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Amelia Valcárcel reivindica el humanismo en su nuevo ensayo

Ética para un mundo global (Una apuesta por el humanismo frente al fanatismo) (Planeta) es el nuevo ensayo de Amelia Valcárcel, y sus preguntas tienen mucho que ver con la globalización y el multiculturalismo: '¿Estamos preparados para ello? ¿Hemos aprendido a ser tolerantes? ¿Contamos con la ética necesaria? ¿Puede el humanismo ser algo más que una vaga disposición benevolente hacia el prójimo?'.

La respuesta a todas esas preguntas es afirmativa. La catedrática de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Oviedo cree que 'es posible, pero no fácil, vivir y vivir en paz, ponernos en el lugar del otro, sentir compasión, respetar y ser respetados'. A su juicio, la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 es 'nuestra tabla de valores' y debe ponerse en práctica 'superando a las religiones, luchando contra los grandes enemigos de la ética: el fanatismo, el poder en manos de unos pocos, el afán de logro a toda costa, el individuo agresivo, el dinero, la ambición...'.

¿Cómo? 'Esa tabla de verdades, un invento tan importante como la telefonía, debe ser enseñada y admitida como intocable. Eso es el humanismo: respetar aquello que nos hemos dado sin la mediación de Dios o de una instancia superior como si fuera sagrado'.

Valcárcel sabe que es una tarea ingente, pero que vale la pena. 'La barbarie acecha siempre. La frivolidad, el aplebeyamiento de las conciencias y la televisión basura se globalizan mejor que la ética. Pero hay que ser optimistas. Aquí nos decían que nunca podríamos vivir en democracia. Gracias a mi maestro Aranguren y a personas que cómo él entendieron la importancia de la civilidad y el buen hacer logramos una convivencia infinitamente mejor que la que teníamos'.

Sentido histórico

Valcárcel reivindica el sentido histórico como motor: 'Necesitamos una enorme masa de reflexión. La humanidad no tiene esencia, se construye. Y hay que saber cómo hemos adquirido la compasión, la dignidad, el malestar hacia la injusticia, la desigualdad, el hambre. Es verdad que nadie puede hacer una política basada en la sensibilidad, pero la política no es amoral per se. Y eso debe aplicarse, por ejemplo, a las políticas de inmigración'. Aunque, para que eso sea posible, primero es necesario respetar a los educadores: 'Las democracias dedican a educación grandes presupuestos y tenemos profesionales estupendos. Pero los profesores se sienten llenando jarros que otros vacían. ¿Quiénes? Las familias, los medios, los ocios, los políticos. A veces se diría que luchan contra la educación. Que son instancias contrarias'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 27 de septiembre de 2002