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LECTURA

Obediencia debida en Abu Ghraib

'Obediencia debida. Del 11-S a las torturas de Abu Ghraib', editado por Aguilar, es un retrato devastador de una Administración, la estadounidense, cegada por la ideología, y de un presidente, George W. Bush, cuyas decisiones han convertido el mundo en un lugar más peligroso. En estas páginas se recoge un extracto del capítulo dedicado al escándalo de la cárcel de Abu Ghraib, en Bagdad, donde unas fotografías demostraron las vejaciones a las que sometían a los encarcelados allí.

En la era de Sadam, Abu Ghraib, situada 30 kilómetros al oeste de Bagdad, era una de las prisiones más tristemente célebres del mundo por sus torturas, sus ejecuciones semanales y sus infames condiciones de vida. Unos 50.000 hombres y mujeres (imposible dar la cifra exacta) llegaron a estar encerrados en un mismo momento en Abu Ghraib, en celdas de tres metros y medio de lado que eran poco más que pocilgas.

En los saqueos que siguieron a la caída del régimen en abril de 2003, el enorme complejo carcelario, a la sazón desierto, fue despojado de todo cuanto pudieron llevarse, incluidas puertas, ventanas y ladrillos. Las autoridades de la coalición hicieron embaldosar los suelos, limpiar y reparar las celdas y añadir lavabos, duchas y un centro médico. Abu Ghraib se había convertido en una prisión militar estadounidense. Sin embargo, la mayoría de los prisioneros -en otoño de 2003 eran ya varios millares, incluyendo mujeres y adolescentes- eran civiles, muchos de ellos apresados en redadas militares y en puntos de control de carreteras. Había tres categorías: delincuentes comunes, sospechosos de "crímenes contra la coalición" y un pequeño número de presuntos "valiosos" líderes de la insurgencia.

El informe de Taguba describía: amenazar a los varones con la violación; sodomizar a un detenido con una lámpara de destellos y quizá con un palo de escoba, y utilizar perros para asustar e intimidar a los reclusos amenazándolos con ser atacados

Las acusaciones estaban respaldadas por pruebas concluyentes, añadía Taguba: "Declaraciones detalladas de testigos y pruebas fotográficas extremadamente explícitas"

Los abusos de la 372ª Compañía con los prisioneros parecían casi rutinarios, un hecho de la vida castrense que los soldados no sintieron la necesidad de ocultar

En junio de 2003, Janis Karpinski, general de brigada en la reserva, fue nombrada comandante de la 800ª Brigada de la Policía Militar (PM) y puesta al mando de las prisiones militares. La general Karpinski, la única mujer con ese rango en la zona de guerra, era una experimentada oficial de operaciones que había servido en las fuerzas especiales y en la Guerra del Golfo de 1991, pero nunca había gobernado un centro penitenciario. Ahora tenía a su cargo tres grandes cárceles, ocho batallones y 3.400 reservistas del ejército, la mayoría de los cuales, al igual que ella, no estaban adiestrados para regentar una prisión.

Janis Karpinski, que desde los cinco años ya quería ser militar, es asesora financiera en la vida civil y su nuevo trabajo la tenía entusiasmada. En una entrevista con el St. Peters burg Time's en diciembre de 2003 dijo que muchos reclusos iraquíes de Abu Ghraib "viven mejor aquí de lo que vivían en sus casas. Incluso empieza a preocuparnos que no quieran marcharse de la prisión".

