Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
CATÁSTROFE ECOLÓGICA EN GALICIA | Toneladas de combustible manchan toda la costa

El fuel contamina las islas protegidas de Sálvora y Ons y amenaza el archipiélago de las Cíes

Los pescadores y mariscadores de la Ría de Arousa se quejan de la falta de apoyo del Gobierno

La marea negra siguió ayer avanzado hacia el sur, se situó en la fachada de las tres Rías Bajas gallegas y llevó consigo un rastro de cólera y abatimiento entre centenares de pescadores que tuvieron que salir al mar para defenderse por su propios medios de la invasión de fuel. La batalla para salvar estas rías ofrece un cuadro desolador de la impotencia de las autoridades españolas para hacer frente a la catástrofe, que amenaza también con llegar a Francia, cuyo Gobierno ha declarado la alerta en su costa atlántica.

En primera línea de defensa de las Rías Bajas están los barcos anticontaminación, todos extranjeros. Por detrás de ellos, pescadores y mariscadores que se las ingenian para achicar fuel de forma casi artesanal, sin contenedores suficientes para depositar los residuos, cubiertos de alquitrán hasta la cabeza y rifándose ropas de agua, mascarillas y guantes.

"Hace quince días nos llamaban alarmistas y ahora tenemos las manchas a la puerta"

"El barco es ahora lo que menos importa. Barcos hay muchos, pero ría sólo hay una"

La catástrofe avanza, y con ella, el desastre organizativo, que depara escenas inverosímiles en algunos puertos e hizo estallar la tensión entre los marineros, obligados a valerse por sí mismos. Hartos de partirse el espinazo achicando fuel con grúas y aparejos de pesca, un grupo de mejilloneros increpó en el puerto de Aguiño al alcalde de Ribeira, José Luis Torres Colomer, y a su colega de Boiro, Jesús Alonso.

Los marineros zarandearon a ambos alcaldes, del Partido Popular, y, entre insultos e increpaciones, les arrojaron encima sus ropas de agua empapadas de la pasta negra. No fue el único acto violento de la jornada.

La marea negra desmentida durante días por el Gobierno ya tiene bajo el punto de mira a casi todo el litoral gallego: la prohibición de pesca está vigente desde el Cantábrico a la frontera con Portugal. Arosa, un vergel de moluscos y crustáceos, está bordeando la tragedia. En la margen norte, en la provincia de A Coruña, los esfuerzos de los mejilloneros y de los buques anticontaminación han logrado mantener a raya las manchas que siguen afluyendo a la boca de la ría. Pero, en la otra orilla, que pertenece a Pontevedra, las irisaciones de fuel empezaban a filtrarse dentro de la ría, pegadas a O Grove y la isla de A Toxa. "Si entra por O Grove, estamos perdidos", se comentaba entre los corrillos de los marineros en el puerto de Aguiño. "La corriente de la ría es de sur a norte. Nos acabaría embadurnando a todos". Lo que nadie pudo salvar fue la isla de Sálvora, reserva de percebes e integrada en el Parque Natural de las Islas Atlánticas. Una parte de sus playas ya está teñida de negro.

La alarma general no es sólo en Arousa, sino que se ha trasladado a Pontevedra y Vigo, las otras dos Rías Bajas, cuyas bocanas están también cercadas por el fuel. Las temidas manchas alcanzaron Ons, otra isla incluida en ese parque natural de reciente declaración. Ons es como un dique en la entrada de la ría de Pontevedra, y su desgracia ha salvado del fuel, por el momento, a los pueblos pesqueros de la zona. También contribuyeron lo suyo los pescadores de Bueu, que decidieron por su cuenta acudir en socorro de Ons. "Nadie nos ha avisado ni nos llamó para ofrecernos ayuda", relató el patrón mayor de la cofradía, José Manuel Rosas. "Salimos con nuestros aparejos, hicimos lo que pudimos y logramos recoger algunas manchas pequeñas".

