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Crítica:DANZA: VICENTE SÁEZ

Iluminaciones

Anteayer, y por un solo día, vino hasta el Teatro de Madrid Vicente Sáez con su última creación, Lilah, una hermosa y pausada coreografía de madurez en la que el coreógrafo se adentra en una búsqueda parsimoniosa de cierta mística, donde la hilatura es la devoción con que se baila a manera de ofrenda. Es un baile reparador y conciliador, luminoso en su instinto y donde Sáez, a través de un ritmo lento y hasta a veces demasiado ensimismado, llega al punto de concebir y mostrar un universo contemplativo donde bailarines y público llegan a estar serenamente obnubilados en una nube concéntrica (el giro y su carácter son la pauta de toda la lectura); toda la acción se ve animada por una fuerza o luz interior que es quizá la motivación tántrica que busca aquietar la crudeza del mundo que nos rodea. Excelente vestuario y decorado, con los colores del ámbito sufí -naranja, oro, burdeos, rojo, blanco y añil- y una iluminación que esmalta la parte angélica de la pieza. El argumento no es otro que la elevación interior, y para ello Vicente Sáez se sirve del Misterio de Elche y del hinduismo; elementos aparentemente ajenos como éstos se vuelcan unos sobre otros y se funden, en una compenetración que los buenísimos bailarines hacen evidente. Belleza, serenidad y pasos con bondad: una velada gratificante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de junio de 1999