Amonestación oficial

Un mes más tarde, Karpinski fue oficialmente amonestada y subrepticiamente suspendida, y el teniente general Ricardo S. Sánchez, comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses en Irak, autorizó una investigación sobre el sistema penitenciario militar. A finales de febrero de 2004, el general de división Antonio M. Taguba completaba un informe de 53 páginas de carácter interno (algunas partes fueron clasificadas como secretas); yo lo conseguí en abril. Sus conclusiones sobre los fallos del sistema penitenciario militar fueron inequívocas. Concretamente, Taguba descubrió que entre octubre y diciembre de 2003 hubo en Abu Ghraib numerosos casos de "malos tratos flagrantes, gratuitos e incluso sádicos". Los abusos sistemáticos contra los detenidos, informaba Taguba, eran perpetrados por soldados de la 372ª Compañía de la Policía Militar, así como por miembros de los servicios de inteligencia. (La 372ª estaba agregada al 320º Batallón de la Policía Militar, a las órdenes directas de Karpinski en el cuartel general de la brigada). El informe de Taguba enumeraba algunas de las fechorías:

Romper lámparas de destellos

[utilizadas por submarinistas, etcétera; del tamaño de un cartucho de dinamita] y verter el líquido fosfórico sobre los detenidos; derramar agua fría sobre reclusos desnudos; golpearlos con palos de escoba y sillas; amenazar a los varones con la violación; permitir que un policía militar le cosiera la herida a un herido tras ser arrojado contra la pared de su celda; sodomizar a un detenido con una lámpara de destellos y quizá con un palo de escoba, y utilizar perros adiestrados para asustar e intimidar a los reclusos amenazándolos con ser atacados, y en un caso concreto haciendo morder a uno de ellos.

Las acusaciones estaban respaldadas por pruebas concluyentes, añadía Taguba: "Declaraciones detalladas de testigos y pruebas fotográficas extremadamente explícitas". Las fotografías y vídeos tomados por los soldados cuando estos abusos tenían lugar no fueron incluidos en este informe, dijo Taguba, debido a su "carácter extremadamente sensible".

Las fotografías -varias de las cuales aparecieron en 60 minutes II de la CBS el 28 de abril de 2004, unos días antes de que se publicara mi artículo en The New Yorker- muestran a soldados mofándose e insultando a prisioneros iraquíes desnudos y obligados a adoptar posturas humillantes. Seis sospechosos -el brigada Ivan L. Chip Frederick II, el suboficial de mayor graduación, el cabo Graner, el sargento Javal Davis, el soldado Megan Ambuhi, la soldado Sabrina Harman y el cabo Jeremy Sivits- se enfrentaban en ese momento a juicio en Irak por cargos que comprendían conspiración, quebrantamiento del deber, crueldad con prisioneros, malos tratos, acoso sexual y actos indecentes. Un séptimo sospechoso, la cabo Lynndie England, había sido destinada a Fort Bragg (Carolina del Norte) al quedar embarazada de Graner, y fue encausada más adelante.

En una de las fotografias, England, con un cigarrillo entre los labios, levanta el pulgar mientras señala apreciativamente los genitales de un joven iraquí -desnudo a excepción de la cabeza, cubierta por un saco- mientras éste se masturba. Otros tres prisioneros, con capucha y desnudos, aparecen también con las manos cruzadas sobre sus respectivos genitales. Un quinto prisionero tiene las manos a los costados. En otra foto, England está cogida del brazo del cabo Graner, ambos sonrientes y haciendo la susodicha señal con el pulgar detrás de un grupo de unos siete iraquíes desnudos, con las rodillas dobladas y apelotonados grotescamente formando una pirámide de cuerpos. Hay otra foto de un grupo de prisioneros desnudos, también apilados en pirámide. Cerca de ellos está Graner, sonriente y cruzado de brazos; frente a él está la soldado Sabrina Harman, doblada por la cintura, y ella también sonríe. Finalmente hay otro grupo de cuerpos encapuchados, con una soldado delante tomándoles fotos con una cámara. En otra foto se ve a un prisionero desnudo, de rodillas y sin capucha, en una postura que pretende aparentar que está practicando una felación a otro prisionero desnudo y encapuchado.

