Columna
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Elogio de la pequeña película

Hace poco recuperamos Marty a la sombra de otro gozoso rescate, el de Doce hombres sin piedad, que nos regalaron poco antes. Ambas, mínimas e imperecederas, películas proceden del salto al cine de una generación de directores estadounidenses forjados en las trastiendas de los estudios fundacionales de la televisión neoyorquina, que -apoyada en el impulso del genial cine de acera que John Casavettes sacó de la manga del estilo underground- fue un vivero de ideas y modelos del cine moderno, que hoy mantienen, e incluso multiplican, su vigencia y su energía renovadora. En su tiempo -años cincuenta, cauce de la primera fuga de Hollywood al refugio de la astronomía financiera y de la retórica del gran formato, equivalente hoy a la aplastante epidemia de efectos especiales que convierte a la vieja fábrica de sueños en fábrica de salchichas-, estas y otras obras hicieron real la paradoja de la riqueza del cine pobre, que es una luminosa puerta abierta de par en par a nuestro cine futuro.

Obras de mínimo rango industrial, casi (o sin casi) artesanales, de la estirpe de esas dos joyas de la inteligencia del siglo XX, filmes de la rica pobreza, la compleja simplicidad y la incalculable elevación moral y artística de Atraco perfecto, Matar a un ruiseñor, Verano del 42, Duelo en la Alta Sierra, Bonnie y Clyde, La última sesión, Quiero vivir, Lilith, El buscavidas, son modelos insuperables de cine de hoy, prodigios de acabamiento del modelo de pequeña película que, a bandazos y a veces contra la corriente impuesta por la lógica de la superproducción, se abre paso como opción -no única, pero sí esencial, insustituible, que traza y fija caminos sin vuelta- de busca y forja de una identidad para el cine europeo.

Hace unas semanas, la película artesanal española En construcción, trabajo primoroso, de calidades excepcionales, de José Luis Guerin, ocupó una hora estrella, en fascinante programa doble con Encadenados, de Alfred Hitchcock, de un lunes de la televisión de Berlín. Fue durante el Festival de la Berlinale, en el que tres filmes artesanales, el británico Domingo sangriento, el alemán Halbe Treppe y el danés Minor Mishaps triangularon el reconocimiento a la pequeña película como vehículo natural de gran cine. Lo mismo se dedujo del paso en la anterior edición del festival berlinés de otras dos gemas del cine pequeño, la británica Intimidad y -de nuevo otra obra danesa, y no casualmente, pues de Dinamarca han saltado al mundo media docena de obras magistrales derivadas del foco de pequeña creación llamado Dogma- Italiano para principiantes, que saltó a las estanterías del cine no perecedero al mismo tiempo que El Bola era convertido por nuestra Academia de Cine en una bocanada de pantalla futura.

A finales del año pasado tuvo lugar en el Foro del Cine Europeo de Estrasburgo un frondoso debate alrededor del informe que el diputado Luckas Vander Taelen ha propuesto como base fundamentadora de su iniciativa de una futura Directiva Comunitaria relativa a la difusión del cine europeo en Europa y fuera de ella. No toca Vander Taelen frontalmente asuntos de producción, pero los roza, y no oculta su inclinación a estimular el gran presupuesto y la centralización, en busca de producciones de rotunda factura industrial. No le falta razón, en Europa hacen falta más Gosford Park, Los otros y Amelie. Pero merece la pena reproducir la amistosa réplica del cineasta italiano Francesco Maselli, que, tras alabar la inteligencia del cine, el rigor del conocimiento de los mecanismos de su difusión de que hace gala Vander Taelen, y su empeño en lograr que se legisle para el cine de la Unión un marco político global, añadió su temor a un exceso de vía libre en favor de estructuras centralizadoras, si se hace a costa de algunas pequeñeces periféricas irrenunciables, pues 'la fuerza del cine europeo reside en la multiplicidad de centenares de pequeñas estructuras artesanales que aseguran su diversidad y su creatividad. Y es en estas estructuras donde radican la especificidad y la esperanza del cine europeo'.

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