Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
56º FESTIVAL DE CANNES

Clint Eastwood hace en 'Mystic River' una dura réplica a la América de Bush

Interpretación apasionada y corrosiva de Sean Penn y Tim Robbins en un 'thriller' modélico

Es Mystic River uno de los grandes trabajos de Clint Eastwood como director. Es un thriller que rompe los límites del género y que invade -con la persuasión de la sugerencia- territorios centrales de la vida en EE UU y de su cristalización en modelos de comportamiento propios de una sociedad en conflicto consigo misma. No es un filme político, sino un relato negro modélico, pero con tan poderosas calidades metafóricas que, sobre todo a través de las presencias corrosivas de Sean Penn y Tim Robbins, contiene una respuesta durísima al fantoche de esa "patria americana" que G. Bush maneja como banderín de enganche a su política ultraconservadora.

Representa Mystic River un complicado tejido de historias cruzadas a lo largo de un cuarto de siglo en una barriada de Boston. Arranca de un día de finales de los años setenta en que un niño de 10 años es secuestrado, ante los ojos desencajados de dos amigos suyos, por dos pederastas que lo violan en un bosque cercano. Ahora, 25 años después, los tres niños son adultos situados en tres vértices de un esquemático triángulo de prototipos de ciudadanos encerrados en el barrio periférico bostoniano donde transcurren sus vidas.

Uno, Kevin Bacon, es un recto y atildado funcionario, un policía de homicidios herido por un mal matrimonio; el segundo, Sean Penn, se ha convertido en el cacique local de una organización mafiosa y en padre satisfecho de tres chicas adolescentes; y el tercero, el que fue secuestrado y violado, Tim Robbins, es un asalariado común, no cualificado, y un hombre perturbado e inseguro que sobrevive con una esposa y un hijo que le aman, mientras su cerebro, con la memoria estancada en el crimen de que fue víctima, va hacia atrás, a la deriva.

Un día, la intromisión del crimen en sus vidas vuelve a cortar el aliento de los tres hombres y rompe el precario equilibrio de ese triángulo social del que son vértices. La hija mayor del capo mafioso Sean Penn es brutalmente asesinada; el detective Kevin Bacon recibe el encargo de la investigación del crimen y su busca le abre ante los ojos un cúmulo de indicios de que el asesino es el tercer amigo, Tim Robbins. Y el dispositivo argumental se dispara con este cambio de roles hacia la metáfora.

Es la metáfora que teje la tela de araña de una siniestra componenda de hipocresía y de cinismo desatados, bajo el que asoma, como la parte visible de un enorme iceberg, una visión de la vida ahora mismo en Estados Unidos que, a través de continuos giros en la apasionante intriga, de sutiles llamadas al espectador para que entre en el juego de la excepción y la norma y de signos de un diagnóstico psicológico y social que convierte la trama del filme -desplegada de manera insuperable por el gran guionista Brian Helgeland, al que en España conocemos por L. A. Confidential, y elevada con formidable maestría a la pantalla por Clint Eastwood- en un jarro de vitriolo contra el rostro de ese fantasma de América soñado por la pesadilla de George Bush.

No es, no puede serlo, ajena a la causticidad y al pesimismo y la negrura de esta réplica a la pesadilla política que se cierne sobre los Estados Unidos, la presencia en la pantalla de dos rostros con fuerza de iconos -Sean Penn y Tim Robbins- en la respuesta abierta y frontal de una heroica minoría de las gentes del cine estadounidense a los caminos que está abriendo el apoyo de sus paisanos a la aventura militar, que no ha hecho más que comenzar, de los dueños del poder de Washington en el planeta. Ambos hacen en Mystic River una interpretación apasionada y eminente, y se tiene la tentación de añadir a la de Tim Robbins el inefable destello de lo que está fuera de norma, de lo excepcional, incluso de lo genial.

Y ahora, mientras engordan las listas negras de una nueva caza de brujas -anteayer, sin ir más lejos, los portavoces del poder en Hollywood, Variety y Hollywood Reporter, proclamaron sin rubor el disparate de que la película del danés Trier Dogville es "un ataque a toda la nación americana", lo que no hace falta ser un lince para interpretar como una temible y desalmada advertencia a la díscola Nicole Kidman de que debe atenerse a las consecuencias- admira que el coraje de Robbins y Penn y la fuerza de convicción que transmiten, ponga de manifiesto que ambos están respondiendo con elocuencia y dando la cara con las armas de su talento a esas "consecuencias".

Más a ras de suelo, tras Mystic River, el concurso siguió con el ambicioso y frustrante poema visual Padre e hijo, del ruso Alexandr Sokurov. El austero discípulo del gran Andréi Tarkovski sigue erre que erre en busca de la química de lo exquisito. Y casi lo alcanza, pero sólo en instantes fugaces, que se desvanecen en el hermetismo del conjunto. Y más atrás queda una muy pobre adaptación de La gaviota, de Anton Chéjov, con el título de La pequeña Lilí, por el francés Claude Miller. Desde fuera no se ve sentido a esta profanación de un drama sagrado, pero por la tibia respuesta que obtuvo aquí parece que también los franceses cerraron los ojos viéndola.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de mayo de 2003