Obligados a masturbarse

Tanta deshumanización es intolerable en cualquier cultura, pero más aún en el mundo árabe. Los actos homosexuales van contra la ley islámica, y para los hombres es humillante estar desnudos delante de otros hombres, según explicaba Bernard Haykel, especialista en Oriente Próximo de la Universidad de Nueva York. "Ser puestos unos encima de los otros y obligados a masturbarse, estar desnudos en presencia de otros, todo ello es una forma de tortura", dijo. Dos rostros iraquíes que aparecen en las fotografías pertenecen a sendos muertos. Se ve la cara maltratada del prisionero nº 153399 y el cuerpo ensangrentado de otro, envuelto en celofán y recubierto de hielo. Hay una fotografía de una sala vacía y salpicada de sangre.

Los abusos de la 372ª con los prisioneros parecían casi rutinarios, un hecho de la vida castrense que los soldados no sintieron la necesidad de ocultar. El 9 de abril de 2004, en una audiencia judicial regida por el artículo 32 (el equivalente militar de un gran jurado) en el caso contra el brigada Frederick, en Camp Victory, cerca de Bagdad, uno de los testigos, el policía militar Matthew Wisdom, explicó al tribunal lo que sucedió cuando él y otros soldados entregaron a siete prisioneros, encapuchados y maniatados, al llamado Sitio Duro de Abu Ghraib, siete galerías de celdas donde estaban los reclusos más conflictivos. Los siete hombres habían sido acusados de iniciar una revuelta en otra sección del penal. Wisdom dijo:

"La sargento primera Snider agarró a mi prisionero y lo lanzó a un montón... a mí no me pareció bien que los pusieran amontonados. Vi al brigada Frederick, al sargento Davis y al cabo Graner caminar alrededor del montón mientras golpeaban a los prisioneros. Recuerdo que el brigada Frederick golpeó a uno de ellos en las costillas. El prisionero no representaba ningún peligro para el brigada Frederick . Después de eso me marché". Posteriormente, Wisdorn testificó: "Vi a dos detenidos desnudos, uno masturbando a otro que estaba de rodillas, con la boca abierta. Pensé que lo mejor era largarme de allí. No me pareció bien todo aquello. El brigada Frederick se acercó y me dijo: 'Mira lo que hacen estos bestias cuando los dejas solos dos segundos'. Oí que la cabo England gritaba: 'Se le está poniendo dura". Wisdom explicó que había comunicado lo sucedido a sus superiores, y que supuso que "habrían tomado medidas". Y añadió: "Yo no quería participar en nada que pareciese ilegal".

Los abusos se hicieron públicos gracias a la indignación del soldado Joseph M. Darby, un policía militar cuyo papel surgió durante la vista contra Frederick. Según la transcripción abreviada que pude conseguir, un testigo del Gobierno, el agente especial Scott Bobeck, miembro de la División de Investigación Criminal del ejército (CID), declaró al tribunal: "La investigación empezó después de que el soldado Darby recibiera un CD del cabo Graner que contenía fotos de detenidos desnudos". Bobeck dijo que Darby "nos entregó una carta anónima pasándola por debajo de la puerta de nuestra habitación, y luego vino e hizo una declaración jurada. Se sentía muy inquieto por todo este asunto y pensaba que estaba muy mal". Darby logró lo que no pudieron conseguir las organizaciones de derechos humanos más influyentes del mundo. La Cruz Roja y Human Rights Watch se habían quejado repetidamente durante el año anterior del trato que se daba a los prisioneros iraquíes, con escasa respuesta por parte del establishment. En uno de los casos, revelado en abril por el Denver Post, tres miembros de la inteligencia militar fueron acusados de acosar sexualmente a una reclusa iraquí en Abu Ghraib. Tras una investigación administrativa, los tres fueron multados "con un mínimo de 500 dólares y rebajados de rango", decía el periódico. Los mandos del ejército reaccionaron de diversa manera cuando se les mostró el CD de Darby con las explícitas fotografías. Enseguida se vio que las imágenes habían pasado de ordenador en ordenador por todo el 320º Batallón. Los mandos comprendieron de inmediato que tenían un problema: un inminente desastre político y de relaciones públicas que salpicaría a EE UU y perjudicaría el avance de la guerra. Darby entregó las fotos a los investigadores el 13 de enero de 2004. Frederick escribió a continuación cartas a su familia sobre lo que pasó. Todo empezó a los dos y media de la madrugada del 14 de enero, cuando unos agentes del CID llamaron a su puerta. "Fui escoltado

