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Tribuna:

Un nuevo Ejército

La elección de la ciudad de Barcelona para celebrar este año el Día de las Fuerzas Armadas, con el consiguiente desfile militar, ha abierto una significativa controversia en la sociedad barcelonesa.La generación de esta controversia es, en sí misma, un signo de vitalidad democrática y de sentimiento de implicación de las personas en las decisiones importantes de un país. Por ello, ante la existencia de este debate público, me ha parecido interesante aportar algunos elementos con el ánimo de contribuir a la reflexión.

Un acto de estas características, un desfile militar, tiene en estos momentos dos connotaciones. Por una parte, la formal e institucional que requiere un acto político de esta envergadura. Por otra, la de fondo, que implica para Barcelona y Cataluña la oportunidad de acercarse y hacer oír la voz de la ciudadanía a una de las instituciones más relevantes de los Estados modernos.

En lo que se refiere el aspecto formal, hay que recordar que la imprescindible colaboración de las instituciones catalanas pasa por la consideración debida a la primera autoridad de Cataluña. Esta consideración, que no sólo implica aspectos formales, sino también los políticos, parece evidente que no se tuvo en cuenta. Esta no es la mejor manera de gestionar un acto de esta transcendencia.

El Día de las Fuerzas Armadas debería haber propiciado un debate constructivo desde una ciudadanía caracterizada por tener una visión moderna de las instituciones y una voluntad de reconocer los avances realizados y las necesidades y prioridades para seguir acercando una institución clave en el Estado moderno a una sociedad que quiere ser activa en su diseño.

En efecto, de la visión de unas Fuerzas Armadas que representaban el régimen franquista, masivas en personal, que ocupaban el territorio, y con una escasa capacidad operativa, hemos pasado a una institución comprometida con la democracia, reducida en sus efectivos, que además los ha profesionalizado en su integridad, y que ha mejorado notablemente su material y operatividad.

Si aceptamos este cambio profundo en la orientación de las Fuerzas Armadas, el debate legítimo debería incidir en su papel futuro. La decisión sobre sus dimensiones y actuaciones corresponderá dirimirla a las fuerzas políticas depositarias de nuestro voto, que deben explicar a la ciudadanía el papel de la institución y recoger el eco que estas iniciativas suscitan.

Así, hay que explicar y entender que formamos parte de organizaciones supranacionales (UE, UEO, OTAN) que exigen contribuciones explícitas a los países miembros, en este ámbito como en otros muchos.

Hay que explicar y entender que el papel reciente de las FF AA españolas en el contexto internacional, en casos de ayuda humanitaria y / o política en países de América Central, han supuesto actuaciones -a mi modo de ver- encomiables, de las que podemos sentirnos orgullosos.

El papel mucho más delicado y difícil desempeñado en Europa recientemente -casos de Bosnia o Kosovo- ha supuesto, y sigue suponiendo, riesgos importantes por parte de los profesionales involucrados en la defensa de la paz, de la democracia y de la solidaridad. Yo creo que debemos hacer sentir a estos hombres y, crecientemente, mujeres nuestro apoyo.

A nadie se le escapa la importancia que la capacidad y competencia de las Fuerzas Armadas tiene en los países en el momento de hacerla pesar en las mesas de las organizaciones multinacionales, muy especialmente en la prevención y gestión de las grandes crisis internacionales.

No podemos, pues, simplemente aceptar que los demás nos resuelvan los problemas. Debemos tener el peso que nos corresponde en su debate y resolución, y para ello debemos dotarnos de los argumentos, la doctrina y la capacidad de actuación necesaria.

Como consecuencia de lo anterior, debemos conocer y hacer oír nuestra voz en cuanto al tamaño y eficiencia de nuestras FF AA, pero también debemos agradecer e incluir en la sociedad a un colectivo al servicio de la democracia, profesional y competente, del que deberíamos sentirnos solidarios y orgullosos.

Por todo esto, un acto institucional como éste hubiera requerido un esfuerzo muy superior y distinto del realizado, que transmitiera a la ciudadanía el significado del acto de forma que, en vez de generar un problema, se hubiera aprovechado como una oportunidad.

Jordi Mercader i Miró es empresario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de mayo de 2000