Entrevista:Unai Elorriaga | Premio Nacional de Narrativa

'Sufro y disfruto por igual en euskera y castellano'

San Sebastián - 28 oct 2002 - 12:46 UTC

A sus 29 años, este licenciado en Filología Vasca por Deusto y traductor de euskera ha construido un relato fragmentado, estilísticamente original, que plantea, amorosamente cabría decir, el asunto de las relaciones humanas. Natural de Algorta (Vizcaya), el premio Nacional de Narrativa de este año rehúsa portar el título de escritor y, tras la polvareda descalificatoria levantada contra él, rechaza pronunciarse sobre la situación política vasca.

Pregunta. Un joven traductor de euskera, perfecto desconocido, escribe su primera novela y, mira por dónde, gana el Nacional de Narrativa. ¿De dónde sale usted?

Respuesta. Soy un tipo normal que escribe en euskera desde los 10 u 11 años y que se gana la vida de traductor. De niño me gustaba mucho la novela histórica y hacía cuentos sobre la Edad Media, bastante malos, me temo. Hace siete años me vino a la cabeza la escena del encuentro entre los dos ancianos y el joven Marcos. Recuerdo que estaba preparando un examen y que me dije que si algún día escribía una novela, ése sería el comienzo.

'No me considero un intelectual. En cuestiones políticas no tengo nada que aportar'
'En la polémica hay motivos extraliterarios. Ellos sabrán cuáles son. No me interesa'

P. Atxaga, Saizarbitoria, Lertxundi, Felipe Juaristi, Eizaguirre..., y ahora usted. ¿Un tranvía en SP es un disparo en la noche o es que el euskera es una fragua fecunda de literatos?

R. Creo que lo segundo. Como dice Ramón Saizarbitoria, los que trabajamos para un mercado tan pequeño como el del euskera, de apenas 700.000 potenciales lectores, tenemos la ventaja de poder arriesgar porque no tenemos detrás un gran mercado ni una industria editorial obligada a conseguir grandes ventas. El que escribe en euskera cuenta con que no va a vivir de las 200.000 pesetas que puede obtener por una obra, así que podemos arriesgar, intentar innovar. No tenemos nada que perder.

P. A cambio, gracias a la política de subvenciones a la lengua, tienen prácticamente asegurada la publicación de sus obras.

R. Así es. Hay hasta 5 o 6 editoriales fuertes especializadas en la producción en lengua vasca. Mucha gente, incluso aquellos que escribimos locuras, podemos publicar sin problemas. Supongo que eso es más difícil de conseguir para el que escribe en castellano y que en España tiene que haber jóvenes que escriban el triple mejor que yo y que andan por ahí, escondidos.

P. ¿Y quién es Unai Elorriaga, literariamente hablando? ¿De qué lecturas está hecho?

R. Me reconozco en Cortázar, en Juan Rulfo y en Faulkner, en Kafka, en Heinrich Böll y en Günter Grass, en Calvino, en Baricco, en Tabucchi, y también, desde luego, en Torrente Ballester. La saga fuga de JB me parece una obra alucinante que no ha tenido el eco que merecía. Como decía Borges, la literatura no es todo otra literatura. Te puedes basar en otros escritores y también captar la realidad que tienes a mano y aportar tu toque personal.

P. ¿La frase corta que usted utiliza profusamente surge directamente del euskera?

R. Creo que sí. Es el estilo propio de la lengua vasca, del humor en euskera. Se corresponde con el bertsolarismo (improvisación de versos), y es así como hablan también los baserritaras (campesinos): en corto y en directo.

P. Así que en Un tranvía en SP tenemos un poco de la atmósfera kafkiana, bastante de Cortázar y mucho del estilo directo y del humor soterrado euskaldun...

R. Sí, algo de eso. Pensé que la mezcla de Cortázar y el baserritarra podía quedar bonita.

P. ¿Qué sensaciones le produce que el jurado haya elegido su obra frente a la de autores consagrados?

R. Una impresión fuerte, claro. Ya cuando me dijeron que era finalista. Por supuesto, me parecía evidente que no podía ganar habiendo como había autores de gran trayectoria que todavía no han ganado ese premio. Sí, es extraño que hayan premiado la obra de un desconocido. Esto demuestra que la literatura es una cosa subjetiva. La verdad es que no sé qué pensar.

P. Usted ha llegado a decir que ni siquiera se considera un escritor, que no sabe si continuará en esto.

R. Lo dije por respeto a Julio Cortázar, que con 60 y muchos años, después de haber escrito Rayuela y una obra maravillosa, seguía diciendo que todavía no se consideraba escritor. Yo, con un libro, bueno, ahora acabo de terminar el segundo, no puedo considerarme todavía un verdadero escritor. Es una cuestión de dignidad. Quizás, dentro de 20 años o así...

