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Tribuna:

Ariel (Dorfman) o la agonía de una ilusión.

Mi admiración por Ariel Dorfman no ha cesado de crecer con el tiempo. Lo estimo como uno de los más talentosos autores contemporáneos y también como crítico insobornable de la atroz dictadura que azotó su país natal, Chile. Por eso, a raíz del caso Pinochet, tomé como brújulos brillantísimos artículos que publicó en este periódico, llenos de dolor y ansia de justicia verdaderamente democrática, voz de los ofendidos de siempre por las dictaduras. Por eso mismo no puedo dejar de expresar la dolorosa decepción que me produjo la lectura de su texto El milagro de Elián (EL PAÍS, 2 de mayo de 2000); un artículo que, a mi juicio, no está en absoluto a la altura de su autor y que, precisa y paradójicamente por eso, resulta emblemático. En este texto, Dorfman expresa claramente la agónica, obstinada ilusión de buena parte de la izquierda con respecto a la dictadura de Fidel Castro en mi país natal, Cuba.Dorfman no defiende abiertamente a Castro, pero la persistencia de su ilusión le impide entender con claridad la esencia de la tragedia cubana y concluir, por tanto, lo que al inicio del nuevo siglo debería de ser evidente para todos: que las dictaduras "de izquierda" son tan execrables como las "de derecha". De ahí que en el caso de Chile exigiera sucesivamente, y con toda razón, primero, plebiscito; segundo, elecciones libres; tercero, cese de la tutela militar sobre la democracia; cuarto, juicio al dictador. Por contra, en el caso de Cuba se limita a una tímida solicitud de carácter gremial, pedirle a Castro que autorice la libre circulación de libros. Pero, como incluso eso es imposible en una dictadura, y Dorfman lo intuye, no se decide a exigirlo como lo que es, un derecho natural de toda sociedad civilizada, sino que se lo sugiere a Castro (a quien llama "Fidel", como si fuera natural, por ejemplo, que un demócrata llamara "Augusto" a Pinochet), como un gesto de reciprocidad hacia los norteamericanos o como el anticipo de uno propio.

Me pregunto por qué un intelectual tan lúcido y de trayectoria tan impecablemente democrática como Ariel Dorfman no acierta a exigirle a un dictador lo que con toda justicia le exigió al otro. Me pregunto por qué utiliza dos varas de medir. Me respondo que esta asombrosa ceguera se debe a que la obstinada ilusión de raíz arieliana, característica del pensamiento antimperialista latinoamericano, se encarnó en Cuba. Así, para Dorfman, la raíz de la tragedia cubana no está en el totalitarismo que se enseñorea sobre el país hace más de 41 años, la más larga de las muchas dictaduras que ha sufrido el continente latinoamericano y quizá incluso el mundo, sino en lo que, con reveladora confusión, una vez llama "bloqueo contra Cuba" y otra "embargo norteamericano contra Castro". Los escritores sabemos que en sentido estricto no existen sinónimos, que Castro no significa Cuba y que las palabras "bloqueo" y "embargo" no quieren decir ni dicen lo mismo. A mi juicio, lo que Estados Unidos tiene establecido contra el Gobierno cubano es un embargo comercial. No obstante, concuerdo con Dorfman en que el susodicho embargo es "... uno de los fracasos más extraordinarios de la política exterior de Washington a lo largo de su historia", y uno mi voz a la suya y a la de todos aquellos que reclaman su inmediato levantamiento. Por ilegal e inmoral, pero también por estúpido y contraproducente.

De modo que, al igual que Dorfman, estoy absolutamente en contra del embargo. Pero mucho me temo que Castro no esté de acuerdo con nosotros. Los dictadores necesitan siempre un enemigo exterior frente al que clamar unidad y a quien hacer responsable de todos los males provocados por sus desacuerdos. ¿Y qué mejor enemigo que Estados Unidos? ¿Qué mejor embeleco que parodiar la fábula de David contra Goliat? Castro sabe que mientras consiga mantener el disfraz de David se le perdonará todo: la falta absoluta de libertad de opinión, de asociación y de prensa; la represión típicamente fascista llevada a cabo por las Brigadas de Respuesta Rápida; el exilio de dos millones de personas; el presidio político contra opositores pacíficos e incluso el crimen. Sí, crímenes atroces como el hundimiento del transbordador 13 de Marzo ordenado por el Gobierno cubano, en el que murieron decenas de personas, entre ellas casi una docena de niños, por el que nadie ha sido juzgado y que la conciencia internacional no le hubiera perdonado a nadie, salvo al impostor de David. Castro lo sabe, de ahí que asesinara también impunemente en el espacio aéreo internacional a cuatro jóvenes pilotos, y que lo hiciera apenas unos días antes de que Clinton se viese ante el dilema de vetar o no la maldita ley Helms-Burton. Con ese crimen Castro dejó a Clinton sin otra alternativa que firmar la ley y garantizó sine die el mantenimiento del embargo.

