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La invitación de Marylin Monroe

La angustia de una escritora insegura de su poder de expresión, persistente, sin embargo, en la necesidad vital de la literatura, tiñen las confidencias, con frecuencia descarnadas, de sus diarios.Sylvia Plath se acusa de utilizar "trucos arcaicos y 'monos'' o de caer en ridiculeces "exótico-románticas". Es sumamente crítica consigo en esa búsqueda de una expresión alejada de los arquetipos de la literatura femenina. Una "voz propia y profunda" que, sin embargo, está absolutamente clara en estos diarios desde el principio.

Mientras se esforzaba comparándose con D. H. Lawrence, Dylan Thomas y, por supuesto, su propio marido, Sylvia Plath, sin advertirlo, ya había hablado con su propia voz en la intimidad de sus diarios. Una mujer que en los siete últimos meses de su vida fue capaz de escribir una colección impresionante de poemas que la han situado entre las grandes escritoras del siglo XX.

Su muerte violenta le abrió las puertas al Olimpo literario y al de los mitos de nuestro tiempo. No deja de ser curioso un sueño que relata en estos diarios. En él se le aparece Marylin Monroe "vestida como un hada madrina". Tienen una larga conversación mientras la actriz platinada le hace "una experta manicura" a la poeta y la aconseja sobre qué tipo de peinados o ropa debe usar. Al despedirse la invita a "hacerle una visita durante las vacaciones de Navidad, prometiéndole una vida nueva y floreciente".

Dos mujeres que vivieron intensamente su pasión por la expresión artística en un mundo de hombres que amaban y detestaban a la vez. Dos mujeres que se suicidaron con seis meses de diferencia, en la plenitud de su belleza y talento. Dos poderosas Afroditas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de marzo de 2000