Hay un argentino contento
Argentina atraviesa la peor crisis de su historia. La economía está paralizada. Las multitudes hacen colas ante las embajadas para huir al extranjero. La gente oscila entre la rabia y la desesperación. No obstante, hay un argentino, uno al menos, feliz. Miguel Schclarek cree que nunca se dieron condiciones más propicias para realizar el sueño de sus 57 años de vida: transformar su país en un lugar más justo, generoso y plenamente humano.
'Me siento contento', dice Schclarek sonriente, 'la vida de repente parece tener un sentido no individual, sino colectivo. Me siento entusiasmado. Veo un despertar en la sociedad'.
A diferencia del anhelo de buena parte de la clase media argentina, Schclarek, arquitecto de profesión, de origen polaco, no desea irse a vivir a España. Es más, vivió 10 año en España, hasta 1996. Fue asilado político y le fue muy bien. Llegó a tener una empresa en Madrid con 13 empleados. Posee los papeles para volver cuando quiera. Pero cuando le ofrecieron la posibilidad a fines del año pasado de regresar, y con trabajo, decidió que no.
'Me encantó España', dice, 'la extrañé muchísimo al principio. La sigo extrañando. El recuerdo del queso de Cabrales, por ejemplo, me produce una nostalgia atroz. Pero acá hay cosas importantes que hacer. Hay millones de personas pobres y malnutridas en este país, y si tenés un poco de sensibilidad, no te podés quedar al margen'.
Schclarek participa en un pequeño grupo que planea las actividades de la Asamblea de Almagro y dice que hay que aprovechar el momento: 'El agua nos llegó al cuello. O, como se dice, han llovido bombas silenciosas sobre el país. Lo cual significa que nunca hubo un momento como ahora para promover el cambio fundamental en la sociedad, para que la Argentina deje de ser un país de individuos, de un consumismo imbecilizante, en la que predomina la filosofía del sálvese quien pueda'. Las asambleas populares ofrecen, según Schclarek, la oportunidad de generar un nuevo foco de poder.
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