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Tribuna:

Una larga mirada hacia atrás

El anuncio de que de allí van a salir películas que llevan dentro trascendentales innovaciones formales se ha convertido en una proclamación ritual de los más renombrados festivales de cine. No es cosa de ahora, viene de lejos, pero últimamente la petulante impostura se ha agudizado. Ya no se emplea, suena mal y está desacreditada aquella consigna convocadora de un nuevo cine que fue una tontería epidémica en los años sesenta. ¿Qué hubo de innovador en aquel diluvio de amaneramientos? Aparentemente, muchas cosas, pero que, consideradas en conjunto y vistas de cerca, son tan cercanas a nada que, por simple falta de peso, el tenderete de sus falsas innovaciones voló, se lo llevó como si fuera de aire un soplo de tiempo.Ahora hay indicios de que los naipes que hacían de muros de aquel castillo quieren volver a erguirse y, aunque esquivan la vieja palabra nuevo, buscan equivalencias en las menos erosionadas de otro cine o cine distinto o diferente o puntero o rompedor. Desde hace un par de semanas, en la resaca del festival de Cannes, que es el que más fuerte suele tirar del prurito de lo innovador, se adivinó que en él alguien lo pasa bien jugando al milenarismo y colando la idea de que allí se iban a ver nada menos que los rasgos del cine futuro, consigna algo golfa, pues maneja a su antojo y barriendo para casa la obediencia de lo que no existe, la dócil oquedad de los cajones de sastre.

En el inabarcable hueco del cine futuro cabe todo, comenzando por el cine pasado. Y eso precisamente es lo que involuntariamente dejó ver el escaparate de Cannes. Ideado y programado (la composición del jurado y la entrega de su presidencia a un profeta del futurismo de pacotilla, David Cronenberg, lo presagiaba) como un desfile casi monográfico de directores con fama de empedernidos buscadores de originalidades como Jim Jarmusch, Manoel de Oliveira, Leos Carax, David Lynch, Raúl Ruiz, Pedro Almodóvar, Atom Egoyan, Chen Kaige, Michael Winterbottom, Peter Greenaway, Bruno Dumont, Arturo Ripstein, Alexandr Sokurov, Takeshi Kitano y algún otro, sus consecuencias resultaron pintorescas, porque, salvo un par de insufribles películas embarcadas en esa vana prefiguración de rasgos de lo que no existe, el resto fue un baño de magnífico cine de siempre hecho ahora mismo; o, en la perfecta descripción de Robert Guédiguian, ese "cine antiguo eminentemente moderno" que hoy mueve el celuloide más vivo y evolucionado.

Stanley Kubrick, que podía haber entrado en los cálculos de los programadores de la edición futurista de Cannes, pues siempre tuvo algo de vicioso de la originalidad, dijo en una ocasión algo que suena a bofetada a sí mismo y a algunos de sus más avispados perseguidores, que festejaron su memoria en Cannes. No recuerdo literalmente sus palabras, pero respondo de la exactitud de su idea. Dijo Kubrick que, de las dos últimas verdaderas innovaciones que se produjeron en la evolución del cine, una (el desciframiento por la pantalla de la cartografía del tiempo) se remota a la plenitud de la época muda, a Intolerancia, de David Griffith; y la otra, que es la ruptura con el continuo espacial y el avance a saltos de la cámara dentro de un ámbito, que se atribuye a los primeros filmes franceses de la Nueva Ola, sobre todo los de Jean-Luc Godard y François Truffaut, en realidad es obra de incontables reporteros anónimos, filmadores de acera de antiguos noticiarios cinematográficos, lo que parece irrefutable. El cine tiene, dijo Kubrick, una deuda impagable con aquellos (éstos sí, plenamente innovadores) genios desconocidos.

Y puede añadirse: lo que de formalmente innovador mueve el cine actual no es mucho, es más bien muy poco y se aprieta en un puñado de afinamientos o en unas cuantas vueltas más a aquellas dos últimas tuercas, señaladas por Kubrick, de la forja de la médula del lenguaje cinematográfico. La demasiado veloz incursión que intentó hacerse en Cannes dentro del pozo futuro del cine se quedó, y ése es indicio de un arte que revienta de vitalidad, en largas y pausadas miradas hacia atrás por los ojos bien abiertos de unos cuantos hombres identificadores del cine de ahora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de junio de 1999