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Reportaje:

Diez días con Brando

Marlon Brando, uno de los grandes actores del cine, murió hace ahora cuatro meses. El periodista norteamericano Lawrence Grobel le visitó hace 26 años en su isla privada de Tahití. Éste es el diario de aquellos 10 días que pasó con Brando charlando de lo humano y lo divino.

Marlon Brando murió el 2 de julio de 2004. Han pasado 26 años desde que estuve 10 días con él en su isla tahitiana. El que sigue es un diario que escribí allí, publicado por primera vez en la revista Movieline en 1991. Había estado persiguiendo a Brando durante meses para hacerle una entrevista para Playboy. Cuando aceptó y llegué a la isla, me pareció fascinante. Y quedé fascinado por todo, absolutamente todo. No le gustaba hablar sobre cine, porque le aburría, pero podía hacerlo mejor que cualquier actor con el que he conversado. Podía charlar sobre el interior de la boca de un camello, sobre sentarse en una playa marroquí con una azafata de vuelo escuchando la llamada del almuecín, sobre el filósofo Immanuel Kant o el pintor Pablo Picasso.

Indudablemente, fue un actor revolucionario, como ha quedado patente por el aluvión de historias que acompañaron a su muerte. Pero también existía un Brando privado, del que obtuve un inusual retrato. Era un gran estudioso del comportamiento humano, jugador y algo tirano. Abusó de su cuerpo, de su talento, de su mente y de sus mujeres, y atormentó a algunos de sus 11 hijos (o más). Pero cuando ves sus películas, observas sus acciones o lees lo que decía, comprendes que era un hombre que se preocupaba profundamente por las cosas que le importaban.

Ten Days on Brando's Island fue reeditado por Hyperion Books, junto con la entrevista para Playboy, en el libro Conversations with Brando. De los cientos de personas a las que he entrevistado en mi carrera, nunca he conocido a nadie como Marlon Brando. Dudo que algún día ocurra.

13 de junio: primer día

Estoy sentado junto a la esposa de Marlon Brando, Tarita, en el pequeño avión bimotor que nos lleva a la isla de Brando en Tahití. Estamos penetrando en unas densas nubes grises y una repentina tormenta. Tarita cree que deberíamos dar media vuelta. Abraza a su hija de siete años, Cheyenne. Debajo de nosotros está Tetiaroa: una docena de pequeñas islas cubiertas de palmeras, dispuestas alrededor de un lago turquesa. Aterrizamos en la pista de la única isla habitada. El avión rueda a lo largo de la isla y se detiene a escasos metros del bungaló de Brando.

Lo primero que me llama la atención no es el hermoso paisaje de los mares del Sur, la suave brisa tropical o los cocoteros. Son las moscas. Ahuyento a dos o tres en pocos segundos.

Brando está esperando. Le da dos besos a Tarita y se acerca a saludarme. Lleva una camisa india de algodón con capucha y pantalones, y con su pelo gris blanquecino, su panza y su sonrisa irónica tiene el aspecto de un indio sagrado. Bromea sobre su vestimenta y dice llevarla porque tiene tendencia a las insolaciones y debe cubrirse. Coge mi bolsa y me conduce a un bungaló con el techo de paja.

Brando hace un comentario sobre mis sandalias. Dice que no durarán demasiado, porque se me meterá la arena entre los dedos y el cuero.

"Puedes adivinar la educación que ha recibido un hombre por cómo se le abren los dedos del pie", dice en uno de los apuntes aparentemente aleatorios que sazonan sus conversaciones. Apoya los pies descalzos en el alféizar. "Si los dedos se le abren mucho, es que ha crecido sin zapatos", afirma, y se dispone a iniciar un discurso sobre el carácter de los tahitianos.

