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Una exposición evoca en París la historia de las utopías de la humanidad

'Visiones del futuro' une arte y ciencia de todas las épocas en el Grand Palais

La eternidad está a nuestro alcance. Basta con erigir una pirámide, con hacerse momificar, con esperar el juicio final, con soñar con una III Internacional triunfante. Los caminos del hombre no son inescrutables, y la exposición Visiones del futuro, que arranca hoy en el Grand Palais de París y permanecerá abierta hasta el 1 de enero de 2001, procura escrutarlos con imaginación, humor y rigor. Para hacerlo, sus tres comisarios han convocado obras de todas las épocas, de máscaras neolíticas a instalaciones de Ilya Kabakov, de la Jerusalén celeste imaginada por un judaísmo que inventa su Más allá a la Kinshasa de Bodys Isek Kingelez.

El paraíso

El recorrido se abre con el deseo de que el cuerpo venza a la muerte, con los rostros de arcilla que reproducen los rasgos de los fallecidos, los cráneos envueltos en hojas de oro, las figuras mágicas, las máscaras funerarias de los aztecas o, más simplemente, la escultura en mármol de quien sueña con sobrevivir al olvido. Se trata de perpetuar la imagen del difunto, de construir para la eternidad o de glorificar a los héroes. Esa salvación individual de volver a convertirse en polvo tiene sus construcciones colectivas. Las religiones han imaginado una segunda vida para el alma y, a veces, para el cuerpo. El juicio final es un tema tratado por miles de artistas que se resucitan, que ponen ángeles a pesar almas, que envían jinetes a organizar el tráfico hacia el infierno. Una gran tapicería inspirada en grabados de Durero preside todas las variaciones sobre el tema, incluidas las reencarnaciones budistas. A partir de un cierto momento, una vez cruzada la frontera del siglo XII, la Iglesia católica admite que hay demasiadas almas pululando en espera de apocalipsis y pone en pie la sala de espera, el purgatorio.

Máquinas

El paraíso tiene muchas versiones. Para Gauguin estaba en Tahití, entre mujeres en pareo y frutales generosos; la mezquita de Damasco lo veía a través del mosaico como una ciudad ideal; Gustave Moreau nos envía de nuevo a un mundo que aún no sabe del pecado; Vladímir Tatlin lo celebra simbólicamente con un monumento constructivista al paraíso terrestre que será el comunismo.Para Zeev Gourarier, uno de los comisarios, la exposición nace "de las preguntas que tuvimos que ponernos tras la caída del muro de Berlín. ¿Podíamos seguir creyendo en el futuro tras ver lo ocurrido en el siglo XX?". De ahí los tres grandes temas que aborda de manera interdisciplinar la muestra: el triunfo sobre la muerte, la espera del fin de los tiempos y "soñar la modernidad". El mito de Babel, pintado entre otros por Lucas van Valckenborgh, ocupa un lugar importante entre las utopías terrestres y Gourarier propone una relectura contemporánea: "Babel es una metáfora de la mundialización. Dios castiga a los hombres a hablar distintas lenguas para recordarles el peligro de la uniformización, del totalitarismo, de querer borrar la diversidad".

Arte y ciencia se dan la mano en la exposición. Las máquinas voladoras de Panamarenko aparecen junto a un modelo en tres dimensiones de las ideadas por Da Vinci o al lado de grabados que envían el hombre a la Luna subido a una bicicleta con hélices. El francés Couffignal inventa la computadora mediados los años cuarenta, cuando aún no dispone de los medios técnicos para hacerla funcionar, y su monstruo lleno de lámparas es hoy una escultura; Paul Arzens fabrica un coche eléctrico de aluminio y en forma de huevo mientras el americano Tom Shannon nos propone un videofilme que recoge toda la imaginería utopista de varios siglos para reconvertirla en geografías volantes, islas paradisiacas que levitan incontaminadas. La visita se acaba con la instalación de Kabakov titulada Incidente en el museo. Dos grandes salas acogen una serie de telas neocezannianas y con títulos optimistas que celebran al héroe socialista. Pero el suelo de las dos salas está lleno de barreños que recogen el agua de unas goteras obsesivas, concebidas como partitura musical. El bromazo no sólo desmiente las sonrisas del obrero estajanovista o del buen campesino koljosiano, sino que comenta irónicamente el destino de todas las exposiciones o de todas las utopías.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de octubre de 2000