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Gobierno de progreso o Gobierno de 'La marca'

Hace un mes prometí hablarles de los errores de confundir el "instrumento" Internet con el cambio cultural, en el sentido comunicacional, que comporta esta nueva era, así como de los elementos de insostenibilidad económica y social de la economía del pelotazo que estamos viviendo. Pero cayó en mis manos el libro de P. Krugman titulado El retorno de la economía de la depresión, y no resisto la tentación de comentarles que su visión de la crisis japonesa, (más la coreana y otras), parece un retrato anticipado de lo que nos puede ocurrir en España.La década de la crisis japonesa, con la explosión de la burbuja especulativa, fue, en gran medida, la consecuencia de lo que llaman "capitalismo de compadrazgo". Jefes de Gobierno, ministros de Hacienda y de Industria ligados a la gran banca y a los imponentes conglomerados industriales controlando el mercado, me recordaban, dramáticamente, a la concentración de poder financiero, económico realizada por Aznar y Rato, con un grupo de amiguetes, (los compadres de allí), casi todos procedentes de la "economía financiera". Esto es lo que Aznar llama "La marca" España.

Y digo que me lo recuerda dramáticamente porque Japón, a pesar de sus dificultades, sigue siendo la segunda economía del mundo, tiene mucho más ahorro y más capital humano que nosotros y, por tanto, más posibilidades de corregir sus errores con menos coste de los que tendremos que pagar los españoles por este "modelo-montaje", injusto socialmente e insostenible económicamente.

Cuando revienten las burbujas, creadas por gestores que no arriesgan su dinero porque son herederos designados del patrimonio público productivo, pueden arrastrar a las instituciones financieras que han ido ocupando en operaciones teledirigidas desde el poder, y la crisis previsible la pagarán los ahorradores y los contribuyentes, mientras ellos permanecerán ricos con su modelo de "opciones".

Mientras esta economía del pelotazo financiero, nacida de las privatizaciones, concentra la riqueza española en manos de muy pocos individuos, en mucha mayor medida que en ningún país occidental, los salarios reales crecen menos que los precios, las pensiones no participan en el crecimiento y están sometidas a los engaños de la subasta electoral del Gobierno; se recortan las prestaciones sanitarias como paso previo a la privatización de la asistencia sanitaria pública o se reducen las becas para limitar la igualdad de oportunidades.

Nuestra economía pierde, entretanto, productividad por persona ocupada, y también productividad en el conjunto de los factores. El oligopolio creado se orienta a controlar cuotas de mercado y no a ganar eficiencia y competitividad. Este Gobierno ha desmantelado órganos independientes de control y garantía de la competencia, en lugar de fortalecerlos en beneficio de los consumidores y usuarios, ciudadanos en general y empresarios pequeños y medianos, dependientes de la oferta del grupo oligárquico. Pero este fenómeno, que hay que corregir abriendo más la economía y fortaleciendo las reglas de la competencia, aún no se nota porque estamos en fase alcista del ciclo económico. Una política de progreso, eficiente y solidaria, exige más competencia y menos privilegios, más apertura y menos compadrazgo. Es intolerable que España tenga el menor ancho de banda para el uso de Internet de toda Europa, los precios energéticos más altos, así como los de comunicaciones y telecomunicaciones más caras.

El modelo que liga a las grandes instituciones financieras con el destino de las empresas participadas por su grado de imbricación comporta un peligro que nos puede costar muy caro a todos los contribuyentes, como ha ocurrido en Japón, en Corea y en otras economías que fueron ejemplo de "éxito" hasta los años noventa.

El siguiente error consiste en confundir, como dije al principio, un instrumento de comunicación motor de la revolución en curso, como es Internet, con la oferta mimética de los mismos bienes o servicios tradicionales a través de la red. Este cambio de la inteligencia analógica a la inteligencia digital se simplifica, con ceguera de analfabetos, creyendo que el secreto está en hacer lo mismo que siempre, pero utilizando Internet. Por ejemplo, cuando se ofrece en Internet el mismo periódico que uno recibe en soporte papel se comete un error más grave que si se pretendiera leer a los oyentes de una cadena de radio el contenido del periódico. Se comprende rápidamente que sería un desastre para la radio, porque son instrumentos de comunicación diferenciados, que exigen contenidos y estilos de oferta diferentes. Sin embargo, un instrumento aún más diferenciado que la radio como Internet, que nos sitúa en la inteligencia digital frente a la inteligencia analógica, se utiliza sin tener en cuenta que exige un cambio cualitativo en la oferta. Lo mismo ocurre cuando una entidad financiera, una empresa cultural o una organización de solidaridad cree que el secreto para superar la obsolescencia de sus actividades es hacer lo que solían, pero en Internet.