Habla sobre sus ambiciones para su isla. Le gustaría construir una escuela para ciegos e invitar a oceanógrafos a realizar experimentos. Pero ha tenido que abandonar varios de los proyectos porque tienden a fracasar cuando él no está. "Aquí no puedes traer cultura, tienes que adaptarte a la suya", afirma mientras atrapa dos moscas con la mano. Y los tahitianos, según él, carecen de objetivos o ambiciones. "Nada les preocupa. Si tienen moscas, viven con ellas. Las moscas se crían en los cocos caídos, así que a menos que los recojas todos, no te desharás de ellas. Pero dile a un tahitiano que lo haga y te mirará incrédulo".

La mayoría de los que vienen, dice Brando, se aburren al cabo de unas semanas.

"Cuando llego aquí, soy como una batería descargada. Me lleva unas semanas relajarme, pero al final el ritmo pausado de la isla acaba impregnándote". Ha llegado a quedarse hasta seis meses. "Cuando la gente viene a visitarme, normalmente está alterada, habla rápido, tiene proyectos, ideales, acuerdos. Y yo aquí sentado como una ballena".

Me pregunta si tengo hambre y damos un paseo hasta su bungaló. Señala las plantas que crecen en la arena frente a su puerta, que dice regar con su propia orina. Dentro hay dos camas dobles, estanterías con libros y casetes, una botella de Rolaids y paquetes de chicle sin azúcar Double Bubble. Me muestra su radio, se sienta y gira el dial. Las moscas siguen molestándole. Le da una palmada a una que se le posa encima y ahuyenta a las que vuelan a su alrededor. Sus manos son tan rápidas como la lengua de un lagarto. "Si pudieras juntar todo el tiempo que pasas cazando moscas, te quedarían unas buenas vacaciones", apunta. Brando dice que hubo una época en la que estuvo influido por la filosofía de Jain, que sostiene que no deberíamos matar nada, ni siquiera una mosca. Dice que le encontró sentido durante un tiempo, hasta que reflexionó y se dio cuenta de que cada vez que respiras estás matando algo. Brando me dice que no dude en visitar la isla. "Yo iré más tarde", propone. "Podemos ver la puesta de sol. A veces tiene un tono verde cuando cae el sol".

La cena. Brando viene a buscarme. Nos acompañan la secretaria de Brando, Caroline, y su hija de seis años, Petra. El comedor tiene 20 mesas, 19 de ellas vacías. Comemos carne, patatas, pescado, ensalada, helado, fruta y queso. Marlon dice que está a régimen, así que no come pan. Durante la cena, nos cuenta la historia de una mujer de Hong Kong que llevó a su caniche a un restaurante, y el camarero lo cogió, lo cocinó y se lo sirvió para comer.

14 de junio: segundo día

Brando está ocupado con sus negocios isleños: planes turísticos, construir otra casa, supervisar una nueva construcción en una zona de acogida, recubrir los techos de paja.

Mantiene un conflicto con los turistas que llegan a su isla. Está cansado de que le saquen fotos y un día llegó a cerrar el hotel y echó a 35 personas. Pero a causa de los impuestos y porque resulta caro seguir invirtiendo dinero en la isla, lo ha reabierto para visitas de uno o dos días.

Al disponer de una cantidad de agua limitada, el turismo nunca se consolidará del todo.

Por la noche, Brando y yo nos tumbamos en la arena y hablamos durante tres horas, saltando de un tema a otro. Habla sobre el ajetreo, y dice que nunca ha hecho promoción de sí mismo ni de sus películas. "No me interesan los negocios", afirma. "Podría haber sido multimillonario, pero habría tenido que ser otra clase de persona, y no lo soy".

Cita un poema de Kenneth Patchen sobre la espera, y yo menciono La canción de amor de J. Alfred Prufrock, de T. S. Elliot. Conoce el verso que recito y dice: "Si las sirenas no me cantan aquí, nunca lo harán".

15 de junio: tercer día

"Mi entrevista favorita", cuenta Brando, "fue una en televisión con la mujer de Arnold Palmer. El entrevistador preguntó: '¿Sigue algún ritual antes de que juegue su marido?'. Ella respondió: 'Sí, le beso las pelotas'. El entrevistador se quedó boquiabierto. 'Se refiere a sus pelotas de golf, ¿verdad?'. 'Por supuesto', respondió la señora Palmer. '¿De qué cree que estaba hablando?".

