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Tribuna:AMÉRICA LATINA TRAS EL 11 DE SEPTIEMBRE

Riesgo y oportunidad

Han pasado dos meses desde el aciago martes en que, con una brutalidad que desdibuja todos los precedentes, el terrorismo internacional descorrió la cortina mostrando una realidad oculta e insospechada a la sociedad pos-muro de Berlín. Hay un antes y un después en la percepción de la seguridad y la inseguridad en Estados Unidos, que afectará a todos los ámbitos de la vida individual y colectiva, a los modos de producción, a los flujos humanos y de inversión, a la cultura de la era de la información.

'Conocen mejor nuestros agujeros que nosotros los suyos', me decía Clinton en su paso por Madrid, cuando comentábamos la estrategia para combatir la amenaza de los fanáticos dispuestos a morir para matar y destruir.

En la mayoría de los países centrales, la seguridad tras la superación de la guerra fría o se daba por supuesta sin tener en cuenta la multiplicidad de conflictos regionales que la cuestionaban, o se mantenía la convicción de que estos conflictos se podían aislar en sus propios límites territoriales. Ciegos ante las amenazas que se gestaban en rincones ocultos de sociedades cerradas, se abría paso el desarrollo del escudo espacial antimisiles como la fórmula milagrosa para garantizar la seguridad de la nueva era.

Una propaganda de mercado sin reglas y crecimientos continuos ocultaba la gravedad de las crisis financieras regionales de los países emergentes y sus efectos sociales. El casino financiero internacional reaccionaba rápidamente, retirándose de las zonas afectadas, de las próximas o de las que, a miles de kilómetros, se consideraban parecidas.

Se evitaba mirar hacia el África subsahariana, aceptando como inevitable su marginalidad para el sistema y, como consecuencia, su condena a un futuro sin esperanza.

Hace un mes decía, en esta misma tribuna, que 'de golpe se empieza a comprender que la globalización de la información, de la economía, de las finanzas y, ahora, del terror y la inseguridad, no es una alternativa que podamos aceptar o rechazar, sino una realidad diferente, en muchas dimensiones, nueva, a la que ha de responderse con nuevos paradigmas, de acuerdo con valores e intereses compartidos que den sostenibilidad al modelo'. Sería más correcto afirmar que se debería empezar a comprender que la globalización es un fenómeno de interdependencia creciente, que puede ofrecernos un después mejor si se asume como tal y se lucha por un nuevo orden incluyente del mayor número de seres humanos de este planeta conectado. Si no es así, el después mostrará más fracturas, más peligros con crecientes dificultades de seguridad.

En Buenos Aires, en la reunión del Foro Iberoamericano, la percepción de la nueva realidad, en el mundo político, empresarial y cultural, es de pérdida de relevancia tras los acontecimientos del 11 de septiembre. Más allá de las obligadas declaraciones para mantener el tipo, las conversaciones de fondo revelan pesimismo, incluso una desesperanza ante el futuro que no había percibido antes.

Es inútil recordar que la crisis económica no es la consecuencia directa del 11 de septiembre. En algunos casos como el de Argentina, la recesión dura desde 1998. En la casi totalidad de la región, las elecciones de los últimos lustros se han ganado con programas de desarrollo y los Gobiernos se han desempeñado con programas de ajuste. Los periodos de fuerte crecimiento económico han concentrado el ingreso a la espera de que rebose para que llegue a las mayorías sociales. Pero antes de que ese milagro del evangelio neoliberal se produzca, una crisis financiera, nacional o importada, 'aconseja' mayor rigor en el ajuste que, como no podía ser de otro modo, pesa sobre los débiles ingresos de la mayor parte de la población.

Sin embargo, aun aceptando que la crisis de los países centrales afectará seriamente a los países emergentes, América Latina tiene ventajas relativas de extraordinaria importancia para el futuro inmediato que le permitirían acortar la duración y disminuir la profundidad. Su irrelevancia por no constituir una amenaza de terrorismo fanático puede convertirse en uno de los rasgos más positivos de un futuro relevante, para la propia región y para los países centrales ligados a la región.

En México, las prioridades básicas de su desarrollo, sus intereses como nación que lucha por la modernidad, convergen con las de Estados Unidos, su socio principal en el Tratado de Libre Comercio, ya se trate de seguridad, de energía, de los flujos migratorios o del crecimiento con mejor reparto del ingreso. Seguramente, la tormentosa relación histórica con el vecino del norte distorsiona, cuando no impide, esta visión convergente de intereses y valores.