hasta la puerta principal de nuestro edificio, lejos de mi habitación -escribió-, mientras

dos hombres no identificados entraron en la habitación. Él preguntó si la iban a registrar. Le dijeron que sí. Frederick los autorizó (...).

El 16 de enero, tres días después de que el ejército recibiera las fotografías, el Mando Central (Centcom) divulgó un comunicado de prensa de sólo cinco frases, mencionando en términos muy comedidos una investigación sobre malos tratos a prisioneros. El secretario de Defensa dijo que fue entonces cuando él tuvo la primera noticia de las acusaciones.

Investigación secreta

Poco después, Rumsfeld informó al presidente Bush. El 19 de enero, el general Sánchez ordenó una investigación secreta en Abu Ghraib. Dos semanas después, el general Taguba fue encargado de llevar a cabo las pesquisas. El investigador del ejército dijo en el tribunal que Frederick y sus colegas, que él supiera, no habían recibido "instrucciones" de ningún tipo. Los policías militares de la 372ª habían sido asignados a tareas policiales y de control de tráfico a su llegada a Irak en la primavera de 2003. Con 37 años, Frederick era mucho mayor que sus camaradas y tenía madera de líder. Había trabajado como guardián durante seis años para la oficina de centros penitenciarios de Virginia. Bobeck explicó: "Lo que saqué en claro fue que el brigada Frederick y el cabo Graner eran policías militares de control de carreteras, pero habían sido destinados allí porque en la vida civil eran guardias de prisiones y sabían cómo hacer las cosas".

Bobeck declaró también que, según testigos, Frederick había "pegado a un detenido en el pecho con tanta fuerza que el hombre casi sufrió un paro cardiaco". En cartas y e-mails a familiares, Frederick contaba que los equipos de inteligencia militar, donde había agentes de la CIA, lingüistas y especialistas en interrogatorios contratados por empresas privadas -a su vez contratadas por el ejército para tal fin-, eran la fuerza dominante en Abu Ghraib. En una de las cartas a su familia, decía: "Pregunté sobre algunas de las cosas que veía, cosas como dejar a los reclusos en sus celdas sin ropa o con ropa interior femenina, esposarlos a la puerta de la celda... y la respuesta que me dieron fue: 'Así es como lo quiere la inteligencia militar" (...).

Los de inteligencia militar "nos animaron y nos dijeron: 'buen trabajo'; estaban empezando a obtener resultados positivos e información valiosa -escribió Frederick-. Los del CID estaban presentes cuando se utilizaron perros amaestrados para intimidar a prisioneros a petición de la inteligencia militar". En un momento dado, relataba Frederick a su familia, llevó a un aparte a su superior, el teniente coronel Jerry Phillabaum, comandante del 320º Batallón de la Policía Militar, y le preguntó por el maltrato a los prisioneros. "Su respuesta fue: 'Por eso no se preocupe". En la audiencia judicial regida por el artículo 32 de abril, el ejército informó a Frederick y a sus defensores (el capitán Robert Shuck, abogado militar, y Gary Myers, civil) que dos docenas de testigos, entre ellos la general Karpinski y todos los denunciados por Frederick, no iban a presentarse. Algunos habían sido eximidos tras acogerse a la 5ª enmienda; otros se creía que iban a estar físicamente muy lejos del tribunal. "El objetivo de una audiencia regida por el artículo 32 es designar testigos y descubrir hechos -me dijo Gary Myers-. Acabamos con un agente del CID y ninguna presunta víctima que examinar". Después de la audiencia, el oficial que dirigía la investigación dictaminó que había pruebas suficientes para someter a Frederick a consejo de guerra.