Antes de cenar voy al bar con Brando. William, el capataz de la isla, llega y menciona que ha estado guardando un excelente vino de palmera para que lo pruebe. Me cuenta que ha celebrado algunas fiestas muy salvajes en la isla. "Una vez tuvimos seis clases distintas de borrachos, duró toda la noche. Los tahitianos pueden beber, divertirse, follar, dormir, beber, divertirse y follar toda la noche. Yo no puedo. Una vez me he emborrachado, se acabó". Una copa es suficiente para Brando. Después de cenar damos un paseo. Hay un círculo de luz alrededor de la media luna. Unos pájaros blancos se sumergen en el agua. El cielo brilla con las estrellas y los meteoritos que caen. Coge un puñado de arena. "Probablemente hay más granos de arena en dos puñados que estrellas en todo el universo", dice.

16 de junio: cuarto día

Grabamos toda la tarde, seis horas. Brando parece un pontífice en ocasiones, pero es lo que cabría esperar. Debe de haber atrapado dos docenas de moscas.

Más tarde, en el embarcadero, contempla el lago. "Si tuvieras una pajita de aluminio de más de 10 metros y quisieras aspirar una naranjada, sólo llegaría a 9,90 metros. Eso es todo lo que puede succionar una bomba de vacío", afirma.

Después se estira boca abajo y mira al agua. Está perplejo por los cambios de la corriente. Dice que nunca había visto nada igual en los 15 años que lleva visitando la isla. Parece muy preocupado.

17 de junio: quinto día

"Otro día en el paraíso", dice Brando con una sonrisa durante el desayuno. Entretiene a la hija de Carolina, de seis años, cerrando los ojos y golpeando a las moscas que zumban alrededor de los pomelos. La reta a adivinar cuántas ha cazado. Ella dice que tres. Las deja caer al suelo y las cuentan. Hay ocho. Mientras ella cuenta, Brando atrapa otra mosca y se la mete en la boca. Cuando la niña le mira, abre la boca y la mosca sale volando.

Se pasa la mañana hablando por radio, utilizando otro nombre y evitando revelar su verdadera identidad. Habla con alguien que vive bajo tierra realizando experimentos médicos en el polo Sur. Un hombre que vive a 800 kilómetros al oeste de Miami le cuenta que una vez entró un rayo por la línea telefónica y le quemó la nariz a su mujer. Una transmisión aclara un misterio. Brando descubre que hubo un terremoto en Samoa ayer por la noche. Los cambios de corriente que observó en el embarcadero eran el efecto de un maremoto provocado por el seísmo.

Deja la radio, escucha un momento y dice que está llegando un avión. Durante un minuto no oigo nada y después escucho el tenue ruido de un motor. Brando me cuenta que tiene un oído muy sensible. Ha acudido al médico porque incluso el sonido de una cucharilla contra una taza le molesta. Los médicos le dijeron que no tiene nada. "Oye lo que quiere oír', me dijeron. Quizá sea cierto", afirma Brando, "quizá sea psicológico. Porque a veces no oigo lo que me dicen. Oigo altas frecuencias y sonidos, pero no la voz humana".

El avión aterriza y trae a su hijo Tehiotu y a varios amigos. Mañana es el Día del Padre y han llegado de Papeete, donde todavía estudian, para pasar unos días. Brando y Tarita les saludan y luego él vuelve a su bungaló mientras ella barre el recinto. "Nunca he visto a nadie trabajar tanto como Tarita", dice. "No hace más que trabajar".

18 de junio: sexto día

Aunque Brando no se encuentra bien, salimos de excursión a otra isla. En el catamarán pregunta: "¿A qué velocidad creéis que vamos?". Todos hacemos suposiciones. "A 40 kilómetros por hora", responde, y explica que el catamarán va a 20 kilómetros por hora y el viento añade otros 20. Lo sabe, dice, porque todavía hay moscas en el barco y "las moscas pueden volar hasta 40 kilómetros por hora".

