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Entrevista:ALAISTAIR MACLEOD | Escritor

'Me gusta imaginarme que soy un narrador oral'

Parece un pescador o un minero de Cape Breton, Nueva Escocia, donde se crió. Es corpulento, tiene la cara colorada, las manos enormes, los ojos fijos en la mirada del otro, utiliza pocas palabras y un humor muy directo. Alaistair Macleod (Saskatchewan, Canadá, 1936) parece cualquier cosa menos un profesor universitario de Literatura (ejerce en Windsor, Ontario) o un escritor de culto. Es ambas cosas, además de padre de seis hijos. Sobre todo, es un escritor excepcional, una especie de Salinger, pero encantador y accesible.

Ha escrito sólo tres libros, dos de relatos y la novela Sangre de mi sangre (premio Impac 2001). Han bastado para convertirlo en un clásico. El primero es la desoladora maravilla El regreso (1976), que edita también RBA en España (se presenta hoy a las 19.30 en el Círculo de Bellas Artes).

Pregunta. Sólo tres libros, personajes precoces y cierta leyenda de escritor apartado del ruido. ¿Es usted otro J. D. Salinger?

Respuesta. Menos raro.

P. ¿Pero le gusta Salinger?

R. Como escritor, sí. Es difícil que me gustara por otra cosa.

P. ¿Por qué escribe tan poco?

R. Me gustaría escribir más. Bueno, hoy no escribiría nada.

P. ¿Tardó mucho en escribir los cuentos de El regreso?

R. Seis o siete años. Fui escribiéndolos de uno en uno, y no creí que pudieran formar una colección. De niño en niño, al final acabas teniendo una familia. Aunque no sean perfectos ni se lleven bien.

P. ¿Es tan triste Cape Breton como parece en sus libros?

R. No sé si es triste o maravilloso. La gente trabaja duro, hay pocas oportunidades económicas y educativas... Es un mundo rural, parecido al de otros lugares de la tierra, y la gente tiene preocupaciones distintas a las urbanas, lo cual tiene ventajas y desventajas.

P. ¿A usted le gusta?

R. Me pasa como con los padres, no piensas mucho si te gustan o no: son tus padres.

P. Le gusta que digan que lo que escribe es autobiográfico.

R. La gente sólo tiene interés en ella misma, en sus historias. Mi técnica es: si parece que hablo de mí mismo, debo ser interesante. Se ve que funciona, mucha gente cree que es mi vida. Hace poco una mujer se enfadó mucho cuando dije que no. '¡Dígame qué es vida y qúe no!'. Casi me pega. Un caso de trabajo demasiado bueno.

P. Así que también hay vida.

R. Seguro que hay algo.

P. Pero en el libro resuena sobre todo el placer de contar historias.

R. Contar historias es importante desde antes que la gente supiera leer y escribir. Lo malo es que hay que tener algo interesante que contar, porque si no la gente se levanta y se va. Al fin y al cabo, esto es un acto de comunicación, no un tipo hablando mientras se afeita. Pero sí, me gusta imaginarme que soy un narrador oral. Aunque no sólo hay que ser interesante, sino presentar bien la historia, procurar que se entienda, que sea maravillosa y placentera, que no parezca hecha en serie. Saber lo que vas a decir y luego intentarlo.

P. ¿Le resulta fácil?

R. Me resulta duro y estresante. Sólo escribo en verano, de ocho a once de la mañana. Más no puedo. Algunos trabajan 14 horas, conducen taxis, enseñan y, además, escriben. Una época intenté ponerme la disciplina de trabajar ocho horas. Acababa exhausto, me dormía, y lo que hacía no era igual que cuando estaba fresco. Prefiero dormirme leyendo a otros que escribiendo cosas mías. Necesito descanso y tranquilidad.

P. ¿Le inspira más el campo?

R. Más que la ciudad. En un lugar pequeño, de 3.000 personas, todos se conocen, mejor o peor, y ves a gente de todas las edades, de 5 años a 90. En la ciudad te rodea mucha gente pero conoces a poca, y casi todos se parecen bastante a ti: misma edad, mismos ingresos, casas, caniches, coches...

P. Ordenadores...

R. Pienso y escribo a mano. Cuando veía las líneas de la parte de arriba del ordenador me parecía que las palabras venían de otro sitio, que se habían colado en mi texto.

P. ¿Piensa mucho sus cuentos?

R. Sí, pero cuando empiezo sé lo que quiero hacer. Escribo el final cuando llego a mitad de camino y luego sigo. Eso me da un destino, un faro, un plan. Luego voy frase a frase. Dicen que es raro, pero ¿acaso los panaderos o los carpinteros se ponen a trabajar sin saber qué van a hacer, diciendo 'ya se parecerá a algo cuando termine?'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de marzo de 2002