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LA VISITA DEL PAPA

Juan Pablo II reclama paz para España

El Rey agradece al Pontífice en el discurso de bienvenida sus condenas del terrorismo

Juan Pablo II pidió ayer para España paz y "unidad dentro de la maravillosa y variada diversidad de sus pueblos y ciudades", en el discurso de respuesta a la bienvenida de don Juan Carlos en el aeropuerto madrileño de Barajas. El Papa fue acogido con un gran calor popular desde el aeropuerto hasta la Nunciatura y en el recorrido de varios kilómetros, que realizó por carretera. El Rey había agradecido al Pontífice su permanente condena del terrorismo y había saludado en su persona al "infatigable luchador de las causas más nobles". Por la tarde, Juan Pablo II celebró un encuentro en Cuatro Vientos con decenas de miles de jóvenes entusiastas y emocionados, 600.000 personas según los organizadores.

El Papa expresó sus deseos de paz y unidad "en la diversidad" para España nada más iniciar en el aeropuerto de Barajas, a mediodía de ayer, su quinta visita pastoral. El viaje se produce, a juzgar por las palabras del Pontífice, bajo el signo del deshielo entre el Vaticano y el Gobierno, en manos de Partido Popular, tras las tensiones provocadas por la guerra de Irak.

El Papa leyó en castellano, y con excelente dicción, el discurso de respuesta a las palabras de bienvenida del Rey, que le había agradecido "sus reiteradas condenas del terrorismo". Juan Pablo II volvió a mencionar su preocupación por la paz por la tarde, ante decenas de miles de jóvenes en Cuatro Vientos.Invitó a quienes le escuchaban a alejarse "de toda forma de nacionalismo exasperado, racismo e intolerancia".

Wojtyla volvió a encontrar en Madrid el entusiasmo y el calor de la "católica España", algo que escasea cada vez más en Europa. Desde el aeropuerto hasta la Nunciatura, nutridas filas de personas le vitorearon sin parar, pese a ser un sábado de puente. Los primeros vivas los escuchó nada más aterrizar. El Papa utilizó de nuevo un elevador para descender del avión y ganó la tribuna subido en una peana móvil.

Aún así, el Pontífice apareció en buena forma, pese a que los organizadores olvidaron un pequeño detalle, el fuerte sol mesetario un mediodía de mayo. Los sillones del Papa y de los Reyes, que le escoltaron constantemente desde que pisó tierra española, estaban colocados a cielo abierto y así transcurrió todo el acto, afortunadamente breve.

A la derecha de la Reina, vestida con un abrigo claro con destellos verdosos, que no paró de abanicarse, tomaron posiciones el presidente del Gobierno, José María Aznar; los presidentes del Congreso, Luis Fernanda Rudi, y del Senado, Juan José Lucas; los ministros de Justicia y de Defensa, José María Michavila y Federico Trillo, que saludaron al Papa rodilla en tierra, autoridades locales y otras personalidades civiles y militares, además de la jerarquía eclesiástica, encabezada por el cardenal de Madrid, Antonio María Rouco.

Unos cuantos cientos de personas, que agitaban banderas españolas y de la Santa Sede, vitorearon al Pontífice con gritos de "¡Juan Pablo II, te quiere todo el mundo!". El Papa, en la única improvisación de la mañana, les respondió divertido: "Puede ser. Al menos en España". Recordando su primer viaje al país, en noviembre de 1982, cuando exhortó a Europa a recuperar sus raíces cristianas, el Pontífice se declaró seguro de que "España aportará el rico legado cultural e histórico de sus raíces católicas" para lograr la integración de una Europa que, respetando "la identidad de sus Estados miembros", busca una unidad basada en el bien de sus ciudadanos. El Vaticano cuenta con el Gobierno español para lograr que la nueva Constitución europea mencione esas raíces cristianas.

Pero el Papa, que volvió a abordar esta cuestión que le obsesiona en el discurso de la tarde, procuró no alejarse demasiado de los problemas españoles. En la base de Cuatro Vientos condenó el nacionalismo exasperado. Aunque no es una novedad absoluta en el lenguaje de Wojtyla, sus palabras sonaron como un rechazo a las pretensiones de una parte del clero vasco, que le ha enviado una carta reclamando el derecho de autodeterminación e interpretando el terrorismo en clave de opresión de los ideales nacionales.

Por si la crítica no era lo bastante explícita, el Pontífice pidió a los jóvenes: "Testimoniad con vuestra vida que las ideas no se imponen, sino que se proponen", y les instó a ser "operadores de la paz".

Wojtyla había planteado ya en el discurso de la mañana ante los Reyes y la jerarquía eclesiástica su esperanza de que España prosiga "la construcción de una sociedad basada en la serena convivencia". Palabras que hacían eco a las afirmaciones de don Juan Carlos, que presentó a España como un país "moderno y dinámico", "orgulloso de su diversidad y pluralidad, que ha crecido gracias al clima de tolerancia y convivencia forjado entre todos y basado en el diálogo y el respeto mutuo".

El rey había saludado al Papa como "un infatigable luchador de las causas más nobles" y "un sembrador ejemplar del mensaje universal de la concordia y la paz".

Funciona el viaje de "ensayo"

Si el quinto viaje a España ha sido organizado, desde la perspectiva vaticana, como ensayo para evaluar la resistencia física del Papa, con vistas a viajes más duros como el que hará en junio a Croacia, la prueba ha sido un éxito. Al menos ayer, el Pontífice aguantó. Los actos que presidió estuvieron suficientemente espaciados como para permitirle recuperar fuerzas. Y, sobre todo, la acogida popular, extraordinariamente calurosa, terminó de subirle la moral.

El papamóvil recorrió calles llenas de gente que agitaba banderas y en la Nunciatura, donde el Papa se aloja, se reunió una más que respetable multitud. Joteros manchegos y castellers incluidos. Parte del éxito del viaje se debe a los "comités de ambientación", una idea por lo que parece, de la Conferencia Episcopal Española, que ha sido desarrollada después por centenares de voluntarios.

"Hemos trabajado incansables durante tres meses para preparar la bienvenida", explicaba ante la Nunciatura una de las ambientadora, con pañuelo amarillo al cuello. Con no poca razón, Juan Pablo II reconoció a su llegada los méritos de un pueblo "que a lo largo de la historia ha dado tantas muestras de amor a Dios y al prójimo, de fidelidad a la Iglesia y al Papa". Sobre todo al Papa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de mayo de 2003

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