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CLÁSICOS DEL SIGLO XX (2)

El sabor de los húsares

Las grandes obras, como las grandes jaquecas, se anuncian con un aura. El aura es lo mejor de la jaqueca. En su transcurso, la realidad sufre las fluctuaciones de una mancha de humedad sobre la pared. Las mejores pinturas de la historia del arte son producto del aura que precede a la jaqueca. Por eso no conviene hacer caso a la recomendación de los médicos de tomarse una pastilla a los primeros síntomas. Esos primeros síntomas son los que nos proporcionan una percepción diferente de las cosas. Van Gogh no habría sido nada sin sus jaquecas y a Einstein se le apareció la Teoría de la Relatividad en el transcurso de un aura.

Todo lo que en mí precedió al conocimiento de la obra de Ramón Gómez de la Serna tuvo también las características de un aura: ligeros cambios en la percepción del entorno, desplazamientos en el significado de los objetos cotidianos, pequeñas distorsiones de lo real. Un día, de pequeño, mis padres me dejaron en casa de un tío soltero al que en la familia calificaban de raro. Mi tío no me hizo el menor caso, pero logró que yo estuviera toda la tarde pendiente de él y de un grupo de amigos suyos, todos solteros o asimétricos, con los que jugaba a las cartas en el cuarto de estar de la vivienda. Entre jugada y jugada, uno de ellos dijo:

-No hay que tirarse desde demasiado alto para no arrepentirse por el camino.

A lo que otro respondió:

-Los húsares van vestidos de radiografía.

Se me quedó grabado el término húsar. Al pronunciarlo sentí un sabor en la punta de la lengua. Se trata de una forma de sinestesia o de desplazamiento que me ocurre con algunas palabras. Plátano, por ejemplo, me sabe a pez (hay una greguería según la cual el plátano es el único pez sin espina). Húsar me supo a esqueleto, seguramente por aparecer asociada a la radiografía. Si tuviera que decir a qué sabe el esqueleto, diría lo que san Agustín del tiempo: "Si me preguntan a qué sabe, no lo sé; si no me lo preguntan, lo sé".

A llegar a casa, abrí la enciclopedia, busqué "húsar" y comprobé en la ilustración del artículo que los húsares iban efectivamente disfrazados de radiografía. En visitas posteriores a la casa de mi tío comprendí que él y sus amigos competían por ver quién se sabía más frases de este tipo. Uno decía:

-La linterna del acomodador nos deja una mancha de luz en el traje.

A lo que respondía otro:

-Hay unos fósforos que se encienden un poco después de haberlos rascado como si hubiesen perdido la memoria de su deber.

Yo me quedaba sobrecogido por aquellas analogías fantásticas, que, como el aura de la jaqueca, anunciaban un gran cataclismo. Y es que las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna fueron el aura que anunció el cataclismo que supuso para mí el conocimiento del resto de su obra. Todavía hoy, cuando digo Gómez de la Serna, mis glándulas sublinguales segregan saliva con sabor a esqueleto o a linterna o a suicidio. Una tarde descubrí en casa de mi tío un libro donde estaban reunidas todas aquellas frases. El libro se caía a pedazos. Estaba al lado de una revista pornográfica, pero preferí la literatura a la pornografía. Pocos autores podrían conseguir eso de un preadolescente. Me senté en el suelo debajo de la ventana y me puse a devorar greguerías con la voracidad de un niño glotón que acabara de descubrir una caja de bombones. Cada greguería tenía un sabor distinto. Algunas, al morderlas, te llenaban la boca de líquido. Otras tenían un tacto terroso, pero un sabor adictivo. Las había duras y blandas, hexagonales y cuadradas, redondas y planas. "La electricidad forma parte del sistema nervioso de Dios". "Lo más terrible que tenemos es el bulbo raquídeo". "¿Y si las hormigas fuesen ya los marcianos establecidos en la Tierra?". "Aburrirse es besar a la muerte". "Los ojos del caballo de juguete revelan su espanto de ser de cartón"...

En esto, pasó mi tío y al levantar la vista del libro observé en él una mirada especial, como si hubiera descubierto el "daño" irreparable que me había hecho aquel descubrimiento...

Ya de mayor, comentando con un amigo lo importante que habían sido para mi formación las Greguerías de Gómez de la Serna, me miró con expresión de suficiencia, como si hubiera enaltecido una obra menor.

-Nunca he sido capaz de leer más de dos páginas seguidas de ese libro -dijo.

Le respondí con una greguería, esta vez de Lichtenberg, que dice así: "Cuando un libro choca con una cabeza y suena a hueco, ¿se debe sólo al libro?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de octubre de 2003