Nadie se atrevería a negar que México necesita mejorar sustancialmente su nivel de seguridad, en sentido estricto -disminución de la criminalidad-, y en sentido amplio -en las relaciones civiles y mercantiles, entre los ciudadanos y las administraciones, o entre los propios poderes internos. Para Estados Unidos, el 11 de septiembre ha cambiado dramáticamente su percepción de la seguridad, que pasa a ser la prioridad de las prioridades. La frontera mexicana, con su inmenso flujo de personas y mercancías, adquiere una transcendencia mucho mayor que la que ya tenía. Se constituye en el interland más sensible para su propia garantía frente a la penetración terrestre de las amenazas que teme.

En materia de energía, también concebida como seguridad estratégica, las necesidades mexicanas de mejora de su capacidad de producción y transformación coinciden asimismo con las de sus vecinos y ofrecen oportunidades inéditas para México, si supera algunas de las trabas legales y de los temores a la penetración en la cocina de su vecino. Petróleo, gas, producción eléctrica, fundamentales para el desarrollo de México, son, ahora, más importantes que nunca para Estados Unidos. El desarrollo del plan Puebla-Panamá adquiere una nueva dimensión a la luz de estas perspectivas, afectando al sur de México y la totalidad de Centroámerica.

Los emigrantes, vitales para México con sus remesas, necesitados de regularización en numerosos casos actuales y más aún para el futuro, han pagado las consecuencias del ataque terrorista, pero constituyen una necesidad creciente para Estados Unidos. La sostenibilidad de su seguridad social, la atención a una población crecientemente envejecida y el propio sistema productivo necesita el trabajo de la inmensa población joven de México. Educación y formación de esta población joven, para su desarrollo en Estados Unidos o para emplearla en su propio país, equilibran la interdependencia, dando a México una posición que hoy no tiene.

El crecimiento mexicano, con la mejora constante en la distribución del ingreso que disminuya la brecha entre las mayorías sociales y los grupos que lo concentran, es un objetivo proclamado por los dirigentes mexicanos, no solo políticos, sino empresariales y sociales. Pero si setenta millones de mexicanos tuvieran en su horizonte la posibilidad de situarse en la media de renta de los 20 millones de compatriotas que emigraron al norte, no sólo transformarían la realidad y el futuro de su país, sino que incrementarían seriamente las posibilidades de toda la zona del Tratado de Libre Comercio.

Todos estos factores combinados hacen de México un país altamente relevante. La respuesta a sus problemas básicos de seguridad, de modernización de su aparato productivo, de desarrollo económico con equidad social, constituyen sus mejores objetivos nacionales y son parte de la solución a las prioridades de sus vecinos del norte.

Si nos desplazamos hacia el sur podemos reproducir el razonamiento, aunque eliminemos la dimensión de frontera inmediata. Desde los descubrimientos gasísticos bolivianos hasta las reservas venezolanas, colombianas, ecuatorianas o argentinas, América Latina cuenta con variables estratégicas altamente significativas para Estados Unidos en la crisis actual.

La mejora de la seguridad para el conjunto del continente, ya se trate de Colombia, Perú o la propia Argentina, al margen de los problemas fronterizos, es imprescindible para su propio desarrollo, para la atracción de inversiones duraderas, para el turismo de Estados Unidos, de Canadá y de Europa. En todos esos campos que definen el futuro de los países centrales y emergentes, América Latina tiene un potencial inexplorado que se ha puesto de manifiesto -desordenadamente y en algunos renglones- en los primeros noventa, pero tendrán mucha mayor relevancia en los próximos años, por inevitables razones de desconfianza hacia otras áreas del mundo como destino de las inversiones o de los flujos turísticos, así como de garantía para los suministros energéticos.

América Latina necesita salir del círculo de crecimiento con concentración de riqueza y ahorros colocados en el exterior, acompañados de una sociedad pauperizada, sobreexplotada. Mejorar su capital humano, con más y mejor educación, más y mejor sanidad, y mejorar su capital físico, con más y mejores infraestructuras de telecomunicaciones, comunicaciones y energía, será una contribución decisiva para una buena distribución del ingreso, para una mayor sostenibilidad del desarrollo de los propios países iberoamericanos y para un futuro más seguro y previsible de Estados Unidos y Canadá.

El riesgo de la irrelevancia por no constituir una amenaza se convierte en esta perspectiva en la mejor oportunidad de ser parte de la solución, sin serlo del problema. Solución para insertarse en el nuevo orden que emergerá tras los acontecimientos del 11 de septiembre y la superación de esta primera crisis mundial de la globalización. Si los setenta y los ochenta fueron la oportunidad del sureste asiático, las primeras décadas del siglo XXI pueden ser la de América Latina.

Felipe González es ex presidente del Gobierno español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de noviembre de 2001