Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Empatar mejor que ganar

Un ciudadano español que súbitamente hubiera desaparecido hace cinco meses y ahora reapareciera apreciaría al instante un cambio significativo en la política española. Por aquellos tiempos el presidente del Gobierno daba la sensación de haberse aficionado a hablar airadamente a sus compatriotas sobre lo que debían hacer o pensar. Pasado el tiempo, parece empeñado directamente en meterles el dedo en el ojo. Se dirá que esas son las consecuencias de las mayorías absolutas y, claro está, el juicio es correcto. Pero para explicar esta actitud resulta necesario también remitirse a la estrategia general de Aznar. En realidad, como lo puede percibir cualquier analista, el presidente está ya más en la historia que en la política. Por eso, ante su desaparición de la primera fila política en dos años -decisión loable y correctísima- quiere dejar establecido un balance positivo de su gestión. Así quedó bien claro en lo relativo al partido durante el último congreso. Sobre la obra de gobierno, no cabe duda de que el presidente quiere dejar como legado un paquete legislativo y de actitudes de fondo que le perfilen en el hueco correspondiente de la historia de España.

En los Estados Unidos existe un tipo de personaje político al que se denomina 'el pato cojo': se trata de un individuo que está al final de su mandato al que no puede volver a presentarse. Sus decisiones no son tomadas muy en serio porque parece descontrolado e incapaz de hacerse obedecer mientras que sus nombramientos y favores rebasan el descaro para concluir en la simple desfachatez. Aznar parece más bien una musculosa avestruz que un pato cojo en lo que respecta a la manera de mandar, pero ni mucho menos está exento del sectarismo que suele darse en esas situaciones políticas terminales.

El legado de José María Aznar a la historia puede verse seriamente comprometido como consecuencia de una situación como la descrita. Quiere leyes, muchas leyes y muy contundentes, firmemente identificadas con lo que él piensa de modo espontáneo y directo. Pero esas leyes, redactadas en perfiles tan gruesos, tienen el inconveniente que nace de su modo de gestación. A menudo son apresuradas y de escasa calidad, pero, sobre todo, están condenadas a resultar efímeras por la escasez de apoyo al margen del PP. El presidente lo ha dicho en términos taxativos, que corresponden a la circunstancia futbolística que estamos viviendo: quiere ganar los partidos y no empatarlos. Quiere hacerlo por goleada cuando el aficionado sabe perfectamente que un resultado menos brillante que la victoria puede emparejarte, en la segunda fase del campeonato, con un rival más débil.

De tal manera resulta que la diamantina actitud de Aznar encierra fragilidades evidentes a medio plazo y promete conflictividad volcánica a corto. Pongamos por ejemplo la reforma del subsidio de paro. Todo el mundo sabe que era necesaria y que iba a suponer un cierto recorte de prestaciones. Sin embargo, habiéndose evitado cualquier tipo de pacto con los sindicatos, ha concluido por resultar una medida que significa poco ahorro y que remite a un galimatías de situaciones concretas que la mayor parte de los ciudadanos sencillamente no entiende. Hasta los propios patronos que apoyan la medida han declarado que hubieran preferido una discusión más reposada acerca de su contenido. Pero ese es un calificativo de lo más inapropiado para el presente caso. La espiral de la gresca hace que estemos cada hora más lejos de los motivos originarios de la disputa. Y todo por empeñarse en una victoria por goleada mientras que un modesto empate daría más estabilidad a cualquier solución que se propusiera.

Lo mismo cabe decir de muchas otras disposiciones y todo ello tendrá sus consecuencias sobre la imagen del Aznar histórico. Un político es, sobre todo, un personaje que sabe hacer acto de presencia en el escenario en el momento y en la forma oportuna. Pero también debe saber cómo abandonarlo. En 1963, Konrad Adenauer se retiró, como Aznar, sin haber sufrido derrota y dijo hacerlo con 'serenidad y sin resquemor'. No le debieran faltar estos rasgos al actual presidente español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de junio de 2002