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Crítica:BIENAL DE FLAMENCO

Una cuestión de familia

Sin florituras gratuitas

Infinitud de formas

Baile: Pepa Montes. Toque: Ricardo Miño. Piano: Pedro Ricardo Miño. Cante: Enrique Soto y Segundo Falcón. Percusión: Manuel el Pájaro. Sevilla, Teatro Central, 27 de septiembre.

Esta Infinitud de formas es evidentemente una cuestión de familia. Familia de artistas, en la que sus tres miembros se reparten los papeles: Ricardo la guitarra, Pepa el baile y Pedro Ricardo el piano. Además, todos los aspectos de la producción y la dirección.Ricardo y Pepa, pareja en la vida y en el arte, son viejos conocidos nuestros. Él como guitarrista no muy conservador, abierto siempre a explorar nuevas corrientes de música que incorporar al flamenco. En el concierto de anteanoche en el Central, donde, de alguna manera, dirigió todo el tinglado escénico, sus toques se atuvieron a la ortodoxia sin ningún atisbo innovador. Él, personalmente, pareció no hallarse en su mejor forma, pero con frecuencia nos hizo recordar la brillantez que en otros tiempos era frecuente en su guitarra.

Seguimos con la ortodoxia. De Pepa Montes qué vamos a decir. Sólo aparecer en escena, sentada en una silla y en actitud desbordante de flamencura, es ya un espectáculo que se aplaude. Luego levanta los brazos, se pone en pie y comienza un lento desarrollo del baile que hoy apenas puede verse ya. Un baile recogido, ensimismado, que transmite emoción y tiene señorío. Siguiriyas, la caña, alegrías, tangos. Cuatro piezas maestras en el cuerpo de Pepa Montes.

Y Pedro Ricardo, el niño. Que ya es un hombre, por supuesto, y cuyo piano tuvo también una notable presencia en el concierto. Un piano muy pegado a los sonidos flamencos, que no se pierde en florituras gratuitas. A veces tan íntimamente entrañado con lo jondo, que su piano parece ejercer simplemente una labor de sustitución de la guitarra e incluso de la voz. Ocurrió en las malagueñas, del Mellizo y de la Trini.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 29 de septiembre de 2000