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Entrevista:MUJERES: GERMAINE GREER. FEMINISTA Y ESCRITORA

"El futuro está en las mujeres desposeídas"

Leicester
Treinta años después de hacerse famosa con La mujer eunuco, una auténtica guía para la búsqueda de la emancipación de la mujer a través de la confianza en sí misma, Germaine Greer (Melburne, Australia, 1939) ha revisado aquella exigencia de libertad con una nueva obra: La mujer completa (editorial Kairós). Ahora que una aparente igualdad ha agudizado las contradicciones sufridas por las mujeres -enfrentadas al peligro de pensar que lo tienen todo o bien tratando de llegar a todo-, la autora ha vuelto a la carga. Esta vez, las protagonistas de la búsqueda de su identidad son las olvidadas de la Tierra. Millones de mujeres humilladas de países en desarrollo en las que ha depositado su esperanza del verdadero poder.

Para ser el libro que Germaine Greer prometió no escribir nunca, La mujer completa tiene un título de lo más llamativo. Brillante, controvertida y terca hasta la imprudencia, la escritora, catedrática de Inglés y Estudios Literarios Comparativos en la universidad británica de Warwick, admite sin reparos que hace tres décadas no conocía a suficientes mujeres pobres como para hablar de ellas con la agudeza dedicada en La mujer eunuco a sus compañeras del mundo rico. Los innumerables viajes efectuados desde 1969 han abierto sus ojos a una segunda ola feminista en formación al margen de intelectuales como ella misma. La revolución que anuncia, y de la que surgirá la auténtica mujer completa, se fragua hoy entre las mujeres desposeídas de China, Tailandia o el mundo islámico. Solas pero amenazadas ya por el feroz consumismo occidental, el futuro está para Greer en manos de las mujeres que se han hecho fuertes en las circunstancias más precarias.Educada en el convento australiano Estrella del Mar de Gardenvale (Victoria), además de las universidades de Melburne, Sidney y la británica de Cambridge, la autora asegura con cierta sorna que las monjas le mostraron la primera ruta del feminismo. Castigada en el colegio por polemizar, la madre superiora le abrió inopinadamente los ojos dándole una singular opción. "Podrás ser una santa o una pecadora, depende de ti", le dijo. La niña Germaine, que conservó un buen recuerdo de las religiosas, decidió explorar la "segunda y más excitante opción". Criticada y admirada a partes iguales por sus colegas, venerada por sus alumnos y arropada por sus amigos, ha decidido fustigar a las feministas de salón por ignorar que "tenerlo todo" es una forma de opresión de las hermanas más necesitadas.

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Pregunta. ¿Por qué no puede el feminismo occidental hacer nada por las mujeres oprimidas de sociedades que las anulan por motivos sociales, culturales o religiosos?

Respuesta. Las mujeres de países desarrollados forman parte del proceso de dominación del resto del mundo. Tanto, que encarnan al enemigo para mujeres como las iraníes, que rechazaron las organizaciones femeninas patrocinadas por el fallecido sha porque intentaban imponer una cultura americanizada a costa de la propia. Para mi sorpresa, en las universidades de Irán no había entonces reformistas marxistas ni feministas al uso occidental. Estaban llenas de mujeres que llevaban el chador como un signo de rebelión. Lo malo es que llegaron los mulás y restablecieron la sociedad patriarcal que las arrojó a las tinieblas. Cuando las mujeres sufren así y la exclusión apenas les deja sobrevivir, la única solución es rebelarse. Yo creo que lo harán, porque no tienen más remedio que repudiar su realidad. Las feministas occidentales, por el contrario, han llegado a no rechazar siquiera el yugo de un mercado enriquecido a costa de hacerles creer que deben estar bellas y deseables en todo momento.

P. ¿No corre el peligro de idealizar así otras culturas hasta el extremo de condonar o ignorar actos como la mutilación genital femenina sólo porque son presentados como tradiciones mantenidas por mujeres?