Myers, que fue uno de los abogados de la defensa en los juicios por el caso My Lai en los años setenta, me dijo en abril de 2004 que la defensa de su cliente se basaría en que éste cumplía órdenes de sus superiores, y en concreto, las directivas de la inteligencia militar. "Voy a llevar a rastras al tribunal a todos los oficiales de inteligencia y civiles contratados que pueda encontrar -dijo-. ¿De veras cree usted que el ejército relevó a un general a causa de seis soldados? Ni por ésas" (...).

A principios de ese otoño, escribía Taguba, el general Sánchez, aparentemente preocupado por los informes que llegaban de las cárceles militares en Irak, había pedido al general Ryder que llevara a cabo una valoración de las mismas. El resultado, que cuando el informe de Taguba se hizo público todavía estaba clasificado, fue entregado el 5 de noviembre de 2003, y en sus conclusiones se decía que había aspectos relativos a derechos humanos, adiestramiento y recursos humanos que requerían atención inmediata. Expresaba asimismo seria preocupación por la connivencia existente entre la policía militar asignada a vigilar a los prisioneros y los equipos de inteligencia que los interrogaban (...)

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Preparar las "entrevistas"

Había pruebas ya desde la guerra de Afganistán, decía el informe Ryder, de que miembros de la PM habían trabajado con agentes de inteligencia: "La información confidencial obtenida recientemente con motivo de la Operación Libertad Duradera da por cierto que la policía militar estableció las condiciones favorables para subsiguientes entrevistas", eufemismo por quebrantar la voluntad de los presos antes de los interrogatorios. "Tales acciones suelen ir en contra del buen funcionamiento de un centro penitenciario". Ryder exigía que "se defina el papel de los policías militares separando claramente las competencias de los guardianes de las del personal de inteligencia militar". Los mandos que gestionaban la guerra en Irak habían sido notificados. Sin embargo, al final Ryder edulcoró sus observaciones asegurando que la situación todavía no era crítica. La brigada de la general Karpinski, informaba Ryder, "no ha recibido órdenes de modificar su actuación a fin de facilitar las condiciones para interrogatorios por parte de la inteligencia militar, ni de participar en dichos interrogatorios". Aunque en algunos casos los procedimientos eran defectuosos, dijo, no había encontrado "ninguna unidad de la policía militar que realizara a propósito prácticas de confinamiento inadecuadas" (...).

En su informe, Taguba fue cortés pero directo a la hora de refutar a su colega. "Por desgracia, muchos de los problemas que surgieron durante la valoración son exactamente los mismos temas objeto de esta investigación", escribió. "De hecho, los abusos sufridos por los detenidos ocurrieron en su mayoría durante o alrededor de esa valoración". El informe continuaba: "Contrariamente a los hallazgos del general Ryder, yo encontré que personal asignado a la 372ª Compañía de la ¿800? Brigada de la Policía Militar había recibido órdenes de modificar las condiciones penitenciarias a fin de 'facilitar' los interrogatorios de inteligencia militar". Oficiales de inteligencia del ejército, agentes de la CIA y civiles contratados "solicitaron enérgicamente que los guardias de la PM crearan las condiciones físicas y mentales para un favorable interrogatorio de los testigos". Taguba respaldó sus afirmaciones citando declaraciones juradas ante investigadores del CID. La soldado Harman, uno de los PM acusados, testificó que su tarea consistía en mantener despiertos a los detenidos, entre ellos un prisionero encapuchado que fue metido dentro de una caja con cables eléctricos sujetos a los dedos de pies y manos y al pene. Harman declaró: "La inteligencia militar quería hacerlos hablar. Era tarea de Graner y Frederick hacerles cosas para que luego la inteligencia militar y las OGA de Otras Agencias del Gobierno [...] consiguieran que desembuchasen".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de octubre de 2004

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