Impunidad
Los informes policiales son desoladores. Todo el operativo especial montado por los responsables de seguridad apenas ha servido para nada. Ni las horas muertas de vigilancia pasiva, ni la intervención de agentes de paisano que dicen haber enviado pudieron lograr unos resultados mínimamente alentadores, tan sólo unas detenciones y poco más. Esta vez no se enfrentan a una compleja mafia del crimen organizado, un poderoso cartel de narcotraficantes o una banda terrorista. Nadie diría que quienes traen de cabeza a nuestros policías, aquellos a quienes no logran meter en cintura, ésos ante los cuales están dispuestos a tirar la toalla son una banda de mocosos de doce a quince años.
Mocosos, eso sí, de alto riesgo, porque su menoría de edad les permite operar con una impunidad ciertamente aterradora. Son los adolescentes que continúan sembrando el pánico en los semáforos de la Castellana, los mismos que han convertido los cruces de Cuzco y la plaza de Lima en las estribaciones de Sierra Morena. Hace casi un año que en esta misma columna les relataba, por haber sufrido en carne propia, el modus operandi de estos niñatos que te asaltan a lo Curro Jiménez con la chulería añadida de quienes no temen castigo alguno sencillamente porque la ley ni siquiera lo contempla. Hará unos seis meses que les comentaba también una segunda experiencia personal muy similar y no lo hacía motivado por la pasión narradora del abuelo Cebolleta, sino para alertarles y sugerirles que tomen sus precauciones tratando de avergonzar de paso a la Delegación del Gobierno por consentir tan descarada forma de bandolerismo urbano. A tenor de los acontecimientos no puedo declararme orgulloso de mi capacidad de influencia. Porque, lejos de disminuir la intensidad de los asaltos en esos cruces, este verano se han duplicado. Así se deduce del número de denuncias formuladas por esa causa en las comisarías de Tetuán, Fuencarral y Chamartín.
Y no tengo la menor duda de que dichas denuncias reflejan tan sólo una mínima parte de los incidentes que se producen, ya que la inmensa mayoría de los afectados no pasa por comisaría sabedores de lo escasamente útil que resulta tal gestión. Supongo que todo no será tan fácil como uno imagina, pero me cuesta entender cómo no han logrado evitar que asalten a la gente sabiendo el lugar exacto y casi la hora en que lo hacen. Lo peor de todo es que la actitud de los chavales que realizan esta práctica delictiva es cada día más violenta. Algunos de los últimos relatos de sus víctimas son realmente espeluznantes. Conductores que sintieron en el cuello el filo de la navaja empuñada por un crío que muy poco perdería de practicar una improvisada traqueotomía, o que se han visto rodeados de cinco o seis mozalbetes amenazándoles de muerte mientras procedían a registrar su coche hasta debajo de las alfombrillas. La sensación de impotencia y desamparo es tremenda. A pesar de ello, esto que sucede a diario en los cruces de la Castellana y de la avenida de América no tendría mayor trascendencia que la bochornosa reiteración de un delito considerado menor de no ser porque anuncia el advenimiento de un fenómeno de mucha más envergadura. Estos chicos son rumanos o magrebíes, sobre los que la Administración no tiene actualmente un mínimo control social ni educativo y para los que la delincuencia es casi una alternativa natural. En esa misma circunstancia están miles de chavales hijos de inmigrantes que van descubriendo hasta qué punto nuestro sistema es inoperante con los menores que se dedican a hacer fechorías. Es una vida aparentemente fácil y realmente tentadora al no haber temor a correctivo alguno. Los sindicatos policiales están hartos de denunciar la ineficacia de su propia labor por no poder actuar legalmente contra los adolescentes que detienen. Con ellos únicamente es posible tomar medidas cautelares en centros de internamiento sólo si se demuestra que son reincidentes, y, de darse el caso, la efectividad de esas medidas es simplemente irrisoria. El resultado es que, tras pasar unas horas en comisaría, los detenidos vuelven tranquilos a su cruce para seguir robando bolsos, móviles y gafas de sol. De no poner remedio legal y educacional a esta situación pronto una legión de adolescentes con patente de corso se habrá apoderado de la calle. Un caldo de cultivo óptimo para la xenofobia.
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