólo del Reino Unido, ha de ser capaz de hacer valer su influencia para que ambas partes paguen el precio de la paz: el fin del terrorismo palestino, aunque la Autoridad Palestina tenga que usar la fuerza para ello, y la retirada israelí de la mayor parte de los territorios ocupados, aunque Estados Unidos tenga que imponérselo a Jerusalén.
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