Balsas de fuel a la deriva fueron avistadas a sólo una milla de las islas Cíes, uno de los últimos territorios salvajes de Galicia. Las descubrió un barco fletado por el Ayuntamiento de Vigo para conocer la situación de primera mano. Porque la información sigue administrada a cuentagotas. El Gobierno no facilita ningún parte detallado y periódico sobre la evolución de las manchas, y las cofradías y las instituciones locales tienen que resignarse a consultar en Internet, en las páginas de la Consejería de Pesca de la Xunta o de organismos portugueses y franceses. "Hace quince días nos llamaban alarmistas", recordó el alcalde de Vigo, el nacionalista Lois Castrillo. "Ahora tenemos las manchas a la puerta y nadie sabe qué hacer".

Las autoridades -sigue siendo difícil de precisar quién toma las decisiones- ordenaron a cinco de los buques anticontaminación extranjeros que se trasladaran al sur para concentrarse en la defensa de las Rías Bajas, que juntas constituyen la mayor reserva marisquera del planeta. Los pescadores son los primeros en alabar el trabajo de esa flota de alemanes, holandeses, británicos, belgas y noruegos, que succionan fuel sin descanso. Pero resultan insuficientes para contener las lagunas de combustible. Y por detrás de ellos sólo están el voluntarismo y la desesperación de los pescadores, y los artilugios flotantes de las barreras anticontaminación, con una eficacia muy limitada.

El puerto de Aguiño fue ayer el centro de operaciones para los marineros que se batieron contra la marea negra en la entrada de la Ría de Arosa. Algún pescador llegó a tierra vomitando por el olor a fuel, que tuvo que soportar sin mascarilla, y una pequeña lancha casi se fue a pique de tanto que la cargaron con el engrudo que cubre el mar. "¡Hambre para diez años!", exclamaba José Rey Paz, junto a un grupo de marineros con las manos, la cara y las ropas salpicadas de negro. "El barco es lo que menos me importa", respondía el mejillonero Agustín Pose cuando le llamaban la atención sobre el estado de su buque, con la cubierta ennegrecida como una autopista. "Barcos hay muchos. Ría sólo hay una". "Cómo lo voy a ver, negro, por supuesto", apuntaba el patrón mayor de la cofradía, Andrés Monteagudo. "Mire para ahí, fíjese con lo que estamos trabajando".

Hacia Aguiño acudían a descargar parte de los 50 barcos mejilloneros y del centenar de pequeñas lanchas rápidas que se fueron a contener el fuel a la bocana de la ría. Unos, recogiendo combustible con sus grúas y peleándose casi a mar abierto con barcos que no están preparados más que para las aguas mansas de la ría. Otros, empleando aparejos como redes para cazar mariposas. A media mañana, unos quince barcos grandes llegaron a puerto con sus contenedores rebosantes de engrudo. Y entonces surgió la sorpresa y la desesperación. Hace una semana, la Xunta se puso de acuerdo con los mejilloneros para que éstos utilizasen sus barcos achicando fuel en las rías si fuese necesario. Por lo visto, a nadie se le ocurrió que se necesitaba algo para almacenarlo en tierra. No había ni contenedores ni camiones cisterna.

Los barcos, ansiosos por volver al mar para seguir achicando fuel, tuvieron que estar parados casi tres horas. Las imprecaciones fueron subiendo de tono y al final no dejaban libre a ninguna autoridad. "¡Por favor, mándame lo que tengas, cualquier cosa!", gritaba desesperado por su móvil Guillermo Alonso, gerente de una asociación mejillonera, a un empresario de efectos navales de la zona. "¡Cualquier contenedor que puedas mándamelo ya! Tenemos que buscarnos la vida porque nos han dejado tirados". Cuando aparecieron los contenedores, algunos barcos ya no pudieron volver al mar. El día se había cerrado de niebla, mientras las malditas manchas seguían avanzando hacia la ría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de diciembre de 2002