Los argentinos esperan escépticos nuevas medidas mientras cesan los 'cacerolazos'
La bolsa abría al alza, descendía cien puntos la tasa de riesgo que corren los inversionistas (instalada desde hace 20 días en la cumbre más alta del mundo, cercana a los 5.000 puntos), funcionaban los trenes, el subte (metro), circulaban los coches y hasta había quien se tendía a tomar el sol del verano. En suma, la ciudad de Buenos Aires parecía ayer la capital de un país normal.
Pobre, con problemas, pero en calma, y con necesidad de una tregua y de vacaciones aunque no sea más que en la bañera después de cerrar el año en medio de la crisis institucional más grave desde que se iniciara la transición democrática en 1983.
La mayoría de los ciudadanos han saltado de un año a otro casi sin enterarse. '¿Sabés que no me di cuenta?', reconocía la psicóloga Susana López de la Fuente. Y agregaba: 'Esperemos que, como dicen los peronistas, 'los únicos privilegiados vuelvan a ser los niños', porque las consecuencias de la crisis recaen sobre ellos de un modo que nadie imagina. Yo puedo verlo cada día en la consulta'.
El deseo de la mayoría a la hora del brindis fue casi unánime: 'Esperemos que el año próximo al menos no sea peor que lo fue éste'. Si hubiera sido posible, millones de ciudadanos hubieran despedido el año a patadas en el culo. Todo indica que el país se fue paralizando día tras día. No había dinero, no había consumo. Los comercios vendieron el 50% menos de lo habitual en época de fiestas.
Los cacerolazos han cesado. El último fue leve y sonó a modo de advertencia el pasado martes a la medianoche cuando el pleno del Congreso designaba a Eduardo Duhalde para suceder a Rodríguez Saa.
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