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Reportaje:

¿Hacia dónde nos guía el emperador?

En el tercer año de su mandato, y dos después de los atentados del 11-S, el presidente George Bush se ve inmerso en un escenario internacional confuso por la improvisación en la posguerra de Irak. Los reveses en la seguridad en ese país y los altos costes de la misión fuerzan ahora a que la Administración de Bush trate de multilateralizar el esfuerzo de pacificación. Las críticas a Estados Unidos arrecian y se oyen voces para que Bush cambie el equipo responsable de política exterior

Le agradezco a la comunidad internacional sus desbordantes muestras de apoyo. Estados Unidos jamás olvidará los acordes de nuestro himno nacional sonando en el palacio de Buckingham, en las calles de París y en la Puerta de Brandeburgo, en Berlín". Son palabras del presidente George W. Bush de hace casi dos años, exactamente el 20 de septiembre de 2001, pronunciadas en el Congreso al calor de la solidaridad mundial tras los atentados de Nueva York y Washington. No estaba claro entonces que hubiera una política exterior de Estados Unidos, pero sí había un plan y una considerable cobertura de simpatía internacional para llevarlo adelante. Ahora, dos años después, el escenario es más confuso: la improvisación en la posguerra de Irak, la inseguridad para las tropas y la multiplicación de los costes dan una sensación cada vez mayor de que los problemas no se deben tanto a errores de planeamiento como a ausencia de planeamiento. Washington emite señales contradictorias hacia el exterior: se pide apoyo y se negocia una nueva resolución en la ONU, pero el equipo de Seguridad y Defensa de Bush repite a diario que no se ha cometido ningún error; y, lejos de las emocionadas palabras de Bush sobre las calles de París y Berlín, el portavoz del Departamento de Estado, Richard Boucher, se burla de la iniciativa de lo que denomina "los países chocolateros" -Alemania, Francia, Bélgica y Luxemburgo- de poner en pie un mando militar europeo independiente de la OTAN.

Las cosas pueden cambiar -con el apresamiento de Sadam o el encuentro de armas-, pero por ahora el equipo de política exterior de EE UU está a la defensiva

James P. Rubin, portavoz del Departamento de Estado con Clinton: "Ejercer el poder sin diplomacia ha dejado hecha trizas la reputación de Estados Unidos"

Dos años después del 11-S, la política exterior de Estados Unidos cierra su segundo ciclo. El primero había ido de septiembre de 2001 a septiembre de 2002, y su fase inicial había estado dominada por la emoción y la solidaridad: tras los atentados, la OTAN había invocado el artículo V -un ataque contra un aliado es un ataque contra todos- por primera vez en su historia; la inmensa mayoría de la comunidad internacional simpatizó con las víctimas del ataque y alabó la inicial contención del Gobierno estadounidense, que no desencadenó la guerra contra las bases de Al Qaeda en Afganistán y contra el régimen talibán que las albergaba hasta el 7 de octubre, con una amplia coalición internacional de respaldo.

Esta fase duró poco: el discurso sobre el estado de la Unión de enero de 2002, el primero de Bush, lanzó la definición del eje del mal. La expresión, condenada por políticos y expertos como contraproducente en el mejor de los casos, ha sido calificada de "profética" por David Frum, parcialmente el padre de la criatura -aunque su propuesta original era "eje del odio"-; según Frum, la frase se introdujo "porque reflejaba" el carácter íntimo del presidente.

EE UU sin rivales

Habría que esperar ocho meses, en todo caso, para llegar a la doctrina de seguridad nacional de la Administración republicana, la estrategia anunciada en septiembre de 2002, que parte de dos factores -el poder de EE UU no tiene precedentes ni rivales en el mundo, y los peligros a los que se enfrenta son distintos y más peligrosos que los que había hasta ahora- para consagrar el ataque preventivo como herramienta adecuada para eliminar esos peligros. "Cuestión de sentido común", en palabras de Condoleezza Rice, una de los responsables de la nueva doctrina.

La fase de unilateralismo declarado tiene como pieza central la guerra de Irak, y en cierto sentido es una etapa que acaba de concluir, según Moisés Naím, director de la revista Foreign Policy: "Es un arco que empieza con la decisión de invadir Irak, que tiene su punto más alto en la cubierta del portaaviones Lincoln, el pasado 1 de mayo, con Bush disfrazado de piloto de combate, y que termina con las bombas que matan al representante de la ONU Sergio Vieira de Mello y al líder chií de Irak Al Hakim". Los reveses militares y de seguridad y los tremendos costes de la misión fuerzan ahora a la Administración de Bush a multilateralizarse, en opinión de Naím, que cree que estamos en un momento de transición en el que arrecian las críticas y los mensajes de la necesidad de recambio para el equipo responsable de la política exterior.

