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COLUMNA

Ciencia

Pocas son las alegrías de la columnista, en los tiempos que corren. Cierto, una puede hacerse un apaño con la feroz lección para barbudos que se está desarrollando en Guantánamo, o lamentarse acerca de la forma alevosa en que Argentina le ha fallado al fabricante de esos alimentos congelados que siguen anunciándose en la tele y los cines, inmutables a la pesificación, y en los que la joven protagonista le dice a papá, antes de prepararle el pollo a la chilindrón, que está pensando en empezar una nueva vida en el dilapidado país austral.

Mas todo ello te deja un regusto amargo, y cuando llega el día de escribir esta gacetilla, después de pasar un par de semanas de merecida holganza, te preguntas qué puedes destilar en este espacio que no chorree ira, impotencia y resentimiento. ¿Qué hacer?

De pronto, cielos: no hay dios que apriete hasta ahogar, según parece. Puntualmente llega en auxilio de la cronista una noticia publicada, dónde si no, en la sección de Sociedad, apartado Amenidades Científicas. Ya el título, El aroma de los genes de papá, hace que corra en busca del balancín que suelo utilizar para mecerme mientras no salgo de mi asombro. Y hago bien.

Porque, gracias a la importante noticia, comprendo la razón de que siempre me hayan atraído los señores bajitos, energéticos y circuncidados. Trátase de la herencia paterna. Según un experimento dirigido por dos investigadores de la Universidad de Chicago, que por lo visto no tenían nada mejor que hacer, resulta que las damas, a la hora de ponerle el ojo a un tipo, y quien dice el ojo dice la pestaña, preferimos al hombre que huele, genéticamente hablando, lo más parecido a papi. Como ven, se trata de un hallazgo que todas estábamos esperando cual perras.

Lo cual me desorienta porque, casi a hombre pasado, como conviene a mi edad, rememoro y no encuentro en mi currículo amoroso hombre alguno que apeste a bota de coñac. Y ello resulta desconcertante, dado que el paquete genético-oloroso que mi progenitor me transmitió debió quedar definitivamente alterado por el hecho de que era el hombre, fundamentalmente, un fundamentalista del Fundador.

Me temo que la ciencia también ha ingresado en la Iglesia de la Cienciología.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de enero de 2002