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Reportaje:

Dos estatuas de la Capilla Real, tiradas 100 años en un jardín

Las figuras pertenecen a grandes esculturas del siglo XVII que decoraban la fachada del templo de la Corte en Atocha

Parques, calles y plazas de Madrid ofrecen sorpresas al alcance de la mano. Pero hay que cruzarlas con suma atención. El último hallazgo, en un jardincillo del distrito de Retiro, junto a la avenida de la Ciudad de Barcelona, ha sido el de dos troncos de estatuas de considerable tamaño, una de la Virgen María y otra de Santo Domingo de Guzmán, que han permanecido un siglo hendidos en el suelo, desde el que hoy afloran y se hacen visibles a quien pasa a su lado.

Ambas estatuas proceden de la fachada de la Basílica Real de Nuestra Señora de Atocha, emblema de la Corte desde entonces hasta nuestros días. A ella acudirá doña Letizia Ortiz Rocasolano con el príncipe Felipe a depositar su ofrenda nupcial, siguiendo una tradición de la Casa Real española iniciada en 1523, cuando Carlos V realzó una vieja ermita preexistente y encomendó su culto a la orden dominica.

Carmen Rodríguez paseaba con su perrita, vio las piedras y las identificó cotejando fotos y grabados

Los grandes fragmentos escultóricos pesan cientos de kilos y muestran en su piedra grisácea surcos que corresponden a pliegues de ropajes y de mantos. Nadie reparaba en estas esculturas dormidas sobre el jardín de Atocha hasta que, mientras paseaba su perrita Tara, Carmen Rodríguez Peñas, vecina de la zona, licenciada en Historia del Arte y guía de Patrimonio Nacional, se fijó detenidamente en sus delicados detalles. Observó pliegues, comparó dimensiones y cotejó su hechura. "Tuve el presentimiento de que podía tratarse de tallas valiosas, porque las labras se encontraban en el perímetro de la histórica basílica real", explica.

Rodríguez fotografió las piedras y se puso manos a la obra. "Consulté al catedrático Francisco Portela Sandoval, uno de los especialistas en escultura de más renombre", explica. "Con mis fotos en la mano y testimonios gráficos de 1867 tomados por la cámara de Laurent, se puede asegurar que los fragmentos del jardincillo pertenecen casi con seguridad a la Virgen María que jalonaba la fachada del templo barroco levantado sobre el santuario en 1626, que fue derruido en 1903, fecha desde la cual yacían en el suelo", precisa su descubridora.

Sus estudios universitarios, más sus trabajos en programas municipales de turismo como cicerone y, desde hace dos años, como guía de Patrimonio Nacional, han procurado a Rodríguez sensibilidad suficiente para comprobar que su presentimiento estaba bien fundado. "Desearía que estos fragmentos fueron instalados en un lugar digno, donde pudieran contribuir a dar a conocer la historia de Madrid", dice.

Un farallón con manantiales

Los primeros documentos sobre la ermita de Atocha datan del año 1162. Ocupaba la falda de un farallón rocoso, el cerrillo de San Blas, perforado por cristalinos manantiales. La imagen venerada es la de una virgen negra, una talla altomedieval parecida a la que se venera en el monasterio catalán de Montserrat. Muestra al Niño Jesús en su regazo, con un librillo abierto, y en la mano derecha una manzana.

La imagen de Nuestra Señora de Atocha debe su nombre al espartal -atochar - en cuyo seno se hallaba enclavado el eremitorio primigenio. Otros testimonios aseguran que fueron discípulos de San Pedro quienes trajeron desde Antioquía la talla mariana, -Theotokos (Madre de Dios)-, a la que la tradición atribuyó numerosos milagros. La virgen fue escondida en un olivar cercano durante la ocupación árabe.

La fachada sobre la que las estatuas ahora identificadas permanecieron tres siglos hasta su abandono sobre el jardincillo fue obra de Juan Gómez de Mora, alarife de la Casa de la Villa y del palacio de Santa Cruz. A la decoración del templo fueron convocados pintores como Francisco de Ricci, Herrera Barnuevo y Lucas Jordán; éste recibió del rey Carlos II la encomienda de ornamentar con frescos la bóveda.

Las piedras labradas permanecen abandonadas frente al colegio de los Dominicos de Atocha, entre el paseo de María Cristina y la avenida de la Ciudad de Barcelona. El lugar es transitado por los estudiantes, algunos de los cuales llegan a encaramarse sobre las estatuas sin miramiento.

El santuario fue, en 1566, escenario de las exequias de fray Bartolomé de las Casas a las que asistió, conmovido, el también universal Miguel de Cervantes Saavedra. De él se dice que para perfilar su personaje de Don Quijote de La Mancha se inspiró en la gesta del fraile, apóstol del antiesclavismo en las Indias. Dada la devoción que el culto a Nuestra Señora de Atocha encontró en Madrid durante el siglo XVII, el templo hubo de ver ampliadas sus naves. En su seno se hallaba un riquísimo camarín que atesoraba las copiosas donaciones hechas a la Virgen por el pueblo, la nobleza y la Corona. En 1808 las tropas francesas saquearon su camarín.

Al despuntar el siglo XX, el templo barroco, en estado de ruina, fue derruido. La reina María Cristina había encomendado al arquitecto Fernando Arbós la construcción, sobre su lar, del Panteón de Hombres Ilustres, inspirado en el cementerio de Pisa. Un campanile de estilo neobizantino véneto domina desde entonces esta zona. Una nueva iglesia fue allí levantada en torno a 1925, pero fue pasto de las llamas en julio de 1936.

En 1951, Diego Méndez, arquitecto del Valle de los Caídos, reedificó la nueva basílica en la manzana en cuyo perímetro los vestigios han sido identificados. Una cuadrilla de albañiles andamiaba ayer la fachada basilical, con el objetivo de adecentarla ante la boda del Príncipe y Letizia Ortiz, el 22 de mayo próximo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de febrero de 2004