El Gobierno de Estados Unidos no renuncia a sus líneas básicas, pero admite en la práctica los errores en Irak -y trata de corregirlos con una nueva resolución en la ONU- al tiempo que constata que los otros grandes desafíos -Afganistán, Bin Laden, la guerra contra el terrorismo y Oriente Próximo- ofrecen más motivos de preocupación que otra cosa. Como escribe Michael Ignatieff en The New York Times Magazine, "EE UU está combatiendo en dos países sin tener una política clara de intervención, sin un final claro a la vista y sin que los estadounidenses entiendan muy bien en qué se ha metido su nación".

Aunque los sondeos no ofrecen aún motivos de inquietud, las contradicciones y la improvisación ayudan a explicar la sensación de nerviosismo y de pérdida de control que en los últimos días ha dado el equipo de seguridad y defensa. ¿Sigue valiendo este equipo que no da explicaciones satisfactorias de lo ocurrido? Para un número creciente de expertos, la respuesta es negativa.

Esta misma semana, una personalidad tan respetada -y tan moderada- como Stephen Walt, decano de la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard, pedía una estrategia de salida para Irak en las páginas del Financial Times y reclamaba a Bush unos cuantos despidos: "El presidente, en síntesis, fue a la guerra sobre la base de muy malos consejos. Debería, por tanto, librarse de la gente que se los dio y nombrar a otro equipo que tenga una nueva perspectiva. El presidente no vaciló a la hora de cambiar su equipo económico cuando no estuvo a la altura de las circunstancias, y no debería reclamar menos de su equipo de política exterior. Cuando algo tan importante se hace mal, deberían rodar cabezas".

"Lo que se le pide a Bush, cada vez más", coincide Naím, "es que despida al equipo que le mintió. Lo que hace falta es una política exterior que reconozca que, aunque siempre ha habido antiamericanismo, los errores cometidos lo han exacerbado, y que no es tiempo de imperios primitivos o coloniales o meramente militares. Estados Unidos tiene una amplia gama de recursos cuyo uso inteligente le puede ayudar a mantener sus intereses nacionales".

En definitiva, según el director de Foreign Policy, Estados Unidos debe abrir una nueva etapa de su política exterior protagonizada por "la vuelta a unas estructuras multilaterales que tan bien han servido a sus intereses. Si para ello hay que cambiar a parte del equipo de política exterior, debería hacerse".

Momento delicado

En la perspectiva electoral y con lo que hay en juego, no es fácil que Bush siga el consejo, porque sería una tremenda admisión de errores en un momento delicado. Pero hay una veda que se ha abierto y que, además de las opiniones de los expertos -y del silencio de los teóricos del conservadurismo radical cuando se les piden reflexiones y opiniones-, se ve reflejada en los políticos, sobre todo demócratas, pero también señalados republicanos, y en la prensa, hasta ahora extraordinariamente prudente. The New York Times del pasado martes editorializaba así: "La política exterior de esta Administración refleja la tendencia a buscar rápidas gratificaciones sin reflexionar mucho sobre el largo plazo. La invasión de Irak parece haberse planeado por gente que asumió que después de un rápido asalto militar, Sadam Husein se iría e Irak se convertiría enseguida en un próspero y semidemocrático Estado que serviría de modelo para el resto de Oriente Próximo".

La ausencia de éxitos indiscutibles -la captura de Bin Laden o Sadam, las armas, la mejora evidente de la situación en Irak- ha abierto el debate que la guerra tenía paralizado. Uno de los arquitectos ideológicos del neoconservadurismo, Paul Wolfowitz, número dos del Pentágono, tuvo que aguantar el pasado martes a un irritado Comité del Senado en el que se pedían cuentas por los errores de cálculo y las astronómicas sumas del despliegue y la ocupación.

El demócrata Carl Levin se lo espetó así: "Señor Wolfowitz, usted dijo al Congreso en marzo que estábamos hablando de un país que podía financiar su reconstrucción relativamente pronto. ¡Caray con las previsiones optimistas!".

