Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

Cataluña cambia

CATALUÑA VIVIÓ ayer una jornada histórica. Al margen de quién sea el próximo inquilino del palacio de la Generalitat, los votantes pusieron término a la hegemonía política de la que ha gozado durante casi veinte años el nacionalismo conservador liderado por Jordi Pujol. El candidato socialista Pasqual Maragall cosechó más votos que su oponente de CiU, pero se quedó atrás en escaños. Es una situación insólita en la democracia española, que no sustrae legitimidad a la aritmética de las mayorías parlamentarias que se produzcan pero confiere una especial autoridad a Maragall. El fuerte impulso de su candidatura ha quedado a un paso del terremoto que venía reclamando. Pujol ha sufrido un serio revés que le deja a doce escaños de la mayoría absoluta, exactamente los que han conseguido tanto el PP como ERC. Este resultado le abre al menos la posibilidad de no depender en exclusiva del partido que gobierna en Madrid. El PP ya ha ofrecido sus votos, aunque es la alianza que menos desea Pujol y que llegó a descartar como compañero de gobierno durante la campaña electoral.La de ayer fue una jornada histórica porque los catalanes abrieron por vez primera la puerta a una posible alternancia, algo que hasta hoy no había ocurrido. Las cinco victorias consecutivas de CiU, la generosa utilización electoral de los medios de comunicación públicos y de la entera Administración autónoma, y el rosario de medidas calculadas para preparar la reelección -la rebaja de peajes y la gratificación a los pensionistas-, no fueron suficientes para aguantar el fuerte tirón de la coalición encabezada por Maragall.

Los catalanes han votado a favor del cambio y han equilibrado las cuentas electorales entre CiU y la alternativa progresista de Maragall, que por primera vez tiene también la opción nada fácil de intentar un Gobierno de izquierda, aunque le falta un escaño para la mayoría. El escrutinio ha dejado un resultado tan complejo que exigirá una hábil gestión de las alianzas poselectorales. En cualquier caso, el actual presidente ya ha anticipado su intención de seguir gobernando después de proclamar su sexta victoria electoral. El veredicto final de las urnas le habilita para intentar un acuerdo de signo nacionalista con ERC, que muy probablemente será el primer intento de Pujol. De resultar fallido, siempre tendrá a mano los votos de un PP al que sostiene en Madrid, pero son dos movimientos tan contradictorios que no le resultará fácil jugar a dos barajas. También Unió Democràtica, el socio de coalición de Pujol, contará en el futuro inmediato. El disciplinado y leal comportamiento de su líder, Josep Antoni Duran i Lleida, durante la campaña electoral, tras una historia de relaciones tormentosas entre ambas formaciones, conduce a pensar que los democristianos pueden jugar con voz e intereses propios en la próxima legislatura.

Destaca muy singularmente la victoria de Maragall en Barcelona, circunscripción en la que aventaja a Pujol en cinco diputados y en ocho si suma los de su aliado Ribó. También hay que apuntar el buen rendimiento que ha obtenido la coalición maragalliana en las tres circunscripciones (Girona, Lleida y Tarragona) en las que ha sumado a Iniciativa per Catalunya para frenar a CiU.

El arco parlamentario catalán se ha desplazado hacia la izquierda, fundamentalmente como resultado del empujón de Maragall, pero también del buen comportamiento de ERC, que ha sabido aguantar la bipolarización y situarse en niveles de voto cercanos a los del PP. Los populares, en cambio, sufren un descenso que sólo quedará compensado en caso de que sus escaños sean decisivos para configurar la mayoría de gobierno. Frente a un Parlamento de 135 escaños en el que CiU y PP sumaban 77, ahora verán reducida su presencia a 69.

Sigue siendo preocupante el alto nivel de abstención, que esta vez superó el 40%. Ayer pudo influir el tiempo desapacible, pero en cualquier caso la autonomía catalana no ha conseguido suscitar en estos 20 años un interés ciudadano equivalente al que levantan las elecciones generales. Los catalanes siguen comportándose ante sus propios comicios con una apatía que no se corresponde con las competencias, el presupuesto y la influencia que tiene la gobernación de su autonomía. Es algo que debería preocupar a todos su líderes políticos, estén en el Gobierno o en la oposición.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de octubre de 1999