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COLUMNA

La hora de la decisión

El 6 de octubre, una Comisión a punto de cesar tendrá que entregar el informe sobre si considera a Turquía preparada para iniciar las negociaciones para su ingreso. En diciembre, el Consejo Europeo ratificará ese voto afirmativo. En efecto, nadie duda de que, a pesar de una inquietud creciente -Helmut Schmidt y Giscard D'Estaing, los dos estadistas a los que debemos el euro, ya se manifestaron con contundencia al respecto-, la respuesta será positiva. Y ello aunque Turquía no cumpla ninguna de las condiciones del artículo 49 del Tratado de la Unión. De cualquier forma que se describa el ser europeo -en este punto, la ambigüedad que mantienen las instituciones oficiales resulta suicida- Turquía no lo es, ni geográficamente -sólo el 5% de su territorio- ni tampoco histórica o culturalmente pertenece a la civilización europea.

A ello se suma que su democracia, dado el papel que desempeña el Ejército desde la revolución de Ataturk, es muy dudosa; y los conflictos abiertos o latentes entre un 20% de la población perfectamente europeizada que configura las clases dirigentes y necesita angustiosamente de protección exterior; y una mayoría islámica formada por los sectores sociales más desposeídos que teme que la adhesión conlleve un mayor alejamiento de su identidad cultural, además de los conflictos con la población kurda en un momento en que la guerra en Irak no permite prever cuál será el futuro de la región. Si a todo esto se añade que Turquía, con más de 900.000 kilómetros cuadrados, será el Estado más extenso de la Unión, con una población de 70 millones que en una docena de años podría superar la de Alemania, pero con una renta que representa el 22% de la de la Europa de los 15, muy alejada aún de la mitad de la media de la de los 25.

Argumentos que, sin embargo, han dejado de tener vigencia, una vez que en la cumbre de Copenhague de diciembre de 1993 -en la que no se ocultó una fuerte presión de Estados Unidos- se tomara la decisión de elevar a Turquía a la condición de candidato. Ahora sólo ha de juzgarse si los avances que indudablemente se han hecho en la democratización del país son suficientes, con plena vigencia de los derechos humanos y control civil del poder militar, así como si el desarrollo socioeconómico permite el ingreso de un país que arramblaría con todos los fondos agrícolas, estructurales y de cohesión.

La tradicional enemistad de Turquía con Rusia y la situación estratégica de fronteras comunes con la Unión Soviética hizo que Turquía, durante la guerra fría, fuese, junto con Alemania occidental, el principal aliado de Estados Unidos. Turquía ha sido miembro del Consejo de Europa y de la OTAN desde su fundación, y mientras se necesitó su ayuda militar en Occidente nadie cuestionó su carácter europeo. La adhesión de Turquía sería así un lastre heredado del pasado que hemos de arrastrar en el futuro. Justamente, que la democratización de Turquía esté aún en el alero es la razón para no abandonarla a un destino islamista que pondría en peligro la presencia occidental en todo el Oriente Próximo. En cambio, integrar en Europa a un país islámico podría reconvertir el actual proceso de enemistad con Occidente que vive el islam.

Consideraciones que, en realidad, se vuelcan contra la entrada de Turquía. Nuestra deuda histórica y relación privilegiada con ese país debe traducirse en un tratado especial, pero no pagarla al altísimo precio de tirar por la borda la posibilidad de que Europa se unifique un día políticamente, que es lo que algunos en el fondo no quieren, y esto es lo verdaderamente grave, que se hayan salido con la suya. El que Turquía necesite de Europa para proteger el actual proceso de democratización habla a las claras de su fragilidad. Y si el camino para moderar al islam es la integración en la Unión, prepárense para la entrada un día de todo el norte de África.

Convencidos de que la suerte está ya echada, pocos en Europa están dispuestos a dar batalla contra la entrada de Turquía, aunque se empiece a barruntar que podría significar el fin del sueño europeo. Los políticos se tranquilizan pensando: unos, que las negociaciones podrían durar decenios -y después de mí, el diluvio-, y otros, que podríamos tener la suerte de que la Constitución europea cayera en algún referéndum y habría que empezar todo de nuevo.

En España, donde el PSOE y el PP están de acuerdo con el ingreso de Turquía, el debate brilla por su ausencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de octubre de 2004