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Editorial:

Pavo en Bagdad

El secretísimo viaje de George Bush a Bagdad en el Día de Acción de Gracias, posiblemente la fecha más emotiva del calendario estadounidense, no es el que habría querido hacer en tiempos mejores. Apenas hay precedentes de visitas presidenciales tan clandestinas a escenarios de guerra, si se exceptúa en tiempos relativamente recientes la primera de Lyndon B. Johnson a Vietnam en 1966. Pero el desplazamiento de Bush, concebido como una precisa operación militar que suscitaría la envidia de Tom Clancy, tiene más alcance que la foto-oportunidad propagandística a la que se puede sentir la tentación de reducirlo.

Veintisiete horas en el aire, para cenar por sorpresa con sus soldados en el fortificado aeropuerto de la capital, han servido a Bush para recobrar ante su opinión pública el control del tema iraquí, el más inquietante cara a las elecciones del año próximo. El presidente ha confundido a sus rivales con esta muestra de compromiso y solidaridad en horas difíciles. En un país con las emociones patrióticas a flor de piel, la presencia de Bush en Bagdad en la cola del pavo asado eclipsa definitivamente en los televisores la imagen más dañina del conflicto, aquella en el portaaviones Lincoln ante una pancarta que rezaba "misión cumplida". La misma oposición demócrata, que hasta la víspera acusaba al inquilino de la Casa Blanca de distanciarse del sufrimiento de las tropas o de no acudir a sus funerales, valora hoy el viaje como una operación de calado político perfectamente ejecutada.

El golpe de efecto y la promesa de Bush en Bagdad de mantener el rumbo no pueden ocultar, sin embargo, sus crecientes dificultades para manejar una situación envenenada. El mismo día de la visita relámpago, el ayatolá Alí al Sistani, jefe espiritual de los chiíes, el 60% de la población, reiteraba al Gobierno provisional iraquí que la asamblea que elabore la nueva Constitución debe ser elegida por sufragio universal, y no por un grupo de notables, como quiere EE UU, alegando un censo virtualmente inexistente o la inseguridad reinante.

Los argumentos de Sistani son consistentes. El clima de violencia es ajeno a modalidades electorales, y una asamblea elegida por todos los iraquíes con las garantías mínimas, por precaria que resulte técnicamente, tendrá una representatividad de la que carecería otra designada por un grupo en mayor o menor sintonía con Washington. Lo que está en juego, y de manera cada vez más apremiante, es el futuro del país árabe. Y la legitimidad es la piedra angular de ese futuro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de noviembre de 2003