Los purpurados españoles

Aunque cardenal, del latín cardo, significa bisagra, la función del colegio de cardenales es puramente romana y fue instituida siglos después de que el cristianismo se convirtiera en una de las grandes religiones del planeta. Como entonces, el poder real en las iglesias locales lo tienen los obispos. Pero los cardenales disfrutan de una función principal: elegir de entre ellos al sucesor del papa muerto, aunque ni siquiera en eso las reglas están fijadas: Papa puede ser cualquier bautizado, a condición de que antes de sentarse en la silla pontifical acepte ser ordenado sacerdote y obispo.

El cardenal es, sobre todo, un príncipe de la Iglesia, un purpurado que entra en los despachos de Roma, incluido el del Papa, como cada obispo en su casa. De ahí su preeminencia en las iglesias locales, y que las diócesis con historia aspiren a que su prelado sea distinguido con el capelo cardenalicio. Ha sido el caso de la Iglesia de Sevilla, una de las diócesis más antiguas de la cristiandad, disgustada durante decenios por no contar con esa prerrogativa para su arzobispo. Y, también, la ansiedad que a partir de ahora vivirá la sede primada de Toledo, por haber perdido el suyo. Pero Toledo tiene vivos dos cardenales eméritos (Marcelo González Martín, de 85 años, y Francisco Álvarez Martínez, de 78), de manera que su actual arzobispo, Antonio Cañizares, de 58 años, deberá esperar para recibir esa distinción.

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Si ahora hubiera cónclave, la poderosa Iglesia española participaría con apenas seis votos, frente a 40 de los italianos, por ejemplo, y eso contando con los tres que aportan los cardenales curiales [residentes en Roma, sin conexión con diócecis españolas]. Son, además de los recién nombrados Carlos Amigo y Julián Herranz, el cardenal Antonio María Rouco (arzobispo de Madrid, 67 años), Ricard Maria Carles (Barcelona, 77 años), Eduardo Martínez Somalo (Roma, 76 años), y Francisco Álvarez Martínez (emérito de Toledo, 78 años). Los también cardenales Ángel Suquía, Marcelo González Martín y Antonio María Javierre superan los 80 años y no tienen ya derecho a votar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 29 de septiembre de 2003.

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