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Más de 50 satélites con carga nuclear caerán en la Tierra en los próximos años

Se calcula que hay unos mil kilos de combustible nuclear en órbita y 1.600 de material radiactivo

Nueve de los 56 satélites nucleares que están actualmente en órbita son estadounidenses (el último fue lanzado en 1976) y el resto, de la antigua URSS. Sólo dos son artefactos de telecomunicaciones, los demás son satélites espías de observación de la Tierra, casi todos dotados de cámaras ópticas o infrarrojas para ver de noche y a través de las nubes. Son 31 sistemas con reactores nucleares, cada uno con 31 kilos de uranio 235, el resto llevan generadores de radio isótopos -pilas nucleares- con plutonio o polonio.

'Se utilizaron reactores y generadores nucleares porque estos satélites tenían tecnologías primitivas que exigían mucha energía, y que los antiguos paneles solares no podían suministrar', explica Belló-Mora. 'En 1988, la ONU sacó una reglamentación prohibiendo colocar en órbita nada que pueda causar problemas en 300 años'.

Todos estos satélites nucleares fueron situados en el espacio a unos 900 kilómetros de altura sobre la superficie de la Tierra, en órbitas polares con una leve inclinación respecto al eje de rotación terrestre, de manera que sobrevuelan todos los rincones del planeta excepto unas reducidas áreas en los casquetes polares. Los reactores, al ir blindados, no se destruyen al reeentrar en la atmósfera. La Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA) tiene diseñados planes de emergencia e instrucciones para actuar en caso de reentradas no controladas de satélites con energía nuclear.

Desde su puesta en órbita, estos satélites han ido perdiendo altura y se calcula que la mayoría caerán en el plazo de 20 años. Como sobrevuelan toda la Tierra, pueden caer en cualquier lugar, pero hay que tener en cuenta que dos terceras partes de la superficie del planeta son agua y que la población está muy concentrada en determinadas áreas, por lo que el riesgo de que estos artefactos causen daños importantes o víctimas no son muy grandes.

Lluvia radiactiva

Pero puede pasar, y ha sucedido en el pasado, con graves consecuencias en algún caso. De las siete reentradas de equipos en órbita consideradas peligrosas que ha habido hasta el momento, en tres de ellas el riesgo se debía a la carga nuclear. En enero de 1978 se produjo el peor de estos accidentes de caída, cuando reentró en la atmósfera el satélite soviético Cosmos 954, con un generador nuclear que no se quemó al entrar en contacto con el aire. El artefacto generó una estela de lluvia radiactiva del 2.000 kilómetros de longitud en el norte de Canadá, recuerda Belló-Mora, ingeniero espacial de la empresa Deimos Space. Tras el accidente, los soviéticos recogieron el reactor y descontaminaron la zona.

Otro satélite del mismo tipo, el Cosmo 1402, cayó en el Atlántico en enero de 1983, y el Cosmos 1900 sufrió un accidente en una maniobra de aparcamiento del satélite en una órbita segura y se produjo la reentrada del mismo en septiembre de 1988.

Junto a estos tres casos, completan la lista de las siete reenetradas de riesgo -por la masa del artefacto, no por radiactividad-, la de la estación espacial estadounidense Skylab, en julio de 1978, que cayó en el Océano Indico y el Oeste de Austrlia; la de la estación soviética Saliut 7, cuyos fragmentos cayeron en Argentina en febrero de 1991; la del módulo lunar ruso Cosmos 398, en diciembre de 1995 y la del satélite militar chino China 40 FSW 1-5, en marzo de 1996.

Los satélites con carga nuclear son ahora simplemente piezas muy peligrosas de basura espacial, no estan operativos, carecen de combustible para hacer maniobras de control de sus trayectorias y se conoce su posición y órbita sólo gracias a los rastreos por radar.

EE UU utiliza su sistema de alerta de misiles para vigilar también los miles de fragmentos de basura espacial que ya inundan los alrededores de la Tierra y que suponen un serio peligro para los astronautas y para los satélites operativos.

Observatorio del Teide

También la ESA y varios países tienen programas de seguimiento de basura. En concreto, en el observatorio del Teide, en Tenerife, se rastrea el cielo en busca de restos de satélites y de cohetes con un telescopio óptico dedicado integramente a esta función, dentro del programa de la ESA. Las piezas que están a gran altura, como los satélites de telecomunicaciones en órbita geoestacionaria (a 36.000 kilómetros de altura sobre el ecuador) se siguen bien con telescopios ópticos; mientras que que para ver los artefactos que están más bajos hay que recurrir al radar.

'Hay unas 10.000 piezas de basura espacial con posibilidades de seguimiento (10 centímetros en órbita baja y un metro en órbita geoestacionaria), a lo que hay que sumar billones de diminutas partículas orbitando alrededor de la Tierra', explica Belló- Mora. 'Son desde pequeñas partículas de pintura hasta grandes estruturas fuera ya de su vida operacional', continúa.

El riesgo de la basura espacial no sólo se debe a la posibilidad de que trozos o piezas de masa considerable sobrevivan a las altas temperaturas que sufren al entrar en contacto con la atmósfera, no se quemen e impacten en el suelo. También suponen un peligro en órbita, para los astronautas, para las estaciones espaciales y para los satélites operativos.

No es raro que los transbordadores espaciales tengan que hacer maniobras en vuelo para evitar el impacto de algún fragmento de basura de cuya presencia y trayectoria advierte el servicio de vigilancia en Tierra. Los astronautas, cuando realizan paseos espaciales, corren también peligro: a 400 kilómetros de altura, donde ellos trabajan, la probabilidad de recibir el impacto de un fragmento de 0,1 milímetro (que puede perforar el traje espacial) es de una vez cada diez dias, y los paseos suelen durar unas seis horas. En cuanto al impacto de fragmentos mayores, de un milímetro, que casi seguro supone la muerte del astronauta porque son como balas a 28.000 kilómetros por hora, la probabilidad de impacto es de uno cada tres años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de julio de 2001