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COLUMNA

El advenimiento de Bush

El presidente Bush llega mañana por primera vez a Europa, entrando por su puerta española, antes de viajar a Bruselas a la OTAN y al Consejo Europeo de Gotemburgo, y seguir hacia el Este. La lista de las cuestiones importantes que separan a los europeos -en la medida en que existen como tales- de esta Administración, es no sólo larga, sino ancha. En el campo de los valores, los esfuerzos desplegados por la UE en los últimos meses contra la pena de muerte en EE UU no han dado fruto alguno. Puede que haya tantos partidarios o más de la pena de muerte en Francia o en el Reino Unido, pero la supresión de la pena capital se ha convertido en definitoria de Europa. Algunas disputas comerciales se han resuelto, como la del plátano, pero otras pueden ir a más en una economía globalizada. Europa debe volver a pensar sus relaciones con EE UU cuando vivimos en otro mundo.

En cuanto al escudo antimisiles, el problema de fondo no está en que Europa se oponga a tal programa, al que se resignará, sino que teme quedarse atrás tecnológicamente y aumentar su dependencia de EE UU; que la carrera armamentista se traslade al espacio; que de una doctrina de disuasión se pase a otra de defensa, sin atajar la proliferación, más aún tras la negativa del anterior Senado a ratificar el Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares, y que aunque puedan considerar que el tratado ABM (que limita los sistemas antimisiles entre EE UU y Rusia) haya quedado desfasado, temen que Bush desmonte la red de acuerdos de control de armamentos que se labró durante la guerra fría y que sigue teniendo efectos positivos, sobre todo ante la falta de alternativa. El verdadero temor europeo es al unilateralismo de un EE UU que no quiere una estructura jurídica de la globalización como la que supone un Tribunal Penal Internacional. Es un unilaterlismo basado no sólo en el poder, sino en la creencia de que tienen razón.

La pérdida, en competencia con otros europeos, del escaño que tenía EE UU en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU ha generado desconfianza transatlántica. La decisión de Bush de no cumplir con los compromisos adquiridos en Kioto sobre medio ambiente, pese a que intenta suavizarla con propuestas alternativas, tampoco ha gustado, aunque ahora Berlusconi se ha apuntado a esa línea. Las diferencias con respecto a Corea del Norte, China, Rusia, Irak, o la gobernabilidad de la globalización, son motivo de distanciamiento.

Incluso hay recelos respecto a América Latina, con este presidente, que es el más latinoamericano que ha tenido EE UU, país que se ha convertido en el segundo de habla hispana del mundo. Algunos han creído ver que de la reciente Cumbre de las Américas en Quebec ha salido 'más que un camino hacia los Estados Unidos de las Américas, otro hacia las Américas de Estados Unidos'. ¿Cómo se engarzará en estos planes esta España volcada hacia América Latina? Va a ser uno de los temas más apasionantes de los próximos años, si Madrid no se duerme, pues, desde que llegó a Exteriores, Piqué no se ha reunido con los embajadores del Grupo de América Latina (GRULA), para enojo de éstos.

El deseo de mayor autonomía europea despierta en la Administración de Bush más recelos que en la de Clinton. Se atribuye a un asesor de Bush la opinión de que el euro no les preocupa mientras no entre el Reino Unido, pero la aplastante victoria de Blair cambia la situación. Además, algunos republicanos consideran que algunos europeos (los franceses) tienen una agenda oculta -contra la OTAN, claro- en el desarrollo de la Identidad Europea de Defensa. Los gastos militares (salvo en lo que ahora propone Chirac) dicen otra cosa, y las relaciones entre la UE y la Alianza Atlántica progresan. EE UU sigue siendo la 'potencia indispensable'. Bush lo sabe. Los europeos, también.

aortega@elpais.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de junio de 2001