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Entrevista:Manuel Vicent | Escritor

"El sexo sólo es un calambre si no se le dota de misterio"

Cuerpos sucesivos es la nueva novela de Manuel Vicent (Alfaguara), distribuida ya en las librerías y que se presenta el próximo miércoles, día 5, en Valencia. En ella, el autor de La novia de Matisse y Son de mar, entre otras, narra la historia de una pasión amorosa que surge entre un profesor de Literatura y una violonchelista, un deslumbramiento en el que el placer y el dolor van indisolublemente unidos. En esta entrevista, el escritor y periodista explica su concepto del amor, la capacidad de resurrección que dicho sentimiento conlleva cuando quien lo vive es un hombre maduro a punto de arrojar la toalla y sus preferencias entre los grandes narradores sentimentales.

"El protagonista, David Soria, profesor de Literatura, es un hombre maduro, de vuelta de todas las sensaciones, caídas y renuncias, glorias y miserias del amor con las mujeres, pero que no está dispuesto a rendir las armas. Prefiere quedar destruido a ser derrotado. Abdicar significa estar muerto", explica Vicent (Castellón, 1936). "En este caso, una mujer joven, bella y agónica, al borde de la propia aniquilación, le rompe todas las cadenas a este amante, incluso las cadenas de su cuerpo exhausto, con una experiencia nueva. En el amor siempre hay un más allá. Su fuerza misteriosa siempre te permitirá resucitar, aunque para resucitar hay que bajar primero al infierno".

Pregunta. Creo que Cuerpos sucesivos es, entre otras muchas cosas, el balance de una vida sentimental, un recuento de historias de amor en las que el denominador común es una cierta sensación de derrotas, de frustraciones por no haber sabido valorar la valía de las mujeres con las que las vivió.

"La memoria siempre embellece el pasado y, sin excluir las derrotas, nos hace héroes"

"Creo que el amor y el dolor comparten el final de una fiesta de los sentidos"

Respuesta. No sé si los tiempos están para escribir de amor, pero ésta es una novela de amor a primera sangre. Es también una historia de palabras, de fugas de la realidad a través de los sueños. Más allá de la estética, el amor siempre es un desafío, a veces muy carnal, en el que, aun perdiendo, siempre se gana, porque con esa derrota uno demuestra que sigue vivo. El protagonista de esta historia remonta la corriente de todas las pasiones de su vida. Recuerda los amores que se perdieron, unos por cobardía, otros por tedio o indiferencia, otros por agotamiento. Río abajo trata de transformar todas esas derrotas en una suave melancolía, que es a la vez una victoria o una forma de redimirse. No tengo nada claro qué he querido explicarme a mí mismo con eso. Adentrarse en el alma femenina es una tarea muy complicada. ¿Qué sabemos los hombres de ese bosque tan intrincado? Llega uno al tercer árbol y ya está perdido.

P. Tendemos a conservar en la memoria lo más intenso tanto del placer como del dolor y olvidamos los tiempos muertos, la rutina. ¿Es ésa la materia sobre la que trabaja el escritor, la recreación de una memoria mixtificada? ¿Qué opina sobre lo que se llamó le nouveau roman y, después, sobre "el realismo sucio", que no dejan de ser movimientos literarios que reivindican lo cotidiano, la monotonía...?

R. A cierta altura de la vida, la memoria se convierte en imaginación. En ese sustrato trabaja la literatura. El cerebro trata de escupir el dolor, las culpas acumuladas, la parte cutre, miserable, anodina de la existencia. La memoria siempre embellece el pasado y, sin excluir nuestras derrotas, siempre nos hace héroes. La mixtificación es la esencia del arte. Cuando en le nouveau roman se da protagonismo a los objetos usuales, a la descripción pormenorizada del tiempo posado en cada gesto anodino o cuando en "el realismo sucio" se eleva a categoría la basura de nuestros actos más puercos, en realidad se está exaltando el regüeldo de cerveza, el ir y venir de la navaja o el sudor del sexo en la camiseta pegada, no se está haciendo sino romanticismo. La literatura pudre la vida al mismo tiempo que la crea, ya se trate de hechos heroicos o de actos anodinos realizados por personajes sin atributos. En Cuerpos sucesivos hay un navajazo, uno solo, que es un bautismo glorioso. Por medio de él el amante despierta, tal vez resucita. Nada que no suceda todos los días.

P. La novela tiene un final abierto, pero desde la conciencia de no haber sabido dar la talla en el momento crucial del enfrentamiento. También es cierto que, gracias a esa retirada, David sobrevive, pero sin evitar la condición de perdedor abocado a merodear la casa de su amada, a observarla desde las esquinas.