R. En absoluto. El problema es otro. Estamos tan seguros de nuestras supuestas verdades que hasta hemos definido los derechos humanos para el resto del mundo. Yo no he visto a todas las mujeres, claro, pero en África me han pedido que dejemos de hablar de ellas desde el punto de vista de sus genitales. A ninguna africana se le ocurriría acudir al foro de las Naciones Unidas para discutir las cesáreas o histerectomías, otra forma de mutilación muchas veces gratuita, sufridas por las británicas. Sólo abogo por abandonar la falsa postura feminista que pretende convencer a mujeres con culturas sexuales muy complejas de que les están robando la capacidad de sentir placer. También nosotros rajamos a las parturientas con un supuesto acto médico innecesario llamado episiotomía. También las adolescentes de nuestras ciudades se atraviesan los genitales con anillas o piden implantes de mama. Lo único que digo es que una cosa es apoyar a las mujeres de Egipto o Somalia que quieren desterrar la ablación femenina y otra bien distinta convertirla en un delito. Si un extranjero les dice que abandonen una tradición, ésta adquiere de inmediato un valor integrador añadido.

P. Pero es que las protagonistas de esas mutilaciones son niñas de ocho o nueve años que no saben lo que ocurre y son forzadas a ello por sus propias madres para no ser diferentes y, a la postre, encontrar marido.

R. La mayoría de los hombres africanos con los que he hablado ni siquiera sabían si sus esposas estaban circuncidadas. En serio. A ellos no les interesaba nada. Es una práctica compleja que varía en cada país y es realizada por las mujeres para reforzar el sentido de pertenencia a la comunidad. No es la operación monstruosa que creemos. Hasta la ONU sabe que la salud sexual que patrocina en África es demasiado occidental.

P. De todos modos, parece algo arriesgado comparar un aumento artificial de mama o la cirugía estética misma con algo así.

R. Lo que a mí me interesa es la percepción de la mujer de lo que ella cree que busca el hombre y la lleva a cambiar su cuerpo sin necesidad. Me intriga averiguar por qué las mujeres cortan o aumentan las partes de su cuerpo que les parecen poco atractivas, mientras los varones ni sueñan en pasar por el quirófano. Es un problema de inseguridad. Se supone que la mujer tiene que estar joven, pero no así su compañero. Es desesperante. Con esa teoría, las que tenemos 61 años estamos acabadas. Es una forma de pornografía social que invade incluso las revistas del corazón. No hace falta que muestren modelos desnudas. Basta con presentar a la famosa que acaba de ser madre y ha recuperado su figura en un tiempo récord. Las únicas que parecen salvarse de momento son las sociedades latinas.

P. ¿De veras lo cree así?

R. La madre latina le enseña a su hijo varón a cortejar a la mujer. Cuando vivía en Italia, me sorprendió la tranquilidad con que la mamma le decía a su hijo que fuera amable con la chica de la que decía estar enamorado. En el norte de Europa, por el contrario, la mujer se cree poco deseable, porque no es amada con propiedad. La mujer completa tal vez resulte un libro demasiado anglosajón para las españolas, pero deben darse cuenta de que dicha cultura es cada vez más uniforme y condiciona incluso los usos sexuales. Mis estudiantes, por ejemplo, se quejan de que sus novios no pierden el tiempo en seducirlas. El sexo está tan a mano desde la primera adolescencia que hay que estar siempre dispuestos. Incluso a costa de los embarazos precoces y no deseados. El latino, en cambio, todavía te sigue con la mirada para encender el deseo.

P. Parece usted tener fe en el cambio de todo y todos, excepto de los varones, a los que sigue llamando idiotas, fantasiosos e injustos.

R. Es que los hombres son unos inútiles. Yo misma he vivido siempre con varones que podían haber sacado mucho más partido de sus cualidades y no lo han hecho. De haber aplicado el mismo esfuerzo que dedican al fútbol a su intelecto, habrían redactado una nueva Constitución. No tenían nada de tontos, y no es que no les quisiera. El problema son sus pequeñas obsesiones, que les sumergen en su mundo, ya sean los ordenadores o el deporte. Por eso sigo pensando que el único futuro está en el feminismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de julio de 2000