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La regla y su excepción

La aldeana y (si no fuera meridianamente clara) indescifrable intentona, movida en algunos sectores de la profesión del cine, de rechazar a Los otros bajo la disparatada especie de que no es una película española, se vino abajo anoche estrepitosamente. La gente de la Academia reconoció con sagacidad en esta hermosa, inteligente y arriesgada película de Alejandro Amenábar toda la finura, el talento y la notabilísima eficacia profesional que lleva dentro. Y ocho de los goyas que distinguen a la creatividad fueron para ella con justicia, pues es una obra de ambición, equilibrio y calidades evidentemente superiores a sus tres competidoras.

La regla se cumplió y sólo la sombra de una absurda excepción la empañó, pues Los otros es una obra de gran talla artística que merecía haberse medido de tú a tú con la otra gran película española del año, En construcción. Es un error -y me temo que hay que hablar de disparate, sea quien sea el responsable de este despropósito- que En construcción, un poema cinematográfico exquisito y de hermosura excepcional, una vigorosa y singularísima creación fuera de norma de José Luis Guerín, compitiese (y obviamente ganase) en el recién creado apartado especializado del cine documental; y que no compitiera, siendo como es Cine absoluto, mayúsculo, en el apartado de la mejor película a secas.

Uno de los prodigiosos actores naturales de En construcción, el albañil y filósofo marroquí que subió a recoger en nombre de José Luis Guerin el goya al mejor documental, trajo con un golpe de gracia, de oportunidad y de cordura a primer término la idea (dirigida a su cámara) de este inmenso cineasta de que "si eres fiel a la realidad, ésta no te traicionará", lo que es un enunciado insuperable de su busca de la ficción poética profunda que palpita dentro de esta película de especie única, que merecía -como su director, que inexplicablemente no entró (nuevo despropósito, sea cual sea su origen) en la lucha por el premio a la mejor realización- entrar con Los otros en la lucha por el gran goya de la noche.

Por otro lado, estaba cantado el goya a la mejor actriz y la canción sonó. Pilar López de Ayala es el más rotundo descubrimiento del cine español en el año 2001 y se merece ser ganadora en su igualada pelea de tú a tú con la magnífica Nicole Kidman. Es más, la evidencia de la elegante y poderosa creación de la actriz australiana en Los otros da más mérito, altura y solidez al reconocimiento alcanzado anoche por Pilar López de Ayala, que sostiene por sí sola a su Juana la Loca. Y, sin salir de este capítulo, hay que añadir que tan exacto como el goya a Pilar López de Ayala es es el logrado por Eduard Fernández, indiscutible mejor actor del año por su riquísima, llena de endiablada energía, burlona y exacta creación mefistofélica de Fausto 5.0.

Irrefutable es tambien el premio a la mejor música a Alberto Iglesias por su partitura de Lucía y el sexo. Y parecen indiscutibles, pues evidentemente se trata de dos rotundas revelaciones, los goyas a los mejores intérpretes revelación del año, que fueron a manos de Leonardo Sbaraglia, por su trabajo en Intacto, y a Paz Vega por su creación de Lucía y el sexo. Y sonaron a menos convicentes, porque dejaron fuera al magnífico Gael García Bernal de Sin noticias de Dios y a la extraordinaria Najwa Nimri de Lucía y el sexo, los premios a las mejores interpretaciones de reparto para Emilio Gutiérrez Caba por El cielo abierto y a Rosa María Sardá por Sin vergüenza. Hay mucho mérito en sus trabajos, pero no me parece que alcancen esa chispa de alta distinción que derrochan las dos creaciones que se quedaron en la cuneta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de febrero de 2002