Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
CRÓNICA

El Madrid entierra al Tenerife

Los blancos cierran con goleada un partido que comenzaron de forma fabulosa y que enredó su propia relajación

Sin tanta tranquilidad como refleja el resultado, con una franja incómoda y peligrosa fruto de su propia relajación, el Madrid se quitó encima al Tenerife. Dejó el Madrid, eso sí, un primer cuarto de hora fantástico, al que se encomendaron decididamente Roberto Carlos y Figo con un juego profundo y virtuoso, y que incomprensiblemente abandonó cuando tras el primer gol creyó ya tener el partido empapelado.

REAL MADRID 4| TENERIFE 1

Real Madrid: César; Míchel Salgado, Fernando Hierro, Pavón, Roberto Carlos; Makelele, Flavio, Figo (McManaman, m. 75), Raúl, Munitis (Savio, m. 60); y Morientes (Guti, m. 24). Tenerife: Aragoneses; Manel (Ocaña, m. 52), Mustafá, Alexis, Lussenhoff (Marioni, m. 72), Basavilbaso; Venta, Bino (Jaime, m. 60), Hidalgo, Martí; y Fuertes. Goles: 1-0. M. 17. Roberto Carlos, de falta directa rasa ajustada al palo. 1-1. M. 39. Fuertes recibe un pelotazo, lo prolonga de primera y sin mirar hacia la banda derecha, por donde aparece Javi Venta, que, solo, aprovecha la media salida de César para marcar con un globo preciso. 2-1. M. 42. Figo, de cabeza, a pase picado de Raúl. 3-1. M. 76. Guti, con un remate a la media vuelta desde la frontal. 4-1. M. 84. Guti, a placer, a pase de Savio. Árbitro: Ansuategui. Expulsó a Fuertes (m. 80), por menospreciarle tras señalar un falta. Tarjetas amarillas a Hierro, Pavón, Hidalgo, Marioni, Basalvibaso y Guti. Unos 75.000 espectadores en el estadio Bernabéu.

El Madrid salió a toda pastilla. Miró el cerrojazo que tenía enfrente, un equipo literalmente colgado de su área, y se dedicó a abrirlo a la mayor brevedad, a despedazarlo de un plumazo. Lo hizo con sutileza, gustándose y hasta sobrándose en casi todos los lances, pero sin ninguna piedad, entrando a mil revoluciones por los costados. Y aunque la defensa del Tenerife fue cuantitativamente inmensa, cualitativamente fue poquita cosa. El Madrid atacó y atacó sin respuesta del adversario, que achicaba agua con pelotazos desesperados que no le ayudaban. Al contrario, acortaban la distancia entre un arreón y otro del Madrid. Así hasta que cumplido el primer cuarto de hora, al enésimo intento, la caja se abrió: un zurriagazo de Roberto Carlos desde la frontal, en el lanzamiento de una falta directa, que encontró la colaboración inestimable de Aragoneses. El guardameta isleño se colocó detrás de la barrera, dejando libre el claro que Roberto Carlos tenía para lanzar su dinamita.

El Tenerife no modificó su posición defensiva. Diez jugadores detrás de la pelota bien pegados a su área -uno de ellos, Lussenhoff, más bien detrás de Raúl-, y arriba, como un islote, Fuertes. Y de vez en cuando, aprovechando el agujero que concedía la voracidad ofensiva de Roberto Carlos, ayer activada especialmente, alguna carrera generosa de Venta. Pues así siguió el Tenerife pese a que el gol, tal vez, le recomendaba alguna corrección táctica y, claro, cierta deferencia con la pelota, hasta entonces despreciada.

La ventaja del Tenerife apareció con el cambio que el gol sí provocó en el Madrid. Convencido de que el partido ya estaba resuelto, el Madrid rebajó su intensidad, sus ansias de gol. Conservó el balón, pero levantó el pie y perdió concentración. Morientes se había lesionado, Hierro y Pavón recibían amarillas que les impide jugar la próxima semana, y al que más y al que menos se le iba la cabeza a Barcelona.

Justo la actitud ausente que esperaba el Tenerife, escondido atrás en su disfraz de adversario que ya ha tirado la toalla. Andaba así el Madrid, distraído y enfriado, cuando le cayó de bruces el empate en una contra simple y fulgurante. Los centrales fueron a cerrar a Fuertes como de costumbre, seguros de que ahogarle no sería difícil, pero el argentino se inventó un volea de primera hacia la banda derecha, abandonada por Roberto Carlos en su afán atacante. Por allí surgió Venta a la carrera, que resolvió estupendamente, con frialdad y precisión.

Que la amplitud del resultado dependía de las ganas del Madrid por ampliarlo, quedó demostrado tres minutos después, el tiempo que necesitó el equipo local para traducir en gol su inyección de profundidad. Bastó una combinación Raúl-Figo, muy activos y venenosos ayer, muy en su traje de jugadores determinantes por la zona de entrelíneas. Raúl picó un centro milimétrico y Figo cabeceó abajo. Sucedió al filo del descanso, esa frontera psicológica tan propicia para envenenar o suavizar los partidos.

Sin embargo, el Madrid ya no supo imponer el ritmo que le convenía, el que estableció en el arranque. Y por eso, también porque el Tenerife abandonó en la segunda parte su particular versión del catenaccio e intentó complicarle la vida al Madrid por un camino diferente a la casualidad, no hubo más rastro de ese fantástico cuarto de hora inicial. El Tenerife metió más gente arriba, tampoco demasiada, y buscó alguna solución más que el mero juego frontal. Llegó dos o tres veces, despertando cierta intranquilidad en la grada, coqueteando con la sorpresa.

El Madrid mantuvo el gobierno del juego, generando su cuota de ocasiones. Pero sin ser la apisonadora del comienzo, sin Roberto Carlos inventándose suertes imposibles y maravillosos, ya sin el mejor Figo... Respiraba incertidumbre el Bernabéu.

Hasta que Guti, con dos goles impecables, decidió lanzarle a Morientes algunas pistas sobre los secretos del oficio de delantero. Con el primero, un tiro a la media vuelta ajustado a un rincón, ya se acabó el partido. No hubo más que hablar. Lo aceptó indisimuladamente el Tenerife, cuya continuidad en la máxima categoría está cada vez más comprometida. Y lo comprendió el Madrid, que, sin grandes esfuerzos, a media velocidad, se construyó un resultado alegre, un pequeño plus de moral para las grandes citas que le vienen. Y, aunque totalmente previsto, metió un toque de presión a sus competidores por el título.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de abril de 2002