Columna
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País

Recientemente ha reverdecido la estéril polémica en torno a la nomenclatura de esta tierra. Alguien había osado llamarla País Valenciano y de ahí el arranque de furia con que se ha combatido el agravio. Fue en el Congreso de los Diputados de Madrid y el presidente, Manuel Marín tomó las riendas para frenar a los caballos desbocados. Descartó la posibilidad de referirse a la Comunidad Valenciana como País Valenciano, sin caer en la cuenta de que su partido aquí se convierte en Partit Socialista del País Valencià (PSPV). Vuelta atrás para resituar las cosas, porque con dificultad puede digerirse que se impida a los ciudadanos llamar a su tierra como bien les parezca. No puede ser inconstitucional utilizar una denominación que fue la que sirvió para iniciar la andadura autonómica. En la etapa previa a la promulgación del Estatut, el primer órgano de gobierno se llamó Consell del País Valencià. Con aquella institución incipiente colaboramos muchos y se reconocieron nuestros méritos con medallas y diplomas del Consell del País Valencià. Nadie tuvo la sensación de estar sirviendo a una ignominia. No fue desde luego sin empeño ni esfuerzo, en una singladura donde el voluntarismo y la imaginación se aliaron para abrir el horizonte, en contraste con el panorama encorsetado del que proveníamos. Y todo viene de la nefasta división provincial que, a mediados del siglo XIX, partió en tres el territorio del Reino de Valencia. Más tarde, a partir de la tímida irrupción de la Región Valenciana, como concepto avanzado, también las corrientes regionalistas fueron perseguidas y acalladas. No convenía ser reino, ni región, ni, por supuesto, país. Mucho menos se podía hablar de nación y las propuestas nacionalistas quedaban relegadas en el baúl de lo subversivo. Ahí es donde surgió la fórmula de la Comunidad Valenciana. Difícilmente puede progresar en las cotas de autogobierno una demarcación geopolítica que no sabe muy bien de dónde viene, quién es y cómo se llama. La decisión de confluir en el término Comunidad Valenciana, de todas las denominaciones posibles era la más inconcreta y la más desarraigada de la tradición histórica. Así no conectábamos con nada ni con nadie y, por tanto, esa desvinculación era un fin en sí mismo. El País Valencià, salvo en algunos reductos de la sociedad, fue pasando a un discreto segundo plano, hasta que las posiciones se han radicalizado en un enfrentamiento del que no se sabe bien dónde está la causa y el efecto. Jacques Brel ya describía en su canción Le plat pays, el país llano que era el suyo. Luis Cernuda hacía que un español hablara de su tierra. Joan Maragall se dolía por la suya y Salvador Espriu hizo lo propio en el poema He mirat aquesta terra. Ausiàs March la conectó a su condición marinera en Veles e vents. La voz país es nueva y tentadora. Finalmente no sabe dónde puede ir a parar. Es un peligro para aquellos que no quieren avanzar en las cotas de autogobierno. A partir de aquí hay y habrá partidarios, con todo su derecho, del País Valenciano, en el que sólo falta una gran dosis de respeto y tolerancia. Un país plural.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 26 de junio de 2004.

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