Si la oferta no es diferente, capaz de crear comunidades significativas conectadas a través de ese medio extraordinario, con vínculos de fidelidad a la identidad del oferente, que les añade valor, la relación fracasará. La red es abierta, por ello un número creciente de personas irán entrando en ella en cualquier lugar del mundo. Pero esto no significa que navegar por la red cree comunidades que compartan valor o interés ante cualquier oferta que se les haga a través de ella.

Por tanto, la nueva economía, que es también una nueva cultura cumunicacional, exige planteamientos de oferta radicalmente distintos y no simples traslaciones de lo que venimos haciendo al nuevo instrumento. Las cosas que están teniendo éxito de verdad a través de Internet, no las simples burbujas especulativas en el mercado de valores, son técnica y conceptualmente diferentes de las tradicionales, aun para las ofertas y demandas tradicionales, o son totalmente nuevas, creando valores y satisfacciones diferentes. Por eso van a fracasar muchas de esas burbujas especulativas, incapaces de "fidelizar" comunidades de usuarios o consumidores (más que fidelizar ejecutivos voraces y descomprometidos). Comunidades que confían en la identidad de los oferentes que les añaden valor.

Esto, como diría Fernando Flores, nos sitúa en la pregunta del post-Internet, es decir, nos retrotrae a la condición humana en su sentido más original. Si damos por supuesto que tenemos un nuevo instrumento, tan fantástico como los más entusiastas -lo conozcan o no- deseen, a partir del mismo, la comunicación entre los seres humanos va a cambiar acortando tiempo y espacio para realizarla, pero eso no cambia la condición de estos seres humanos que piden cosas que les resuelvan necesidades o les añadan nuevo valor. Seguirán formando parte de comunidades significativas, aunque éstas sean distintas de las habituales y añadidas a ellas; porque podrán situarse a miles de kilómetros de distancia. Lo local y lo global pueden conectarse por valores compartidos.

La nueva era está aquí, ya no es un futuro que hay que esperar. Se trata de que lleguemos a tiempo y de que la hagamos sostenible, económica y socialmente.

España, la de la "marca" que exhibe Aznar, camina hacia una creciente desigualdad, hacia una concentración abusiva de la riqueza que se crea, además de hacia el riesgo de implosión de la burbuja especulativa. Si continúan gobernando lo comprobaremos muy pronto. Seguramente ésa es la razón de fondo de que no acepten debates, ni entre los candidatos Aznar y Almunia, ni siquiera sectoriales. Tienen tanto temor a que se ponga al descubierto el impresentable modelo del pelotazo, que incumplen un deber democrático que habían exigido y obtenido cuando eran oposición.

Los progresistas, socialmente mayoritarios desde el centro a la izquierda plural, no sólo tienen el desafío de ganar el 12 de marzo transformando mayoría social en mayoría de escaños que lleven a Almunia a la presidencia del Gobierno de progreso, sino de evitar el bochornoso pelotazo y la perniciosa concentración de poder que están creando, con la mayor desigualdad social de cualquier democracia avanzada. Tienen la oportunidad de redistribuir mejor y más solidariamente la riqueza, y de ganar el futuro, con políticas activas que hagan posible una participación creciente del mayor número de actores en la nueva economía y en la nueva cultura. Éste es el factor clave de sostenibilidad social y económica. Justo lo contrario del "capitalismo de compadrazgo" que describe un Krugman que vería con asombro el modelito de Aznar y Rato.

Abrir la economía, garantizar la competencia y, sobre todo, preparar a las nuevas generaciones para la era digital, ayudar a las iniciativas emprendedoras que empiezan, con programas específicos de estímulo. Ése es el futuro de España, de la inmensa mayoría, frente a la de la oligarquización financiera, económica y mediática ligada a los actuales gobernantes.

Más que nunca, la elección se plantea entre un Gobierno de progreso, con un Consejo de Ministros al servicio de los intereses de la mayoría, y un Gobierno de derechas, sin otro proyecto que enriquecer a una minoría ligada al Consejo de Ministros, que se parece cada vez más a un Consejo de Administración de la "marca" España.

Y tan imprescindible como eso, pero más agobiante, es que haya un Gobierno central y un Gobierno vasco, apoyados estratégicamente por todas las fuerzas democráticas del arco parlamentario, que recompongan el acuerdo roto frente a la violencia. Tal como propone Almunia, la confianza y el diálogo entre los demócratas es imprescindible para acabar con los violentos. Los ciudadanos exigen soluciones y ven con claridad que el derecho a la vida y a la libertad no son negociables, sino exigibles a cualquier demócrata. Las reglas de juego deben ser respetadas, incluso cuando se quiere que cambien.

ETA no puede seguir marcando nuestra agenda.

Felipe González es ex presidente del Gobierno español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 08 de marzo de 2000.

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