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COLUMNA

Agotados

Las banderas ya no son rojas. El pasado 3 de marzo, la manifestación en conmemoración en Vitoria por la masacre causada por la policía durante la transición en la parroquia de Zaramaga no enarbolaba banderas rojas, sino ikurriñas, y los únicos gritos entendibles eran los de presoak kalera. En el conflicto laboral que hubo en el aeropuerto de Bilbao cada trabajador, en los paseos que daban, megáfono en ristre por la terminal, llevaba una bandera, pero tampoco ninguna era roja, todas eran ikurriñas, muchas. La última vez que vi banderas rojas, junto a otras, incluida la republicana, fue en la última manifestación de ¡Basta Ya! en San Sebastián, en lo que me pareció un derroche de pluralidad, teniendo en cuenta como se las da el uniformismo nacionalista.

Poco a poco, la contestación ha dejado de ser roja para ser nacionalista. Tiene cierta gracia que una enseña inventada ante la transformación industrial, ante la revolución social, proletariado incluido, haya sustituido la bandera de éste. La izquierda, acomplejada tras la caída del muro, descolocada la socialdemocracia por la subsiguiente globalización capitalista, cede sus puestos, sus banderas y barricadas, a una dinámica nacionalista disfrazada de progresismo. Hasta la izquierda pide reducción de impuestos como lema electoral. Y sin embargo -para que la quieran un poco los nacionalistas-, la bandera roja es el color de Navarra, adoptado por la burguesía insurgente parisina reclamando la entrada de Enrique IV. El de "París bien vale una misa".

Es la derecha tradicionalista o canovista -que también pide reducción de impuestos, que es lo suyo-, la que se esfuerza, peser a carecer de tradición jacobina, por mantener el Estado unitario, aunque sea más por tradición que por el humanismo revolucionario que en su día derribó privilegios y feudos caciquiles. Es la derecha la que con su estilo avisa del riesgo de erosionar el Estado, instrumento otrora sacralizado por la izquierda para impulsar las reformas sociales, la igualdad y el equilibrio. Aquí, en Euskadi, a causa del terrorismo y de un nacionalismo poco cívico y desbocado, empieza a existir una cierta conciencia de la necesidad del Estado. A poco que se ha hecho presente, se ha reducido el terrorismo y la kale borroka ha desaparecido. Pero en el resto de España la reivindicación del Estado, y no digamos si se le califica de unitario, convierte a sus defensores fachas, propiciando un cierto acratismo que conecta tanto con la emotiva concepción de nuestros anarquistas de la preguerra como con los católicos progresistas postconciliares. En el fondo se parece mucho esta nueva visión de la que somos testigos a la de los carcas que se opusieron a la creación del Estado liberal, desgraciadamente muy fallido en España.

No es ni sólo ni especialmente un problema vasco. Lo periférico no se ha contemplado como complementario del centro y viceversa. La transición parió como pudo una Constitución hipotecada por derechos históricos de regiones -en el caso vasco sus sujetos son las provincias o el viejo reino de Navarra-, que de paso ofrecían legitimidad a la Corona, sin haber progresado en la modernización del Estado. Al contrario, esas nuevas comunidades y las partitocracias locales nos llevan hacia las hipotecas del pasado. Se echa de menos una concepción republicana de la nación. Por eso las banderas que inventaron para enfrentarse al Estado liberal sustituyen a las reivindicativas rojas.

No es de extrañar que en la campaña electoral haya saltado el debate del proyecto de Estado (de nación, habría que decir más adecuadamente). Y la derecha se siente a gusto en él. Pero, no se crean, la derecha es también madre de los problemas que padecemos, porque fue la que influyó para que aparecieran todas las hipotecas históricas en la Constitución. Quizá no podía ser de otra manera: la derecha no puede llegar por sí sola a una asunción liberal del Estado, haría falta la aportación de la izquierda. Pero es que los de izquierdas estamos agotados, aterrados ante una nación homogénea, cuando lo que aterra de verdad es el coche bomba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de marzo de 2004