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Entrevista:Iván Thays | MAPA LITERARIO DE PERÚ

"El éxito de Vargas Llosa y Bryce silenció una generación"

Una nueva generación de escritores peruanos ha empezado a sacudirse el peso que han tenido sus grandes antecesores, de César Vallejo a los novelistas del boom. El autor de novelas como Escenas de caza y La disciplina de la vanidad, de gran prestigio en su país pero poco conocido fuera de él, hace un recorrido por la creación literaria de Perú. Además, señala al argentino Manuel Puig y al chileno Roberto Bolaño como los maestros de los narradores más jóvenes.

Les tengo una noticia negra y definitiva: ya todo está dicho. Sin embargo, no es que todo se haya dicho ayer, con el boom o hace un siglo. No, todo ya está dicho desde el principio, desde las cuevas de Altamira. No hay más. Sólo la vanidad nos impulsa a creer que hay más. No hay progreso, pues, en el arte. Quien considere que Joyce es más moderno que Balzac, que Rabelais o que Homero por usar el monólogo interior es un canalla literario. No hay progreso en el arte. El arte es una ciencia binaria, un discurso genético. Un número limitado de elementos cuyas combinaciones son infinitas. La vanidad es el gran combinador".

Iván Thays (Lima, 1968) publicó en 2000 La disciplina de la vanidad, una novela condenada por ciertas leyes de la industria editorial a quedar enjaulada en el limitado círculo de las librerías limeñas. Como es una novela publicada, aunque sea por una entidad tan poco comercial como la Universidad Católica de Perú, las españolas que han tentado a este autor le piden otra, inédita. En ello está. Pero ésta no podrá ir más allá pese a ser considerada por la crítica y por sus lectores como una de las grandes novelas peruanas de los últimos años. Una ironía: trata sobre las muchas caras de la vanidad del escritor y, sobre todo, sobre su impulso irracional por seguir escribiendo.

La literatura peruana es muy solemne. Aquí sería imposible un movimiento tan divertido como el Crack mexicano

"Julio Ramón Ribeyro permitió crecer a otros autores bajo su sombra, más amable, menos poderosa"

PREGUNTA. La literatura peruana de los años noventa está dominada por temas como la marginalidad, lo urbano, la violencia... Usted ha preferido seguir un camino aparte, más dentro de lo personal y del universo literario.

RESPUESTA. Desde muy temprano supe que lo mío iba más por la influencia que había tenido en mi vida el cine de Hollywood, por un lado, y por otro, mi timidez y una vida dedicada a la lectura. No he sido de salir a la calle, sino de leer mucho. Así es que me formé como un escritor marginal a esa corriente literaria que se alimenta de la vida en la ciudad.

P. En los años setenta y ochenta, la literatura peruana estuvo dominada por los grandes poetas y prácticamente no se publicó novela, fuera de la obra de Vargas Llosa y Bryce Echenique. ¿Cómo explicaría usted este periodo?

R. Es difícil entender el fenómeno. Puede tener muchos matices, incluso los comerciales, porque era muy difícil publicar en los años ochenta, las editoriales no podían asumir los costes. Se publicaba mucho cuento y poesía en ediciones pequeñas y limitadas. Otro motivo puede ser que la presencia de Vargas Llosa y Bryce llegó a pesar demasiado para esa generación y prácticamente la silenció. En cambio, un autor como Julio Ramón Ribeyro sí que permitió crecer a otros bajo su sombra, mucho más amable, menos poderosa. Yo creo que en los años ochenta aparecen un grupo de cuentistas notables, reunidos en la antología de Guillermo Niño de Guzmán, titulada En el camino, y en la que aparece Alonso Cueto (que publicó un libro extraordinario, Las batallas del pasado); luego estaba este escritor de origen chino Siu Kam Wen, Cronwell Jara y un cuentista que desapareció, Mario Choy. En el año 1992 es cuando empieza la explosión de la novela con La violencia del tiempo, de Miguel Gutiérrez, y País de Jauja, de Edgardo Rivera Martínez. Los autores jóvenes, Mario Bellatin (ahora ciudadano mexicano) o yo, empezamos a publicar en esos años pero también lo hicieron autores mayores, como si hubiesen demorado diez años en escribir. Los años setenta u ochenta fueron como un periodo de incubación para esos escritores mayores y además de liberación para los menores. Para nosotros, Vargas Llosa y Bryce ya no pesaban, eran un modelo, un arquetipo. No eran competencia.

P. ¿Cree entonces que la explosión del boom

latinoamericano de los setenta devastó la escena literaria en Perú?

