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Editorial:

La depresión del euro

El tipo de cambio del euro ha vuelto a deprimirse frente al dólar hasta situarse en un nuevo mínimo. Ayer marcó 0,8676 en una pendiente descendente que parece no tener fin. Los últimos movimientos a la baja se han agudizado precisamente tras unas declaraciones del canciller alemán en las que atribuía a la depreciación de la moneda europea una parte de la recuperación económica de su país, al haber potenciado las exportaciones a sus vecinos de Europa central. Tratando de tranquilizar a sus votantes, Schröder ha sometido a una ducha helada a la ya convaleciente moneda europea, pero sería un error aún más grave considerar que la crisis del euro se debe a una simple frase. Al mismo tiempo se han dado a conocer nuevos indicadores de productividad de la economía estadounidense que ponen de manifiesto que su moderada desaceleración actual es compatible con un uso muy eficiente de los factores. Ahí radican los males del euro, en la incapacidad de las economías de la UE para sustentar un crecimiento económico progresivo en mejoras sustanciales de la productividad del trabajo. Quienes confiaban en la elevación de los tipos de interés del BCE como un eventual neutralizador de la debilidad del tipo de cambio habrán verificado que los mercados de divisas han interpretado lo contrario; porque con el precio del dinero más caro, las posibilidades de que el continente europeo afiance su crecimiento son menores. En consecuencia, la atracción de los activos denominados en la moneda americana sigue siendo intensa. Las propias empresas del área euro siguen invirtiendo capital en la compra de compañías estadounidenses, tratando de aprovechar sus ganancias de eficiencia.

La depresión del euro refleja también inevitablemente la debilidad política de la Unión Europea, la ausencia de una sola voz que ofrezca respuestas a los problemas que plantea gestionar una moneda común para situaciones económicas bien diferentes. La transición a la nueva economía se percibe como un proceso lento, no exento de obstáculos de naturaleza estructural. El único signo de esperanza es que tanto las instituciones europeas como los Gobiernos son conscientes de que es urgente abordar reformas estructurales profundas para eliminar esos obstáculos.

Ya no cabe interpretar de forma optimista las repercusiones de la depreciación aguda del euro que se está produciendo en los últimos días, como de forma errónea ha expuesto el canciller alemán. A la depreciación frente a la moneda en que se paga el precio del barril de petróleo se añade la subida del precio de éste, y el efecto combinado es una amenaza dramática no sólo a la estabilidad de precios, sino al propio crecimiento en los términos que hasta hace poco se anticipaban para el continente. No hace falta decir que el impacto de esa factura es tanto mayor cuanto mayor es nuestra dependencia del crudo y más intensa la tasa de crecimiento de la inflación, circunstancias ambas que se simultanean en el caso español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de septiembre de 2000