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Reportaje:

Excursión a la despensa del Retiro

El Vivero de Estufas, con 23 invernaderos, genera 800.000 plantas para el Ayuntamiento, parques y recepciones de Madrid

La sorpresa aguarda a los paseantes del parque del Retiro que, tras salir de la ruta habitual que circunda la glorieta del Ángel Caído, en el extremo del Paseo de Coches, deciden encaminar sus pasos hacia el confín más recóndito del jardín madrileño. Más precisamente, hacia un recinto tapiado con ladrillo y mampostería de grandes puertas metálicas. En su interior, un día cualquiera, hasta 37 empleados municipales y una quincena de contratados, bajo la dirección del ingeniero de Montes Javier Spalla, de 42 años, y el mando de Enrique Muñoz de la Nava, laboran afanosamente en medio de un ámbito singular y totalmente desconocido para el público madrileño. Se trata del denominado Vivero de las Estufas, un predio de 1,5 hectáreas especialmente dedicado a la producción de arbustos y plantas de interior y ornamentales para el propio parque del Retiro y los otros parques históricos que alberga la ciudad.

Se trata de un espacio rectangular repleto de plantas y flores, invernaderos, túneles y umbráculos, contorneado por otras dos dependencias municipales; una, de Mobiliario Urbano y otra, dedicada a taller de carpintería, cartelería y cerrajería del propio parque; en ella labora una decena de empleados, la mitad de ellos al borde de la jubilación.

El vivero recibe su nombre de las calderas que, bajo un perímetro de invernaderos que se cierne al muro de mampostero circundante, surcan las entrañas de cada uno de los acristalados recipientes donde se crían y cuidan las plantas que han de adornar el Retiro; pero también las de cada dependencia municipal, de las centenares de sedes que mantiene el Ayuntamiento de Madrid, amén de las de casi todas las recepciones oficiales de entidades o eventos a los cuales el Concejo madrileño se halla asociado. Eso abarca desde una visita papal, a una fiesta o cumbre internacional.

Algunos invernaderos proceden de legados de aristócratas que, a fines del siglo XIX, concretamente de 1889 en adelante -fecha en la que data el primer testimonio documental de la existencia de este vivero- decidieron donarlos al parque madrileño. Es el caso del más bello de los siete invernaderos que contornean el recinto, que llegó al Retiro procedente de los jardines del palacio de Liria, residencia de los duques de Alba. Es un ámbito apuntado en hierro plateado, con una gran barandilla superior desde la cual el invernadero se cubría con zarzos, esteras de espigas de centeno que guarecían del frío los albergues vegetales durante las noches invernales y servían para administrar la luz solar bajo los cristales. El centeno tardaba en pudrirse varios meses durante los cuales cumplía a la perfección su función aislante.

Aunque ha llegado a generar hasta dos millones de unidades de plantas bianuales y anuales, la producción actual del vivero frisa las 800.000 unidades, explica Javier Spalla, un ingeniero entusiasta de sus trabajo y de la historia de este recinto. Las plantas ornamentales se semillan en unos tiestecillos que se agrupan en envases plásticos de color negro de 104, 60, 40 y 28 hoyos sobre los que se introducen las semillas. "Una quincena después, las semillas germinan y entonces, son repicadas, es decir, trasladadas a otros recipientes un poco más grandes, donde se ensanchan y sus raíces se ramifican, mientras con el empleo de hormonas enanizantes, logramos detener su crecimiento en altura y ampliarlo en la base", dice Spalla. El proceso sigue con el enmacetado semiautomático de la planta, ya crecida, que pasa a su inserción o plantación sobre praderas y jardines del parque. Ahora se cotizan mucho la col y las acelgas, altamente decorativas, que son comestibles y cuya coloración se acentúa con el frío.

Turba fósil

La base sobre la que germinan las plantas es la denominada turba, un material fósil de origen vegetal que hoy se importa de los países bálticos essoviéticos y de Finlandia, después de que Alemania, gran productora mundial de este mantillo, redujera a tope sus exportaciones.

De los 23 invernaderos existentes, 22 están climatizados y mantienen sistemas para la nebulación de agua que sirve para regular la temperatura dentro de los recintos. Bajo todos ellos se pueden ver las calderas empleadas antaño, que servían para calentar los interiores, de donde deriva el nombre de 'estufas' asignado al paraje. Una de las joyas que cobija este lugar tan desconocido es un ejemplar de Cyca revoluta, una conífera con aspecto de palmera de la cual se han hallado ejemplares fósiles antes de la Era de los Dinosaurios. Hay tres de ellas, de unos 70 años de edad cuyo tamaño, dentro del vivero procedente del palacio de Liria, dificulta en exceso su traslado. "Hace dos décadas viajaron a una exposición en Logroño y desde entonces crecen allí", explica Spalla.

En verdad son ejemplares de gran belleza, aunque de menor esplendor que un taxodium dysticum, árbol de los pantanos, de igual familia que los que adornan el lago del Palacio de Cristal. Un oásis de magnolios de hasta siete metros de estatura, decora este lugar que rezuma sosiego, orden y trabajo. (Visitas guiadas: 913729847).

Un poblado de talleres

Entre las edificaciones contiguas al Vivero de Estufas del Retiro se encuentra algo muy parecido a un pequeño poblado, con casitas adosadas de una planta de altura, con sus ventanas a ambos lados de una calle central empedrada de adoquines. Su extensión puede abarcar media hectárea. Pámpanos de parra decoran las casitas tras cuyos muros de ladrillo y cancelas enmarcadas con maderos se despliegan algunos talleres, hoy únicos en Madrid por la vetustez de su maquinaria. Se trata de tornos, fresas y cascadoras - punzones gigantes para tronchar maderos- con los cuales los empleados municipales fabricaban sus propios rastrillos, palas, bancos, incluso carretillas, cuando el parque era completamente autosuficiente, con más de cincuenta empleados en estas dependencias.

Tras la gran calle de los talleres se observa una casa de mayor grupa. Era un depósito de estiércol con el que se realizaba la siembra en el gran parque; esconde dos coches de caballos, con sus pescantes y farolones, que pertenecieron al jardinero mayor Cecilio Rodríguez. En otro taller se pegan con silicona las losetas con las cuales numerosas calles de Madrid anuncian sus nombres. Es la misma atmósfera de un tiempo en el que el Retiro vivía de sí mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de abril de 2004

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