R. Por supuesto, el protagonista es un perdedor. ¿Hay algo más excelso? Es un perdedor que finalmente es redimido por la necesidad que tiene una mujer de agarrarse a él como a un madero para salvarse del naufragio. El lector debe adivinar que en ese espacio abierto entre la violencia y la melancolía es donde sobreviven los héroes modernos. No sé quién es el verdadero protagonista de este relato, si el profesor derrotado, lleno de palabras, o la mujer, Ana Bron, huyendo de su propia destrucción, a la que la ha abocado otro amor salvaje, y que necesita ser curada por medio de cálidas, suaves y rumorosas palabras de amor en el oído.

P. Si Tranvía a la Malvarrosa es una novela de juventud, iniciática, Villa Valeria y La novia de Matisse nos hablan de la madurez, de las amistades y el mundo del arte, Cuerpos sucesivos correspondería al inicio del lento declive. En todas ellas el amor es esencial. ¿Hay un deseo de recorrer los diferentes tramos de su vida?

R. Esta novela no es en absoluto autobiográfica, porque a mí todavía no me han dado un navajazo, ni por amor ni por caridad. Uno debe escribir de lo que sabe, de lo que ha ido aprendiendo del alma humana a lo largo de la vida, y en el fondo a todo el mundo le suceden más o menos las mismas cosas. Sólo hay un dato en común que se repite de forma inconsciente en tres de mis novelas : los muertos que vuelven, las pasiones que se transforman. En Tranvía... y en Son de mar también hay un personaje redivivo, un amante que vuelve de la muerte o se transforma en un momento determinado para adoptar una nueva identidad que siempre es la misma. Marisa y Juliette en Tranvía..., Ulises Adsuara en Son de mar, David Soria en Cuerpos sucesivos. Todos cambian de nombre o de personalidad para seguir amando impunemente de otra forma. Es algo que me tiene intrigado. ¿Por qué será? Tal vez se trata de la forma más refinada de cobardía al no poder enfrentarse con la realidad.

P. En Tranvía... la acción transcurre en un pueblo mediterráneo y en los años universitarios de Valencia. Son de mar se sitúa en un pueblo costero mediterráneo, Denia sin duda. En La novia de Matisse se describe pormenorizadamente el mundo de los marchantes y coleccionistas de arte. En Cuerpos sucesivos nos habla de la Residencia de Estudiantes, de Salinas, García Lorca, la música de cámara..., ¿qué importancia tiene en la idea inicial de la novela el contexto histórico, social y cultural en el que se va a desarrollar?

R. La acción transcurre en un otoño madrileño actual. La Residencia de Estudiantes es un espacio estético. Lo he imaginado como un reducto melancólico de libertad. Está lleno de duendes que sabían llevar pajarita. Tiene un aire de balneario intelectual con cristales glaseados. En ese ambiente donde late un pasado de héroes literarios, David Soria, el protagonista, es una especie humana en vías de extinción. Vencido, desolado, redivivo, quiere salvar de la tragedia a una mujer mediante la imaginación y las historias narradas de aventuras y viajes imposibles. Luego está la música de Schubert para terminar de arreglarlo.

P. Es curioso cómo en su concepto del amor resulta esencial no tanto el hecho físico, la carnalidad -que también es importante-, como la capacidad de seducción a través de las palabras que muestran quienes pretenden enamorar. ¿Considera que el amor es un estadio más mental que químico?

R. El amor nada tiene que ver con la reproducción. Es una conquista espiritual que se alimenta de imaginación, sueños, viajes, huidas, aventuras, renovaciones, fantasías, palabras, palabras, palabras. El alma sólo es un hálito. La muerte del amor es la costumbre, el tedio, la hermandad de las carnes, la falta de imaginación. También hay que bajar con el amor al pozo del sexo, pero el sexo sólo es un calambre si no se le dota de misterio, de oscuridad, de la pulsión de la muerte.

P. ¿Cuáles son los grandes narradores del amor y por qué?

R. Ovidio conoce las artimañas del amor: ese largo camino hasta llegar al lecho. Dante es el que convierte la frustación amorosa en una excelsa fuente de melancolía, en un licor dulce que los dioses te regalan para que vivas con plenitud. San Juan de la Cruz habla de zumo de granada, de ciervos heridos y enamorados, de amadas violadas bajo un manzano, de altas cavernas. Es de todos el más morboso. Proust dice que sólo se ama lo que no se posee del todo. Con un revuelto de estos autores hay que guisar esa seta venenosa que son los celos.

P. ¿Qué tienen en común el amor y el dolor?

R. No lo sé. Para averiguarlo he escrito esta novela. La protagonista, Ana Bron, vive una experiencia de amor loco, muy fuerte, con un pianista de alma ardiente, posesiva y feroz, pero no hay en ello ningún componente sadomasoquista, sino una exaltación mística a través de la carne dolorosa. En cambio, entre esta mujer atormentada por la violencia y el profesor se establece una relación cuyo tormento se deriva del sufrimiento moral que supone la pérdida del amante. Creo que el amor y el dolor comparten el último tramo del camino, ese momento en que se recogen los vasos, los ceniceros y las botellas al final de una fiesta de los sentidos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 31 de enero de 2003