Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La caravana humanitaria continúa su ruta en Colombia bajo la amenaza de grupos armados

"Si pasan, la pagan", aseguran las llamadas recibidas por una organización de la comitiva

La encrucijada la resolvieron tomando un camino más complejo: dirigirse hacia la localidad de Morales, donde los paramilitares de ultraderecha tienen una fuerte presencia, para, desde allí, internarse en una zona minera y rural en la que están presentes las guerrillas de izquierda. Arribaron sin mayor contratiempo a Moralitos, aldea de Morales, y repartieron alimentos, medicinas, herramientas... Permanecerán dos días en el cercano pueblito de Micoahumado y podrán rumbo, a pie o a lomo de mula, hacia las minas de oro de Teta de San Lucas, donde dejarán otra parte de la carga.

El viaje no es de placer. Ayer, pasadas las 10 de la mañana, el teléfono de la organización de Derechos Humanos Sembrar, en Bogotá, sonó: "Si pasan, la pagan". La amenaza fue contundente y escueta. Es la tercera que reciben los organizadores de una caravana que ha sido criticada desde que se presentó en Bogotá el 2 de agosto.

Las propias ONG españolas que trabajan permanentemente en Colombia, en una reunión celebrada en Bogotá unos días antes, debatieron la pertinencia de la caravana y concluyeron que la organización pecaba de "cierta ingenuidad". "La zona a la que van está marcada de guerrillera, por tanto cada persona que reciba parte de la ayuda de la caravana quedará marcada [como guerrillera]", dijo un cooperante español.

Pero la expedición continúa muy a pesar de las amenazas paramilitares que, según un periodista local que les acompaña (se han sumado varios, lo que puede redundar en cierta seguridad extra), sufrieron algunos cooperantes en su avance. El propio Gobierno colombiano pidió ayer a la caravana que regrese, y aseguró que todos los alcaldes, "sin excepción", de las poblaciones situadas en la ruta original habían declarado no grata la visita.

En la reunión en la embajada se trató precisamente la forma en que se ha complicado la seguridad en Colombia para el trabajo de la cooperación internacional después del secuestro de un ex gobernador, al que la guerrilla bajó de un vehículo de la ONU, y de tres cooperantes alemanes.

Ni visto ni oído

Ayer, en San Pablo -epicentro de la disputa entre favorables y contrarios a la Zona de Encuentro para alojar las negociaciones oficiales con el Ejército de Liberación Nacional (ELN)- nadie parecía haber visto u odio nada en los dos días en que la embarcación La Marcela permaneció bloqueada con sus 70 pasajeros y tres toneladas de ayuda humanitaria a bordo.

Los únicos que hablan son los líderes de los movimientos contrarios a la Zona de Encuentro. Precisamente el martes, el Gobierno anunciaba la ruptura de las negociaciones con el ELN (ambas partes se acusan de falta de voluntad), por lo que el problema del despeje parece de momento alejarse, para bien de la aventura cooperante.

Rafael Ramos, líder de No al Despeje, está en el semidestruido puerto local. "Ellos [la caravana] pueden contar lo que quieran, pero si se negaban a dejar aquí la ayuda humanitaria y pretendían ir a la zona minera, significa que quieren ayudar a los campesinos amigos de los elenos [miembros del ELN]". Estas palabras coinciden al milímetro con un comunicado anónimo que circuló ayer por la zona y que terminó de tensar el ambiente: "Según parece, las verdaderas intenciones de esta caravana es llevar ayuda a los terroristas del ELN y a todos sus auxiliadores".

La caravana respondió con otro comunicado en el que señalaba las amenazas recibidas y denunciaba "los señalamientos irresponsables" contra la expedición.

Al igual que Ramos, Pedro Castellanos, dirigente local de Asocipaz (la asociación que agrupa a los municipios contrarios a la desmilitarización para los diálogos de paz), deja entrever conexiones no confesadas entre cooperantes y guerrilla, y también parece conocer bien los puntos del río en el que los paramilitares pretenden bloquear de nuevo la caravana.

Lo que pudo pasar era grave, porque estos movimientos tenían bloqueos en otros puntos del río y en las zonas rurales que debía atravesar la caravana. Lo que pasó fue que las amenazas recayeron sobre los conductores de los camiones que iban a trasportar la ayuda y que los miembros de la caravana tuvieron que desistir de entrar a la zona rural de San Pablo.

El juego del miedo es permanente. Mientras La Macarena bajaba el río en dirección a Morales, lanchas con hombres vestidos de civil, pero con radioteléfonos, la rondaban.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de agosto de 2001