Tribuna:EL NUEVO ORDEN MUNDIALTribuna
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La ronda del milenio después de Seattle

CÁNDIDO MÉNDEZLa respuesta masiva que los ciudadanos han ofrecido a la Conferencia de la OMC en Seattle ha ido más allá de lo previsto y no hace sino confirmar las posiciones que el movimiento sindical viene manteniendo sobre el comercio mundial, como son la necesidad de primar el interés social frente a otras consideraciones puramente mercantilistas.La OMC, que pretendía una vez más trabajar a puerta cerrada en un espacio puramente técnico, se ha visto desbordada por una movilización ciudadana, cuyo denominador común es exigir una mayor implicación política y social de los organismos internacionales. En otras palabras, a partir de Seattle, la OMC no va a poder mantenerse en la cámara acorazada donde se ha venido refugiando, sino que tendrá que hacer frente a un hecho incuestionable: el comercio influye en sentido positivo o negativo en las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población mundial.

Numerosos medios de comunicación han ofrecido mayor cobertura de la revuelta protagonizada por un escaso número de exaltados que de las manifestaciones multitudinarias convocadas por el sindicato norteamericano AFL-CIO, con la participación de una nutrida representación del sindicalismo internacional organizado en la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL). A diferencia de lo que han dicho aquí ilustres personajes a propósito de lo ocurrido en Seattle, la poco sospechosa revista Newsweek ha destacado el papel desempeñado por los sindicatos, que han sido capaces de superar antiguas posiciones, para "aliarse con estudiantes, intelectuales y defensores del medio ambiente".

El movimiento sindical internacional, esencialmente agrupado en la CIOSL -que representa a 125 millones de afiliados en 143 países del mundo-, dista mucho de estar constituido por grupos de aguafiestas o rebeldes sin causa, como en España se ha calificado a quienes han mostrado su disconformidad con un determinado modo de entender y aplicar la llamada globaliza-ción.

Se ha llegado a calificar de reaccionarios a los sindicatos, a las organizaciones sociales que exigimos, no el fin de la globalización (no somos tan ingenuos como para pretender parar el curso de la historia), sino una mundialización económica y comercial sujeta a reglas democráticas y no al poder avasallador de las multinacionales y los especuladores. Reglas tan básicas como la libertad sindical y de negociación colectiva, la no discriminación o la abolición del trabajo forzoso. Y, por supuesto, la eliminación del trabajo infantil, que malogra la vida de cientos de millones de personas, como puede comprobarse cuando llegan, si llegan, a la edad adulta. Y no se alegue que hay culturas en que el trabajo de niños y niñas no tiene por qué ser juzgado con criterios "occidentales"; porque la explotación laboral de la infancia no admite excusa posible y, mucho menos, en nombre de la diferencia de principios supuestamente civilizatorios.

Es de un cinismo ofensivo afirmar sin más, como se ha hecho, que en los últimos cuarenta años, gracias a la liberalización del comercio, el mundo ha conocido el más profundo progreso económico de toda su historia, porque se está equivocando, lamentablemente, conceptos básicos. Es verdad que la riqueza económica se viene incrementando espectacularmente en las últimas décadas, pero no para todos. Seamos serios. Cómo se pueden hacer estas afirmaciones, cuando la riqueza de las 225 personas más poderosas del planeta equivale al ingreso anual del 47% más pobre de la población mundial, cuando extensísimas zonas de la Tierra, como el África subsahariana, han sido abandonadas a su suerte (incluido el sida) porque no interesan a las economicistas razones del capital.

Para protestar contra estos hechos, y no para otra cosa, nos manifestamos en la cumbre de la OMC 40.000 ciudadanos. Lo que pedíamos en Seattle, y vamos a seguir exigiendo, es coherencia política en los planteamientos comerciales. Construyamos un orden mundial, con pocas o ninguna fronteras (¿hemos de recordar que el internacionalismo es un invento de la izquier-da?), pero desde los valores éticos que respeten al ser humano, que no hagan de él una mera mercancía, un factor desechable en los despiadados procesos de la rentabilidad del capital.

Cándido Méndez es secretario general de UGT.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 26 de diciembre de 1999.

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