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Crónica:GUERRA EN IRAK | La situación en Bagdad

Los tanques llegan al corazón de Bagdad

Un misil provoca la muerte de 14 civiles, nueve de ellos miembros de una misma familia, en el centro de la ciudad

Bagdad amaneció ayer bajo un intenso fuego de artillería. Con el alba, las tropas estadounidenses se abrieron paso desde el oeste hasta el centro de la capital iraquí, aunque no llegaron a cruzar el río Tigris, que divide la ciudad. Desde la orilla oriental, se podía observar parte del despliegue militar. Dos transportes blindados Bradley atravesaron el recinto del Palacio de la República y tomaron posiciones al borde del río. Bagdad era una ciudad dividida. Al este, en Rusafa, apariencia de normalidad en una población expectante. Al oeste, en Karg, la ocupación, los bombardeos, los muertos. Un misil segó la vida de 14 personas, miembros de dos familias, en una nueva matanza de civiles. Al menos dos eran niños.

A la una de la tarde, hora española, un misil causó en el centro de la ciudad 14 víctimas civiles, según un balance ofrecido por France Presse, que citó testigos presenciales. Nueve de los fallecidos pertenecían a la misma familia, y al menos dos eran niños. Los otros cinco muertos pertenecían a otra familia. El impacto produjo un cráter de 15 metros de ancho y destruyó cuatro viviendas del barrio residencial de Al Mansur. La coalición lanzó ayer en total más de 500 bombas y misiles sobre Irak. En Bagdad, los bombardeos continuaron durante todo el día y la noche.

En barrios como Adhamiya, la población aún salía a abastecerse de productos perecederos sin prestar atención al misil Al Samud apenas camuflado en un invernadero próximo. Incluso circulaban algunos autobuses urbanos, similares a los de Londres, rojos y de dos pisos. Pero ninguno cruzaba el Tigris. La mayoría de los 13 puentes que unen las dos orillas estaban cerrados al tráfico y, en los que se podía cruzar, el viaje acababa pronto. Los milicianos rechazaban a los periodistas a quienes 24 horas antes saludaban haciendo con los dedos el signo de la victoria.

"Los estadounidenses no controlan nada, no se controlan ni ellos mismos; los vamos a machacar", anunció contra toda evidencia el ministro de Información iraquí, Mohamed Said al Sahaf. Mientras desde las terrazas de sus habitaciones, los informadores presenciaban cómo una treintena de guardias republicanos salían corriendo y sin armas de algún túnel procedente de la sede de ese cuerpo de élite y se lanzaban al río. Algunos ni siquiera habían tenido tiempo de ponerse su uniforme negro. Huían apenas vestidos con calzoncillos y camiseta.

Casi al mismo tiempo, hacia las 8.30 de la mañana (dos horas menos en la España peninsular), dos blindados Bradley, los llamados taxis de la guerra, entraban en la explanada que hay entre ese edificio de la Guardia Republicana y el Tigris, dentro del recinto del Palacio de la República. Varios marines estadounidenses descendieron de los transportes y tomaron posiciones apuntando hacia un jardín de palmeras. Enseguida, cuatro o cinco guardias se rendían con los brazos en alto. Una vez cacheados, los marines los conducían a punta de fusil hacia los blindados. Una densa niebla empezaba a descender sobre el río y, como en un sueño, el final de la operación quedó emborronado.

Para reforzar sus palabras, el ministro de Información invitó a los periodistas a desplazarse a Karg, la parte occidental de la ciudad. Amontonados en el autobús oficial, los reporteros cruzaron el puente del Sink, enfilaron la calle Veintiocho de Abril, se echaron al suelo bajo el impacto de un proyectil que cayó cerca y llegaron hasta la estación de tren que en tiempos recibió al Orient Express. Ayer sólo había milicianos. La breve excursión, apenas de 15 minutos de duración, permitió que el régimen iraquí mostrara su dominio sobre los ministerios de Información y Exteriores, por cuyas proximidades se habían paseado poco antes las tropas estadounidenses.

La sensación de control era precaria. Una hora y media después, esta enviada trataba de repetir la ruta por su cuenta y se encontraba con que los milicianos apostados en la esquina de la Veintiocho de Abril con Alawi, el barrio de la estación, sólo permitían el paso a los iraquíes. Hacia la izquierda, en dirección a la zona donde se hallan el Palacio de la República y el hotel Al Rashid, ni siquiera podía intentarse.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de abril de 2003