P. Con tanta humildad corre el riesgo de dar la razón a quienes le descalifican, incluso sin leerle.

R. En esa polémica hay motivaciones extraliterarias. O eso es lo que entreveo. Ellos sabrán cuáles son sus motivos, por qué hacen ese periodismo que ignora la obra y tergiversa las pocas palabras que yo he llegado a decir. Allá ellos. No me interesa.

P. Sorprende que su novela ni siquiera haya sido finalista del Premio Euskadi, fallado antes.

R. Pues sí. Ahora puede parecer un poco raro y me han contado cosas... Creo que alguien me propuso, pero... No merece la pena darle vueltas. Ellos sabrán. Esto no es la carrera de los 100 metros lisos, donde hay foto finish.

P. Apenas sucede nada en su novela que se salga de lo cotidiano. ¿Es la explotación de la nimiedad?

R. Se puede decir que sí, pero muchas veces lo que realmente importa está en lo nimio. Cuando ves que un hombre pierde la cabeza y tiene que ponerse pañales tienes que pensar, por arrogante que seas, que igual tú también tienes que llevarlos dentro de 20 años. Tienes que pensar que el cerebro humano tiene fecha de caducidad. Con el tipo de vida que llevamos corremos el riesgo de olvidar lo más importante.

P. Sus personajes construyen un refugio afectivo poco convencional en un mundo agresivo. ¿Cuánto hay de idealismo en esas relaciones humanas tan perfectas?

R. Hay idealismo, pero el clima de respeto y afecto que crean los personajes no es imposible de alcanzar. Se puede conseguir siempre que nos lo propongamos. Es una búsqueda de afectos y también de las pequeñas cosas que nos ayudan a vivir mejor. Al personaje principal le entusiasma la alta montaña, el ciclismo, las olimpiadas...

P. Los personajes no están descritos físicamente, ni identificados más allá de sus nombres de pila. No se sabe su procedencia, pero sí que son gentes de buen corazón que se reconocen por encima de sus diferencias. ¿Es ése el mensaje?

R. Es lo que se propone. Al fin y al cabo, si miras a tu alrededor con buenos ojos y tomas las cosas con humor, eso que ganas y haces ganar a los demás. Encarar la vida con amargura te endurece el corazón y amarga a la gente de tu entorno. Se trata de afrontar las agresiones desde el afecto y el humor, por encima de ideologías y culturas.

P. ¿Usted es así?

R. Lo intento, aunque no es fácil y he sido de muy mala leche.

P. ¿Cuánto hay de su infancia y de su adolescencia en esta obra?

R. Bastante. El tranvía, por ejemplo. Llevo toda la vida oyendo historias familiares sobre el tranvía. Me fascinaban tanto que de pequeño estaba convencido de que si salía a la calle volvería a encontrarme con el antiguo tranvía y eso que sabía que había desaparecido. Estaba seguro, incluso, de que yo había visto pasar ese tren alguna vez. Hasta que se lo pregunté a mi madre hace unos años, cuando empecé la novela. Me dijo que lo quitaron en los años cincuenta. Y yo nací en 1973. También las novelas de Kafka están contadas por un adulto, pero desde el punto de vista de un niño. El pueblo en el que se desarrolla mi obra es Algorta, claro, pero digamos que yo lo he reconstruido a mi medida pensando en las cosas que había cuando yo era un niño.

P. La novela transcurre entre la vida doméstica y el mundo exterior que transmite la TV. ¿Por qué esa televisión no da noticias de Euskadi?

R. Cualquier alusión a la convulsión política de Euskadi acarreaba el peligro de descentrar la historia, podía perderme en ese hilo. No he querido hacer sociología ni perderme en la política de aquí. El pueblo y los personajes de mi novela pueden estar aquí, en Valencia o en Colombia y, al fin y al cabo, la televisión juega un papel anecdótico; lo que me interesa son los comentarios, las reflexiones que suscita.

P. ¿No hay escapismo, un alejamiento deliberado del problema?

R. Es que, francamente, en cuestiones políticas no tengo nada que aportar. No me planteo la posibilidad de hablar de eso, como no me planteo la de hablar de fútbol.

P. ¿No cree que la gravedad del asunto interpela a todo el mundo, invoca al compromiso?

R. No me considero verdaderamente un intelectual. ¿Por qué voy a tener que comprometerme cuando ya hay políticos que les pagamos para eso y un montón de intelectuales que se pronuncian? En la situación actual, parece que todo es blanco o negro. O eres de uno o eres de otros, como en los telediarios. A mí no me gustan los extremos. Aceptar en su totalidad la ideología de un partido me parece aberrante.

P. Se ha convertido en el primer escritor reconocido de la generación de vascos bilingües surgida de las ikastolas. ¿Qué relación tiene con las dos lenguas?

R. Me siento igualmente cómodo e igualmente incómodo. Sufro y disfruto por igual. Tengo problemas y satisfacciones en las dos lenguas. Estoy más acostumbrado a escribir en euskera, pero he leído mucho en castellano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 28 de octubre de 2002.

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