Es verdad que las cosas pueden cambiar en horas -con el apresamiento de Sadam Husein, con algún encuentro significativo de armas en Irak- pero, por el momento, el equipo de política exterior de la Casa Blanca está a la defensiva. Nada de eso se reconoce oficialmente: la asesora nacional de Seguridad, Condoleezza Rice, dijo a los periodistas en Washington esta semana: "Lo que subestimamos es lo horrible que fue Sadam para su país, pero ni él está ya en el poder ni sus hijos están aterrorizando a los iraquíes, porque aquello no es ya una dictadura". En definitiva, "lo hicimos porque creímos que era lo mejor para el mundo, y creo que sigue siendo una decisión correcta".

Rumsfeld no se arruga

El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, que acaba de ceder terreno político a favor del secretario de Estado, Colin Powell, tampoco se arruga. A su vuelta de Irak, el pasado lunes, dijo que estaba acostumbrado a las críticas: "Te llevas unos cuantos palos durante una temporada, pero al final, si las críticas están justificadas, aprendes, revisas lo que haces; y si son críticas equivocadas, los periodistas dejan de repetirlas porque acaban descubriendo que no tienen consistencia".

Cierto o no, lo interesante por lo que respecta a la política exterior de EE UU es la coincidencia de una clara ausencia de renovación o enriquecimiento de doctrina por parte de la Administración y una creciente producción de textos críticos y de alternativas por parte de expertos y de políticos. Samuel Berger, que ocupó el puesto de asesor de Seguridad Nacional con Clinton entre los años 1997 y 2000, analiza para el prestigioso think tank Brookings Institution lo que él considera que son decisiones acertadas del Gobierno -enfrentarse a Sadam, volver a ocuparse de Oriente Próximo y asumir el liderazgo internacional- y sus errores: deterioro de la autoridad moral internacional de Estados Unidos, debilitamiento de las relaciones con aliados tradicionales en Europa y Asia, estímulo de la proliferación de armamento debido a la doctrina del ataque preventivo y grave desequilibrio entre los recursos militares y los diplomáticos. En última instancia, afirma Berger, "no tenemos por qué elegir entre nuestros intereses y nuestros ideales, entre la opción de actuar solos cuando debemos y la voluntad de trabajar con otros cuando podemos, entre la confianza en nuestras capacidades y la convicción de que las alianzas son valiosas".

En la estela de la repetida afirmación de Zbigniew Brzezinski, asesor de Seguridad Nacional del presidente Carter, de que "el Departamento de Defensa debe hacer la guerra, si es necesario, y defendernos, pero el Departamento de Estado debe hacer la política exterior", James P. Rubin, alto cargo y portavoz en el Departamento de Estado en la etapa final de Clinton, describe con análisis penetrante en la revista Foreign Affairs el descalabro de la diplomacia de Estados Unidos entre el otoño de 2002 y la primavera de 2003, y subraya que las decisiones estaban tomadas a partir de cálculos en los que no se sincronizó la fuerza con la diplomacia.

Falta de previsión

Además, según Rubin, "el peor error del Gobierno fue su falta de previsión y de planeamiento"; lo que más ha dañado la política exterior es "la llamada doctrina del ataque preventivo" y el rechazo de importantes acuerdos y tratados internacionales; otro error ha sido "la falta de coordinación entre Defensa y el Departamento de Estado" (y Rubin cita la frase de Aznar de "necesitamos mucho Powell y no mucho Rumsfeld") y "la ausencia de una estrategia coherente y global".

Rubin -y otros expertos que pintan con tonos más catastrofistas la actual situación- admite que las cosas pueden cambiar y que es posible que el futuro recuerde sobre todo la rápida victoria militar, pero aconseja la reparación de lazos con los aliados ahora distantes, la vuelta a la ONU -"cuando se trata de ocupar un país, no hay nada como el sello de aprobación de Naciones Unidas"- y aprender la lección de esta crisis: "Ejercer el poder sin diplomacia ha dejado hecha trizas la reputación de Estados Unidos. La próxima vez -si es que hay una próxima vez-, Estados Unidos debe calibrar cuidadosamente fuerza y diplomacia, y recordar que son dos herramientas complementarias que funcionan mucho mejor cuando se utilizan juntas".

"¿Y si fueran unos incompetentes?"

