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Editorial:

La justicia de Berlusconi

El primer ministro italiano acaba de arremeter vía televisión contra la justicia de su país por considerarse víctima de "una persecución increíble". Esta vez se ha debido a que el Tribunal Supremo ha considerado que no hay motivos para trasladar fuera de Milán, como Berlusconi pretendía, un proceso en el que Il Cavaliere está acusado de sobornar a los jueces con motivo de una adquisición industrial de los años ochenta. Según el jefe del Gobierno, los magistrados de la ciudad lombarda son izquierdistas y le tienen inquina.

En su arrebato, previamente grabado en su casa y para cuya difusión utilizó los telediarios de la tarde, Berlusconi ha afirmado que los magistrados están usurpando la democracia y los poderes de los políticos elegidos en las urnas. El primer ministro arremete contra el cambio constitucional que ha hecho desaparecer la autorización previa para proceder judicialmente contra un parlamentario.

El caso Berlusconi ejemplifica la perversidad intrínseca de su doble condición de jefe del Gobierno de un país democrático y su mayor magnate mediático, lo que le permite emplear a su favor todos los canales de televisión. La acumulación de problemas judiciales y el tiempo que dedica a protegerse de los tribunales constituyen un lastre político de primera magnitud, agudizado por la inoperancia de una oposición deslavazada. Pero su abuso de poder para salvaguardar sus intereses está produciendo un conflicto entre instituciones del Estado, que viene alimentado y alentado por sus inaceptables declaraciones.

Berlusconi se comporta como si estuviera por encima de la ley. Si es insólito que el líder de una democracia parlamentaria recurra a los informativos de la televisión pública para airear sus soflamas pregrabadas contra el Poder Judicial, más chocante todavía resulta que el dirigente derechista se erija en defensor de sistemas populistas en los que la justicia dependería de la opinión social mayoritaria, que por otra parte él mismo conforma, y no de procedimientos establecidos y procesos con garantías.

Berlusconi ha anunciado que no dimitirá aunque sea condenado. Sus electores ya le han absuelto, según su peculiar concepción política. Todo ello constituye una lamentable degradación del sistema democrático y un intento grosero para intentar sortear los controles establecidos por el Estado de derecho.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 31 de enero de 2003