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Tribuna:
Tribuna
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Al segundo día, Atlas se fue por las ramas

Paul Krugman

Estimado Alan Greenspan:

Tras leer su reciente testimonio, me gustaría compartir con usted un poco de filosofía objetivista. Como discípulo de Ayn Rand, sabrá usted apreciarla. Es del gran discurso de John Galt en Atlas se encogió de hombros: "A es A: sin contradicción".

John Galt no estaría muy contento con usted ahora mismo. El martes consiguió recuperar algo de su reputación y apartar al país del desastre fiscal, pero al día siguiente pareció usted irse por las ramas. En sus comentarios iniciales reconoció más o menos lo desalentador que es el panorama fiscal. Como su análisis sobre la contabilidad acumulativa dejó claro, sabe usted que si el presupuesto federal tuviese en cuenta -como debería- las responsabilidades futuras de la Seguridad Social y el Medicare (programa de asistencia sanitaria a mayores de 65 años), no mostraría los modestos déficit de los que habla la Casa Blanca; mostraría a un gobierno profundamente hundido en los números rojos.

El Gobierno proyecta grandes mejoras presupuestarias a dos años vista; pero cada seis meses rebaja su previsión en unos 140.000 millones

Pero esto es lo que dijo usted el miércoles: "No tenemos realmente un problema fiscal de importancia hasta sobrepasado el final de esta década... El déficit incluso bajo el actual programa del presidente más allá de los próximos dos años (se dará) en áreas en las que la tasa de endeudamiento sobre al PIB no aumentará de forma alguna que insinúe que nos encontramos en un sistema inestable". Hay una interpretación estricta en la que dicha declaración es cierta. Pero en general se entendió como un gesto de consolación para los partidarios de Bush, como seguramente usted sabía que se entendería. Y ni usted ni el país se pueden permitir ese tipo de consolación.

¿Verdad que no va a permitir que las proyecciones presupuestarias optimistas lo pongan en un apuro y lo lleven de nuevo a respaldar unos recortes fiscales irresponsables? A estas alturas, ya sabe que este gobierno siempre proyecta grandes mejoras presupuestarias a dos años vista; pero cada seis meses rebaja su proyección aproximadamente en otros 140.000 millones más o menos, culpando a los acontecimientos externos. Los analistas independientes, que tienen en cuenta elementos que el gobierno finge que no existen -la guerra, el impuesto mínimo alternativo, etcétera-, creen que nos encaminamos a unos déficit del 3% o del 4% sobre el PIB, quizá más, en la próxima década. Después empeorará mucho más.

Dado que se muestra usted partidario de la contabilidad acumulativa, obviamente se dará cuenta de que la proporción entre la deuda y el PIB es una cifra enormemente engañosa. Con una medición adecuada, se ve que el sistema fiscal estadounidense es ya "inestable", y las nuevas propuestas de Bush lo llevarían más allá de lo que usted denominó punto de no retorno.

A los presidentes de la Reserva Federal no se les permite conjeturar sobre supuestos desastrosos, así que permítame hacerlo por usted. Si el gobierno se sale con la suya, en el plazo de una década -o quizá antes- Estados Unidos tendrá unos fundamentos presupuestarios similares a los que tenía Brasil hace un año. La relación de la deuda y de los déficit con el PIB no será tan alta desde el punto de vista histórico, pero el mercado de bonos mirará al futuro y comprobará que las cosas no cuadran: a los ricos se les han prometido tipos impositivos bajos; a los miembros de la clase media pertenecientes a la generación de la explosión demográfica se les han prometido pensiones y atención sanitaria, y el gobierno no puede cumplir todas estas promesas y al mismo tiempo pagar intereses sobre su deuda. El temor a que el gobierno resuelva este problema inflando la deuda provocará un aumento de los tipos de interés, lo cual empeorará el déficit, y se producirá una espiral hasta que la situación quede fuera de control.

¿Por qué sigue usted dando respaldo político a esta gente? No cabe duda de que le están presionando enormemente para que forme parte de su equipo. Pero estos tipos son unos aprovechados: convencen a otros para que arriesguen en nombre de una mala política la credibilidad que tanto les ha costado ganarse, y luego se deshacen de ellos en cuanto dejan de serles útiles. Piense en John DiIulio, o en su amigo Paul O'Neill. Ahora le está pasando a Colin Powell.

Hace dos años actuó usted de instrumento de George W. Bush; comparte usted la responsabilidad de que nos hayamos hundido en el déficit. Pero ahora la situación es verdaderamente atroz. Si se anda ahora con evasivas, y opta por la salida fácil, su reputación -y las finanzas del país- superarán rápidamente el punto de no retorno.

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