"FALTA MUCHO PARA LAS ELECCIONES; 14 meses es una eternidad y puede pasar de todo. Pero en EE UU se ha abierto ya, desde el pasado 1 de septiembre, el periodo electoral que concluirá en noviembre de 2004, y eso quiere decir que comienzan a establecerse escrutinios más intensos. Uno de ellos, sin duda, es el que se ejerce sobre la política exterior. Y lo que puede ser más peligroso para el actual equipo es que circule la idea -y yo creo que está circulando- de que hay un nivel general de incompetencia, que cale la impresión de que un grupo de ideólogos se metió en algo para lo que no estaban preparados. Y en esto hay que incluir a Rumsfeld y a Wolfowitz, pero también al vicepresidente Cheney y al secretario de Estado Powell, que ha dado legitimidad a este equipo". Moisés Naím, director de la revista Foreign Policy, editada en Washington, fue ministro de Comercio e Industria de Venezuela y director ejecutivo y asesor del presidente del Banco Mundial. En su opinión, lo que la situación actual está echando por tierra es la imagen que quiso crear la Administración de Bush: "La de un grupo de gente adulta, profesional y responsable, repleta de títulos universitarios, que sustituía a los desordenados muchachos del equipo de Clinton".

Uno de los aspectos más preocupantes para Naím es lo que él llama "el 11 de septiembre fiscal" en el que se mete EE UU al cumplir el segundo aniversario del 11 de septiembre real: "Bush ha pagado dos guerras con tres recortes de impuestos: justo al revés de lo que se suele hacer. Ahora, los gastos en Irak son más del doble de lo que se había calculado, justo cuando los números del déficit presupuestario son espantosos. Vamos a tener desequilibrio durante años y años, cuando hace nada había superávit. Y eso, además de las consecuencias que hay para las necesidades de la política nacional, puede tener otras consecuencias internacionales: ¿qué dinero habrá para el Plan Colombia? ¿Qué pasará si hay una situación nueva en Cuba? ¿Se verán afectadas operaciones de mantenimiento de la paz en países africanos, habrá que incumplir las promesas sobre el dinero para luchar contra el sida? Son obligaciones ya asumidas o que van a aparecer, obligaciones que exigirán compromisos de EE UU, y no habrá con qué".

Los estadounidenses, más multilateralistas que su Gobiern

¿QUÉ PIENSAN LOS ESTADOUNIDENSES de la política exterior de su Gobierno? Siete de cada diez, según un sondeo de la pasada semana, creen que Sadam Husein tuvo que ver con los atentados del 11-S, con lo que pueden asumir el razonamiento que dice que la guerra para echarle del poder fue justa y adecuada. Al mismo tiempo, y según la detallada investigación del Programa sobre Actitudes Internacionales de la Universidad de Maryland, el 54% cree que la relación de Washington con el resto de la comunidad internacional en los dos últimos años ha sido "demasiado agresiva" (aunque parezca increíble, un 14% dice que esa relación ha sido "de una cooperación excesiva"). El 66% dice que a partir de ahora las relaciones internacionales deberían ser de mayor cooperación, frente a un 27% que opina lo contrario. Cuando la ONU entra en juego, sólo la cuarta parte de los estadounidenses considera útil el organismo, según la mayoría de los sondeos.

Dos datos más de interés: ¿qué hay que hacer a partir de ahora para luchar contra el terrorismo, reforzar los métodos militares, o los diplomáticos y económicos? El 58% prefiere lo último, frente al 35%; y cuando se pregunta sobre la lección más importante del 11-S, la respuesta del 81% es que EE UU tiene que trabajar más estrechamente con otros países para combatir el terrorismo.

La política exterior no suele determinar el resultado de las elecciones en EE UU, pero los ciudadanos tampoco son impermeables. En las últimas semanas, coincidiendo con el atasco político, militar y económico en Irak, la popularidad de Bush ha descendido hasta el 52%, el peor dato desde que está en la Casa Blanca. El manejo de la escena internacional pasará factura dentro de 14 meses si continúan durante mucho tiempo o aumentan las muertes de soldados en Irak, o si la recuperación económica no despega y eso se asocia a los gastos de la ocupación y la reconstrucción. Hasta ahora, la crisis ha servido para animar a los candidatos demócratas -aunque la mayoría de ellos apoyaron la guerra- a criticar sin piedad a Bush por los errores de todo tipo. "Su liderazgo es un fracaso penoso", repite una y otra vez Dick Gephardt, aunque el que se lleva la palma es el único de los demócratas que se opuso desde el principio, Howard Dean.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de septiembre de 2003

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