Un tahitiano que había soltado un sedal detrás del catamarán arrastra un gran pez. Le quita el anzuelo y le corta la cabeza. Brando es muy aprensivo. "¿No es horrible? Pero es la naturaleza de la bestia. No quieren comer copos de maíz".

Cuando llegamos a la otra isla, Brando le pide a Teihotu, de 17 años, que le lleve a hombros. No quiere mojarse. Teihotu lo hace.

Recogemos madera y hacemos una fogata. Tarita y su equipo salen a pescar en el arrecife. Brando coge un cangrejo y juega con él, introduciendo una astilla de madera entre el cangrejo y su concha para examinarlo. "¿Crees que podrías construir el puente de Brooklyn con todos los tapones de botella del mundo?", pregunta. Cuando digo que sí, él responde. "Chico, estás muy seguro de ello, ¿verdad?".

19 de junio: séptimo día

Marlon llega por la tarde con una capa de crema solar en la nariz. Hace calor, no hay viento, y le pide a William que abra tres ventanas más en mi bungaló para que haya más corriente. Coge mi catalejo y mira a través de él. "Es de 10 aumentos". Le pregunto cómo lo sabe y me indica que mirando con un ojo y abriendo el otro para calcular la distancia entre ambas imágenes. Lo que ha hecho en realidad es leer en el catalejo que es de 10 aumentos. Al volver hacia su bungaló me dice: "Hice una apuesta con Carolina de que no dirías nada sobre esta porquería que llevo en la nariz". "Has ganado", le contesto.

20 de junio: octavo día

Por la noche, Brando y yo jugamos al ajedrez. Es un jugador audaz, gana todas las partidas. "Nadie sabe qué es lo que te convierte en un buen jugador de ajedrez", dice. "No tiene nada que ver con la inteligencia, sino con el sentido del espacio. Los arquitectos suelen ser buenos jugadores".

21 de junio: noveno día

Hay luna llena y, después de cenar, salimos a navegar. Caroline y su hija llevan bañador; Brando lleva una cazadora impermeable amarilla con capucha, pantalones de caucho y botas. Parece salido de un anuncio de tabaco de mascar. Tras una hora se parte algo en el mástil y es difícil gobernar la barca. Nos volvemos.

De vuelta a su bungaló, durante nuestra última sesión grabada, Brando habla sobre mujeres con el culo grande. Las prefiere a las que lo tienen pequeño. "Las mujeres con el culo pequeño me parecen casi paralíticas".

A veces, Brando tiene una mirada distraída y distante y contempla el mar. No responde a las preguntas. Dice que no le queda ninguna ambición, no quiere hacer papeles principales, actuar por actuar. No cree que tenga que demostrar nada. "Como dijo Orson Welles una vez, no necesitas repetirte para demostrar que todavía puedes hacerlo. Con haberlo hecho una vez ya es suficiente".

22 de junio: décimo día

El avión llega por la mañana. Brando sigue durmiendo. Hablamos hasta las dos de la madrugada. Cuando le di las buenas noches me acompañó hasta la puerta, educado, cansado, un elegante anfitrión.

Vuelo a Tahití con Tarita. Me lleva en coche hasta el hotel. Le pregunto si prefiere vivir en la isla o en la ciudad. "Aquí", me dice, "en la ciudad. A él le gustaría que me quedara allí. Una vez estuve dos meses, pero cuando él no está, es muy solitario. Eso no es vida".

Le pregunto si le gustaría trabajar en más películas. "No", responde. "Bueno, sí me gustaría, pero él no quiere que lo haga. Quiere que me quede en casa y críe a los niños".

En el hotel le doy dos besos y me despido. Me pregunto si las sirenas cantarán alguna vez para Marlon Brando.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004