R. Sí, creo que la condicionó definitivamente. Lo que pasa además es que en un país como Perú en el que es casi imposible publicar y vender novelas, la situación es mucho más grave que en Argentina o México, donde existe una industria editorial que demanda nuevas obras. En Perú los escritores se quedaron esperando publicar en mejor momento.

P. En La disciplina de la vanidad cita a Juan Carlos Onetti diciendo que "hay quienes nacieron para escribir y quienes nacieron para ser escritores".

R. Sí, yo quise hacer una especie de Retrato del artista adolescente, uno más. En este caso quise bajarlo al llano. Todo sucede dentro de un congreso de escritores donde cada uno de ellos quieren ser el nuevo boom y lo único que logran es pelearse todos entre ellos. Están todas las paranoias del escritor joven: los críticos lo odian, Carmen Balcells ronda disfrazada para encontrar a su nueva estrella... Para mí fue muy importante introducir algo de sentido del humor, porque mis otras obras carecen de ello. Respecto a la frase de Onetti, debo decir (creo que mi personaje también lo dice) que me parece muy injusta, porque yo no llego a diferenciar muy claramente el ser escritor y el escribir. Onetti se refería a quienes se interesan más por el éxito de la obra que por la calidad. Pero creo que los que quieren salir mucho en la prensa, también, en el fondo, lo que quieren es escribir.

P. A veces hay mucho ego exacerbado en el mundo literario.

R. Indisciplinado, para seguir con lo que planteo en la novela. Pienso que cuando la vanidad está disciplinada, el efecto es muy positivo.

P. La disciplina de la vanidad es una novela escrita a partir de fragmentos, ritmos distintos. Casi opuesta a El viaje interior (1999).

R. Después de El viaje interior, que es muy conservadora en su técnica y que me obligó a meterme en ese mundo, me resultaba difícil salir de allí. Empecé a tomar notas para una futura novela y de repente las notas se convirtieron en la novela, porque la idea es precisamente dar sentido a los apuntes y notas arbitrarios, si se quiere, de un autor joven. Él bucea buscando su propio camino. Al final hay un enfrentamiento entre la técnica novelística con el protagonista.

P. Después de movimientos o expresiones de los nuevos escritores latinoamericanos como MacOndo y el Crack mexicano, ¿en Perú podría surgir algo así?

R. No lo creo. MacOndo fue una propuesta de dos personas, Alberto Fuguet y Sergio Gómez, que además reunieron a una serie de autores que ni siquiera conocían el prólogo que los agrupó, y algunos estaban manifiestamente en contra. En cambio, el Crack sí fue un movimiento. Sin embargo, creo que sería muy difícil que surgiera un movimiento así porque la literatura peruana es muy solemne y el Crack es sobre todo, para mí, un movimiento muy divertido.

P. ¿No será que, aparte de una cultura común en ciertos rasgos, existe un estilo internacional, más cosmopolita, global? ¿Una generación que ha vivido más la democracia que las dictaduras?

R. Sí, va por ese lado. Yo he coincidido con muchos de estos escritores en cinco o seis encuentros en España, México, Perú, Colombia, Costa Rica, y ha habido una especie de concierto o acuerdo para tratar de unir esos esfuerzos particulares. Y creo que está dando frutos. Cada vez estoy más convencido de que hemos formado una promoción de escritores latinoamericanos. Los escritores del boom, que eran menos numerosos, tenían también muchas cosas en común, incluso una agente literaria. Nosotros vivimos en sitios lejanos, pero hay una comunicación estrecha y una serie de experiencias vitales que compartimos. Uno de esos temas comunes a todos es nuestro encanto por Roberto Bolaño, un escritor que terminó convenciéndonos de que era nuestro hermano mayor, después de un encuentro en Sevilla. Bolaño, en esa ocasión también dijo que él a su vez admiraba mucho a... (y todos lo pensábamos en ese instante) Manuel Puig, una especie de Juan Ramón Jiménez de nuestra época. Las novelas de Puig, que durante un tiempo fueron menospreciadas, tienen la base de lo que se ha desarrollado después: la política, lo popular. Cada uno de nosotros ha tomado algo de Puig y lo ha desarrollado. Casi todos compartíamos esa preferencia. Esas cosas hacen que tenga mucha fe en la literatura latinoamericana. Creo que ha empezado a tomar un enorme vuelo. Tal vez no hayan aparecido las obras maestras todavía, pero los autores están llegando a su madurez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de noviembre de 2003