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Reportaje:

Cinco años de Nuevo Laborismo

Blair ha cumplido su primer objetivo: demostrar que su programa es lo bastante conservador como para seguir gobernando

El 2 de mayo de 1997, Tony Blair, acompañado de su esposa, Cherie, entraba en loor de multitudes en la residencia oficial del primer ministro británico, su nueva casa, en el número 10 de la londinense Downing Street.

Su triunfo rompió 18 años consecutivos de mandatos conservadores. Pero, ¿en qué ha cambiado el Reino Unido tras cinco años con Blair?

Cinco años después, el Nuevo Laborismo parece una etiqueta política más desprestigiada que innovadora y su carismático líder se ve acosado por el desgaste del poder, pero su fortaleza en las urnas ha quedado ratificada esta misma semana con un excelente resultado en las municipales. Unos no observan grandes diferencias entre laboristas y tories, pero otros creen que se está produciendo una revolución silenciosa en materias tan sensibles para la izquierda como la inmigración o la lucha contra la pobreza. Y advierten de que, por encima de la espuma del desgaste cotidiano, desde el caos de los servicios públicos hasta los problemas de corrupción política, los vaivenes sobre el euro o el controvertido papel del presidente Blair en la guerra contra el terrorismo, los nuevos laboristas han cumplido con creces su primer objetivo: convencer a los británicos de que son lo bastante conservadores como para seguir gobernando otro lustro.

Blair, fuerte en las urnas, se ve acosado por el desgaste que causa el poder

Hay quien piensa que se está produciendo una auténtica revolución silenciosa

'La vida no es muy diferente de como era hace cinco años', afirma Martin Weale, director del National Institute for Economic and Social Research, un veterano instituto de investigación económica. 'El Partido Laborista ha hecho importantes esfuerzos para enfrentarse al problema de la pobreza, ha destinado más recursos que los conservadores a pensiones, a la infancia, y mucha gente está muy satisfecha por ello', añade. 'Pero tienen dificultades acerca del euro. El Gobierno no parece tener una sola voz ni una sola visión. En términos de reformas económicas, el desempleo ha bajado más de lo que la gente esperaba -desde luego, más de lo que yo esperaba-, pero creo que obedece más a las circunstancias que a la acción directa de las políticas de este Gobierno'.

Weale no observa grandes distancias entre las políticas laboristas y las conservadoras. 'En términos de política fiscal, este Gobierno está preparado para trabajar con déficit superiores a los que los conservadores querían tener, pero el déficit está ahora más bajo que con los conservadores. En términos macroeconómicos, no creo que haya cambiado gran cosa. En lo que respecta a los negocios, el Gobierno ha hecho cosas, pero también ha tomado medidas que ayudan poco. Por ejemplo, el mercado laboral está más regulado que antes, lo cual desalienta al empleo; el salario mínimo fue una reforma muy controvertida, probablemente su introducción ha costado algunos empleos, pero en el contexto general del empleo no se nota. En términos de fiscalidad de la empresa, el marco apenas ha cambiado, pero han aumentado los impuestos sobre los beneficios y los fondos de pensiones están empezando a notarlo. El cambio fundamental se ha producido en el último presupuesto, cuando han decidido aumentar el gasto a través de la fiscalidad'.

John Cruddas, diputado laborista por primera vez desde el año pasado, defiende la tesis de la revolución silenciosa. Cruddas representa a un barrio obrero del este de Londres, Dagenham, donde el Partido Nacional Británico, el equivalente del Frente Nacional francés, tiene cierta presencia. 'En los últimos cinco años hemos vivido cambios que en muchos casos no se ven', afirma mientras degusta un café en los sótanos de Westminster, en las Casas del Parlamento.

'Hemos hecho una especie de revolución en el mercado laboral y el sistema de seguridad, y al mismo tiempo hemos demostrado nuestra legitimidad en términos de capacidad para gobernar, sin generar un crecimiento insostenible, sin despilfarrar el dinero, sin provocar una crisis en las relaciones industriales. Hemos eliminado todas esas prevenciones psicológicas de mucha gente', asegura.

Cambio radical

Sarah Spencer dirige el departamento de Ciudadanía del IPPR, un instituto que se presenta como 'líder de los think tanks independientes del centro izquierda'. Sarah, experta en racismo, inmigración y refugiados, cree que 'ha habido un cambio radical en la política sobre inmigración, pero menor en la política de asilo'.

'El Gobierno laborista ha sido bueno al reconocer los beneficios de la apuesta por la inmigración, admitiendo que tiene que ser controlada y manejada con cuidado. Ha habido un lenguaje positivo que ha ayudado a cambiar a la opinión pública, ha admitido que el Gobierno y los poderes públicos no proporcionan un servicio público adecuado sin distinciones raciales, y que hay que potenciar la tendencia a la igualdad y la buena relación entre las comunidades a partir de ahora', afirma.

'Creo que ha sido muchísimo menos bueno en asilo. No ha conseguido el equilibrio adecuado entre cambiar un sistema que no funciona y que debe ser rápido pero adecuado, y convencer a la opinión pública de que se puede hacer. No se ha conseguido ese sistema eficiente. Es caótico, ineficiente y lento. Es un fracaso del ministerio. Pero otro fracaso político es el uso de un lenguaje muy emotivo que ha alentado a la opinión pública a ver a los que piden asilo como un problema en lugar de darle garantías de que mucha de esa gente necesita ayuda, y que el Gobierno es muy eficiente al examinar quién necesita ayuda y quién no. El Gobierno tiene cierta responsabilidad en la hostilidad de la opinión pública hacia los asilados, que no son bien recibidos en algunas zonas del país', agrega.

El cristiano y el ideólogo

El segundo mandato laborista está cada vez más marcado por las delicadas relaciones entre Tony Blair y su ministro del Tesoro, Gordon Brown. Se trata de dos personalidades fuertes, antagónicas y complementarias. Blair necesita a Brown para entrar en el euro y Brown a Blair para cumplir su gran ambición: ser él el primer ministro. 'Blair no está muy integrado en el Partido Laborista. Le aburre la tradicional conversación ideológica. Su personalidad política refleja su militancia en los movimientos cristianos, como los boy scouts', afirma Andrew Marr, comentarista de moda de la BBC, en una charla con corresponsales extranjeros. 'Brown está desesperado por liderar el país. Es más puramente político laborista que Blair. En este momento es muy popular', contrapone. 'Blair cree que este Gobierno tiene que pasar a la historia por el euro, y Brown por la recuperación del bienestar y los servicios públicos', sintetiza. 'Blair cree que Brown no entiende las servidumbres del poder', continúa Andrew Marr. 'Reconoce que es muy brillante, pero que desaparece de escena en los momentos delicados: no toma posición sobre Irak, Oriente Medio o el euro'. La sucesión de Blair no es todavía controversia cotidiana, pero los candidatos potenciales toman posiciones. Brown es el claro favorito. Jack Straw también aspira. Tiene el currículo perfecto: diputado desde 1979, conoce el partido a la perfección, es blairista confeso y ha sido ministro del Interior y Exteriores. Pero el gran rival de Brown puede ser el actual ministro del Interior, David Blunkett, un invidente que apenas lo parece. 'Lee menos que otros ministros y eso le permite dedicar más tiempo a tomar decisiones importantes', desliza Marr medio en broma medio en serio. 'Pero el primer ministro es la representación del país. ¿Va la gente a aceptar que un ciego sea la faz del país? No lo sé'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 2002

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