Sé que es difícil representarse tanta maldad. Ariel Dorfman la concibe en Pinochet, no así en Castro. Sin embargo, no me parece tan complicado comprender que el Gobierno cubano tiene la posibilidad de comerciar libremente con el resto del mundo, y que si no lo hace es porque la desastrosa política económica de la dictadura y el corte de los subsidios que los rusos le otorgaban a cambio de compensaciones políticas, como la participación cubana en las guerras de Angola y Etiopía, lo han dejado sin recursos. Hay más, hace unos días Castro se dio el lujo de romper unilateralmente las negociaciones con la Unión Europea en protesta porque en Ginebra se volvió a condenar a su Gobierno como contumaz violador de los derechos humanos. Se hizo el ofendido, a costa de mantener aislada a Cuba, como si, por sólo citar un ejemplo, Marta Beatriz Roque Cabello, René Gómez Manzano y Vladimiro Roca no continuaran en prisión por el "delito" de haber escrito un texto crítico hacia su Gobierno.

Dorfman se refiere, justamente, a "... una nación cubana extenuada por problemas económicos y resentida por tensiones sociales y políticas". Pero no acierta a concluir que ni unos ni otras se deben al embargo, sino a la política de una dictadura que estimula la inversión extranjera al tiempo que prohíbe la de los cubanos de la isla, como prohíbe también su participación democrática, convirtiéndolos así en parias económicos y políticos en su propia tierra. Pero Dorfman está convencido de que el embargo es la madre de todos los males de Cuba, como Castro desea que lo esté, y por eso es capaz de preguntarse: "¿La población cubana de Miami odia más a Fidel de lo que ama a Elián? ¿O van a insitir en castigar a él y a tantos otros chiquitines por el solo hecho de no haber escogido el exilio?". Es decir, Dorfman da por hecho que quien castiga a la población de la isla es el exilio, no la dictadura. Ante un despropósito de tal calado, me pregunto: ¿acaso Dorfman ignora los desmanes de Castro?, ¿no sabe tampoco que el primer rubro de ingresos cubanos en divisas -por sobre el turismo, la zafra azucarera, la minería y el tabaco- está constituido por las remesas que los exiliados, y principalmente los residentes en Miami, enviamos a nuestras familias respectivas? En todo caso, lo remito al ensayo del economista cubano residente en Cuba Pedro Monreal Las remesas familiares en la economía cubana" (Revista Encuentro de la cultura cubana, número, 14).

Insisto en que la forma de pensar de Dorfman tiene entre nosotros una profunda raíz en el Ariel o la agonía de una obstinada ilusión, de José Enrique Rodó. La Cuba de Castro encarnaría el ideal, el bien, frente a Estados Unidos como representación de la materia y, en última instancia, del mal. Así, Ariel Dorfman, que por méritos propios e indiscutibles es profesor distinguido de la Universidad de Duke y reside en Estados Unidos, le concede al vivir en ese país una única ventaja sobre el hacerlo en la Cuba de Castro, la de gozar de "algunas libertades", aunque de inmediato acota, "por lo menos teóricamente". Me pregunto por qué, entonces, no se va a vivir a Cuba y a profesar en la Universidad de La Habana con un salario de 400 pesos (ojo, no de 400 dólares). Pero, como lo admiro y lo estimo, le sugiero que no lo haga; una personalidad tan libre y proteica como la suya no podría sencillamente vivir y crear en la Cuba de Castro, y no sólo, desde luego, por razones materiales. Lo peor, sin embargo, es que esa forma arieliana de pensar a Cuba constituye una poderosísima corriente en parte de la izquierda, que no se limita, ni mucho menos, al continente latinoamericano. Debo decir que también yo fui presa de esa obstinada ilusión y que me costó muchísimo romper con el encantamiento. No por ello he dejado de considerarme de izquierdas, sino todo lo contrario.

Jesús Díaz es escritor cubano exiliado en Madrid. Recientemente ha pubicado la novela Siberiana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de junio de 2000