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Una exposición recoge los aspectos originales de los objetos del siglo XX

A Coruña acoge hasta septiembre los fondos del Museo de Artes Decorativas de Montreal

Temerosos quizá de ser acusados de frivolizar o de pretenciosos, los diseñadores han venido defendiendo desde el modernismo la funcionalidad y la universalidad de sus creaciones. La muestra Artes decorativas del siglo XX: aspectos originales, organizada por el Museo de Artes Decorativas de Montreal con sus fondos y expuesta desde ayer en la Fundación Barrié de la Maza de A Coruña, por primera vez en España, recoge las disidencias, las producciones hechas resistiéndose a la austeridad.La muestra permanecerá abierta al público hasta el 30 de septiembre.

Lenguaje del cuerpo

Los objetos expuestos sucumben, según David M. Stewart, presidenta del museo canadiense, "a la intervención de cualidades humanas como el humor o el placer". Artes decorativas del siglo XX: aspectos originales son 213 piezas que recogen un siglo de transgresiones a los principios del modernismo al posmodernismo, pasando por todo lo intermedio. Desde un colgante de René Lalique fechado en 1898 hasta la famosa botella de perfume diseñada en 1993 por Jean-Paul Gaultier, un cuerpo femenino de cristal vestido con un corsé de metal.Hay otros famosos, de diverso tipo, en la lista de infractores: Picasso, Dalí, Ettore Sottsass, Alessandro Mendini, Philippe Stark, Frank Gehry, Issey Miyake, Gaetano Pesce, Paco Rabanne o Raoul Dufy; pero también se recogen piezas de artesanos desconocidos y de anónimos proyectistas industriales, lo que prueba que la tentación de la fantasía no es prerrogativa de los genios.

La muestra está organizada alrededor de cuatro pecados capitales del diseño. El primero, evidentemente, la tentación de reproducir la carne, es decir, el cuerpo humano, contra la prohibición vanguardista de la reproducción literal de lo antropomórfico.

En esta sección, Lenguaje corporal, se incluyen muestras casi ortodoxas, como el jarron Tripod de Picasso (una cabeza humana sostenida por tres pies) pero también propuestas (realizadas) casi desternillantes: los sillones Up 5 (embalado en una caja de cartón normal, al abrirlo se convierte en una muñeca redonda) de Gaetano Pesce o el Molar de Wendell Castle (un diente enorme). O juegos irónicos como un brazalete de Bruno Martinazzi en forma de mano, que agarra la muñeca de la persona que lo lleva.Las piezas incluidas en Inversión y Transformación atacan frontalmente al axioma de que la forma depende de la función. En algunos casos, mediante la transformación de objetos normales en fantasías artísticas caprichosas, como (entre otros) el jarrón Mizar de Sottsass, dotado de asas hasta en el borde.

Otros ejemplos arremeten contra la esencia racional de los objetos, como las cajoneras onduladas Side 1 y Side 2 de Shiro Kuramata o las numerosas muestras de jarrones (Wilhem Kage, Chris Lebeau) que destacan por su (aparente) inestabilidad. Hay también inversión del sentido común o de las expectativas del observador en diseños donde lo duro tiene aspecto de blando y viceversa, como la tumbona Bubbles, de cartón y madera, del arquitecto Frank Gehry. O allí donde se rompen las asociaciones tradicionales entre técnicas y materiales: los vestidos de papel de Miyake o los metálicos de Paco Rabanne.

"La evolución de la cultura se produce cuando los objetos útiles son privados de todo ornamento", dejó ya sentada su condenación del adorno Adolf Loos, en 1908, en el ensayo Ornamento y delito. ¿Es el ornamento un crimen?, retrucan los responsables del Museo de Artes Decorativas de Montreal.

Quizá la abundancia de transgresiones del anatema del adorno explique el carácter menos vistoso de esta sección de la muestra, centrada sobre todo en diseños textiles y en motivos florales seriados, aunque el mueble de salón Calamobio, zoomórfico, incrustado y pintado de Mendini, sea un sólido ejemplo de pecado contra la austeridad y la simplicidad.

La cuarta sección del montaje es un compendio por exceso de lo anterior. Vuelos de fantasía es una reivindicación no ya de la imaginación, sino de la irracionalidad o de los recuerdos de niñez aplicados al diseño industrial. El reloj derretido que Dalí utilizó en diversos formatos (aquí, un broche llamado The persistence of Memory) es un ejemplo clásico, pero no más sorprendente (por su utilización real), que el póster diseñado por Paul Rand para IBM con una reinterpretación absolutamente personal del anagrama de la empresa.

"Quizá los objetos más sorprendentes y fantásticos son aquellos que fingen ser lo que no son", dicen en el catálogo de la exposición Lenore Newman y Jan L. Spak. Hay muestras de ese engaño. Brillantes como el sillón Moonlit garden de Masanori Umeda, que sólo su tamaño permite distinguirlo de una flor artificial, o irónicos, como el tejido Linoleum, del ceramista Tony Cvonstanzo, que imita el recubrimiento sintético para suelos (que a su vez nació para imitar al mármol).

La representante del museo, Diane Charbonneau, informó de que "algunos objetos fueron concebidos como arte, otros con una mera intención comercial. Casi todos proceden de donaciones, de coleccionistas o de los propios autores, pero en general producen un deseo de usarlos, de sentarse en ellos". Desgraciadamente, no dejan de ser intocables piezas de museo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 2000