Reportaje:

Héroes en París, 'bandoleros' en Madrid

Cristino García Granda, fusilado por Franco en 1946, yace en un olvidado nicho del cementerio de Carabanchel mientras una calle de París lleva su nombre por sus proezas contra la ocupación nazi

El cementerio de Carabanchel, al suroeste de Madrid, guarda celosamente muchos secretos. Uno de ellos acaba de ser descubierto por Antonio Ortiz, técnico municipal estudioso de la historia de la ciudad. En un columbario de ladrillo y lápidas de imitación marmórea de apenas dos palmos de extensión del cementerio de Carabanchel Sur ha hallado varios enterramientos llenos de significado. Corresponden a personas cuyos nombres, en principio, no sugieren nada: Cristino García Granda, Alfredo Ibias Pereiras, Francisco Esteban Carranque, José Vitini Flórez...

Las cenizas de los tres primeros ocupan un solo columbario y bajo sus nombres, a cuyo pie figura la fecha de 21 de febrero de 1946, se alinean rosas rojas de plástico. El nicho que alberga las cenizas de Vitini tiene inscrito su nombre, la edad a la que falleció (33 años) y la fecha del 28 de abril de 1945.

García, con apenas 36 hombres, hizo prisioneros a 1.300 soldados alemanes en una emboscada

¿Quiénes eran aquellos hombres? El más destacado de ellos fue Cristino; tanto que hoy, y desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, García cuenta en París con una calle no lejos de la Puerta de Montreuil, junto a la calle de Émile Zola y la avenida Joffre, en el Distrito XX.

García Granda, asturiano de Sama de Langreo, llegó a dirigir una valerosa unidad guerrillera de la Résistence francesa formada por comunistas españoles. Siempre mantuvieron su nacionalidad original. Su heroísmo en el combate contra los nazis quedó probado: en agosto de 1944, con 36 hombres, Cristino dirigió la emboscada que culminó con el apresamiento de hasta 1.300 soldados y oficiales de la Wermacht, que viajaban en un tren en la zona de La Madeleine, en el Gard, cerca de Anduze, al suroeste de Alès. Los alemanes se hallaban bajo el mando del teniente general Konrad Zietzache quien, tras aquel ataque, se suicidó. El denominador común de las acciones de guerra de aquellos españoles fue la bravura, como mostraron en el asalto contra la prisión de Nimes, fuertemente custodiada por los nazis; de sus mazmorras liberaron a decenas de presos políticos.

Aquellas gestas atrajeron hacia Cristino los máximos honores cívicos y las más brillantes condecoraciones militares de la República Francesa, que le otorgó el grado de teniente coronel. Empero, tras concluir la Segunda Guerra Mundial decidió regresó a España, donde había adquirido su experiencia como combatiente, para proseguir la lucha, con las armas en la mano, contra Franco y su régimen dictatorial. Aquí recibiría un trato bien distinto del hallado en París.

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Cristino había nacido en Asturias en 1914, en el seno de una familia minera; en su juventud se hizo comunista e ingresó en el PCE. En julio de 1936, tras el levantamiento militar de Franco contra la República, Cristino había capturado un mercante fondeado en un muelle del Guadalquivir, en Sevilla, a la sazón ocupada por las tropas franquistas. Con arrojo logró rescatar a un puñado de militantes y dirigentes republicanos apresados por los facciosos y los llevó en el barco hasta Asturias. Ya en 1938, y tras combatir casi siempre en primera línea, se integró en el XIV Cuerpo de Ejército Guerrillero que dirigía Domingo Ungría. Siempre destacó por su valentía, según los autores que sobre él han escrito, como Secundino Serrano. En 1939, derrotado el bando republicano al que pertenecía, Cristino pasó a Francia, donde desplegaría su actividad guerrillera contra los nazis, señaladamente en las regiones de Lozère y Ardèche donde muchas gentes de edad aún recuerdan sus proezas, narradas por Alberto E. Fernández en La España del maquis, editado por Ancho Mundo.

Desde Francia, tras la victoria aliada y lleno de experiencia de combate, la dirección del PCE decide enviarle clandestinamente a España. Se le encomendó alzar en armas un grupo guerrillero en plena sierra abulense de Gredos, apenas a 100 kilómetros de Madrid. La partida debía contribuir, con varios miles de combatientes esparcidos por montes y ciudades de España, a hostigar dañinamente a Franco.

Abril de 1945. José Vitini, jefe del maquis comunista en la ciudad de Madrid, dirige un asalto a una subdelegación de Falange en la calle de Ávila, en Cuatro Caminos. En el tiroteo mueren dos falangistas. Vitini, que no participó en el ataque, fue apresado y fusilado en abril de 1945.

Por orden del PCE, Cristino viaja desde Gredos hasta el corazón de Madrid, donde sustituye en la dirección de la lucha guerrillera a su compañero caído. La capital, con medio millón de habitantes, protege a los maquis urbanos, que hostigan a los falangistas, a quienes identifican con los nazis ocupantes de Francia. Con osadía, uno de los grupos comunistas se adentra hasta el mismísimo pueblo de Vallecas, donde da muerte pública a un jefe local de la Falange, el partido fagocitado por Franco.

La dirección del PCE, sumida en sospechas propias y en pugnas políticas feroces, decide eliminar a León Trilla, lugarteniente del líder comunista Jesús Monzón, entonces en desgracia. Alguno de los sicarios pertenece al entorno de Cristino. Él se negó tajantemente a intervenir en aquel crimen. 'Yo soy un revolucionario', dijo. Detenido y torturado durante meses, incólume ante sus verdugos, García y 11 de sus compañeros fueron fusilados por los franquistas en el invierno de 1946. El fusilamiento de un héroe de la Resistencia francesa y del antifranquismo causó una oleada de indignación y manifestaciones en Francia, cuyo Gobierno cerró su frontera con España.

Aquellos maquis fueron a parar a una fosa común. Sus familiares y la organización clandestina de Madrid lograron identificar los restos de sus deudos y en 1957 reunieron sus cenizas y las de otros maquis en el cementerio de Carabanchel, como ha comprobado Antonio Ortiz.

Hoy, ex guerrilleros comunistas supervivientes, reciben en la fiesta del PCE un homenaje de Izquierda Unida. Inés Sabanés, portavoz municipal de la coalición, solicitará para ellos y todos sus compañeros 'un hito en la tierra de Madrid por cuya liberación, según sus ideas, pugnaron hasta la muerte. Quizá consigamos algo más bello que la placa que oculta sus cenizas tras la inscripción, hoy casi ilegible, de sus dignos nombres', dice.

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